Anier García: ” Yo quería bajar de los 13 segundos”


RTXJZIX-Mike-Blake-1024x829Por: Lilian Cid Escalona/ PlayOff Magazine

Anier Octavio García Ortíz no pasa desapercibido. A sus 4 décadas (nacido en marzo de 1976) mantiene esa anatomía curtida al calor de tantos años -unos catorce- dedicados al alto rendimiento; esfuerzo coronado por cinco medallas mundiales (1 título y 4 de plata) y dos olímpicas. Estas últimas, el título de Sydney 2000 y el bronce de Atenas 2004, con un legado imperecedero en su mente y en la de todos los cubanos que vibraron con cada valla que el santiaguero dejaba atrás.

Al campeón lo encontramos en la Copa Cuba: inquieto, emocionado; incapaz de suplir los instintos de atleta para mirar, con sosiego, “los toros desde la barrera”.

¿El deporte como camino?

“Me viene de familia, ya que mis padres fueron atletas. Mi papá, Pedro García Despaigne, fue corredor de 400m con vallas; y mi mamá, Bárbara Ortiz, hacía pruebas múltiples aunque, a los 17 años, por la inminente llegada al mundo de quien te habla, se separó del deporte activo; luego se formó como entrenadora”.

Pudiste coincidir con Javier Sotomayor pues el salto de altura era una opción en el camino a seguir….

“A los 16 años, cuando iba a pasar a la categoría juvenil los entrenadores me dieron la posibilidad de escoger entre las vallas y el salto de altura, ya que tenía condiciones para ambas pruebas (con 15 años registró 2.10m en el salto de altura). Yo me fui por las vallas”.

¿Por qué las vallas?

“Me gusta pensar que nací para ello. Creo que también influyó la imagen de mi padre    -que había sido vallista-, aunque a veces creo que fue una luz que me dio la vida para mostrarme el mejor camino a seguir.

Se lo he comentado al Soto (Javier Sotomayor), alguna vez, y siempre me dice que lo hice muy bien. Hasta bromea argumentando que en la altura ya estaba él. Javier es mi amigo y ha sido un espejo en el que me he mirado siempre para seguir adelante”.

Sydney 2000 y Atenas 2004 son de los momentos de mayor significación en tu carrera deportiva. Ambos metales fueron catalogados como inesperados. ¿Compartes ese criterio?

“Hoy lo comparto. Mi análisis ahora es un poco más profundo; desde una óptica de entrenador. Cuando era atleta yo salía a comerme el mundo y no había quien me dijera que no iba a lograr algo. Son dos grandes momentos de mi carrera y dos grandes medallas porque se lograron a puro corazón, si tenemos en cuenta lo particularmente complejas que fueron esas temporadas para mí”.

Y si tuvieras que elegir el momento más trascendental de tu carrera deportiva, ¿cuál sería?

“Los Juegos Panamericanos de Winnipeg en 1999, aunque siempre suelo seguir la corriente y reconocer las medallas olímpicas como el hito mayor de mi carrera -que no digo que no lo sean, porque estar en el podio de unos Juegos Olímpicos es el resultado que persiguen casi todos los atletas-, pero, a nivel de sensaciones personales, el momento cumbre de mi carrera fueron esos juegos.

Fue otro año donde los problemas de lesión fueron frecuentes. Recuerdo que me dieron el alta médica 15 días antes de los Juegos; fui casi sin entrenar a correr mis panamericanos. Allí, en la semifinal, los dos americanos (Eugene Swift y Dominique Arnold) hacen récord para la región con 13.21, y yo andaba por los 13.60 (exactamente 13.58). Pero en la final pude imponerme, y mi alegría se duplicó cuando miré para el lado y vi a Yoel Hernández entrando segundo. Esa fue una enseñanza de la escuela cubana de vallas”.
 
Te molestaron bastante las lesiones. ¿Llegaste a sentirse frustrado?

“Si, varias veces. Incluso, me retiro por esa causa. Me fui con 32 años, antes de los Juegos Olímpicos de Beijing, pero tenía deseos de hacer más y de correr hasta los 40 años si era preciso”.

Se habla de la escuela cubana de vallas. ¿Existe? ¿Cuál es su filosofía?

“La escuela cubana de vallas existe. Hay figuras, atletas y preparadores, y muchos resultados que la respaldan. Sus claves están en el trabajo nacional que se hace y el seguimiento de los atletas desde la base. Las características de los corredores cubanos son únicas; hay una técnica distintiva en la forma de atacar las vallas y, sobre todo, apostamos por la potencia”.

¿Cómo valora el estado actual de la especialidad?

“Las vallas hoy tienen mucho nivel. Hay muy buenos corredores. En Cuba tenemos talento: Robles (Dayron Robles), Portilla (Johanis Portilla), O’Farril (Yordan O’Farril) y el prometedor Valentin (Roger Valentin Iribarne)”.

Imaginemos que tiene la posibilidad de cambiar algo en el atletismo cubano, ¿cuál sería su acción?

“Rescataría las bases de entrenamiento que existían en Santiago de Cuba, Villa Clara y aquí en La Habana. Era un factor de éxito para los campeonatos nacionales y las pruebas de confrontación porque elevaba el nivel de competitividad y rivalidad; ello repercutía en los resultados y en la calidad de los eventos que se realizaban”.

¿Cómo valoras las nuevas disposiciones de remuneración que se han puesto en práctica para los atletas y especialistas del deporte en Cuba?

“Excelentes. Es otra manera de estimular el rendimiento”.

Coincidir, en tiempo, con atletas de la talla de Ana Fidelia Quirot, Yoelbi Quesada, Ivan Pedroso y Javier Sotomayor le hace parte de la generación más pródiga del atletismo cubano; una época sagrada. ¿Qué destacaría de este grupo?

“Nuestra clave, la característica que nos distinguía, era la unidad; éramos uno”.

Mensaje para la gente que te sigue. 

“Siempre agradecido por el apoyo y la fuerza. Anier García se debe a su pueblo”.

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