“Ruido” en la red: las fake news


Por: M. Sc. Waldo Barrera Martínez wbarreram@uci.cu

Hace solo unos días numerosos medios se hacían eco de una noticia que no sorprendió a muchos: la difusión por Facebook de un reporte sobre la eliminación de numerosas cuentas vinculadas a una red de desinformación ligadas a la empresa de relaciones públicas CLS Strategies, con sede en Washington, dedicadas a difundir información falsa sobre Morena, el partido político de López Obrador, y en apoyo a la oposición venezolana y al gobierno de facto de Bolivia (1).

El hecho puso una vez más sobre el tapete un tema antiguo, como ya explicamos en otro trabajo. Hoy pretendo explicar a los lectores algo sobre la teoría de esta práctica tan utilizada hoy, la mayor parte de las veces con un marcado carácter político.

Lo primero a tener en cuenta es que en muchos casos parten de informaciones reales. En ocasiones, las redes de desinformación creadas parten para su accionar de contenidos objeto de filtraciones (leaks) masivas o construidos ex profeso por equipos especializados en propaganda para ser difundidos luego en los medios afines o en redes sociales.

Puede tratarse de noticias inexactas; sin embargo, las más comunes son las noticias falsas, destinadas a producir determinados efectos en el público y por ello generalmente tienen un matiz sensacionalista. Un ejemplo de lo anterior fue la formidable acumulación de bulos durante la campaña en favor del Brexit, en el Reino Unido, los cuales, cuando pudo demostrarse su falsedad, ya habían producido el efecto electoral buscado.

Una vez creada la fake news por los equipos de propaganda, se procede entonces a su difusión por diferentes sitios de internet y perfiles de redes sociales, muchos de los cuales con identidades falsas o simplemente generados a través de softwares (los llamados bots). Estas cuentas se encargan entonces de inundar las redes y producir tendencias por efecto de la acumulación con la finalidad de que sean recogidas por los algoritmos de selección de los buscadores y redes sociales y reenviadas por miles de usuarios a sus contactos de todo el mundo.

Es importante resaltar el papel de los algoritmos como sistemas lógicos de toma de decisiones automatizadas. Frente a los criterios periodísticos de los medios tradicionales, los buscadores o las redes sociales actúan a través de estos sistemas de software, cuyo diseño está sometido a la protección de las patentes industriales, pero con efectos sobre la opinión pública muy importantes, los cuales pueden provocar una significativa distorsión en los receptores de su precepción sobre los hechos informados.

Sucede que, en un entorno de progresiva erosión del rol institucional de los medios tradicionales de comunicación, las redes sociales de internet se han convertido en el espacio de difusión de noticias más utilizados por el público, no solo de los contenidos generados por los usuarios acerca de sus propias vidas o actividades.

Mucha de la información que circula por estas plataformas es previamente manipulada para ser enviada a grupos especialmente sensibles a ciertos temas o enfoques. Así ocurrió no solo con el microtargeting diseñado por Cambridge Analytica para el Brexit, o las presidenciales estadounidenses que llevaron al poder a Donald Trump, sino también con las redes de ultraderecha desactivadas por Facebook en España antes de las elecciones generales de abril de 2019, detectadas por Avaaz, la mayor de las cuales tenía 758.964 seguidores y cuyos contenidos, anti-LGTB, antiislámicos o antiinmigración, “incluyendo en algunos casos datos falsos o tergiversados”, alcanzaron a 1,7 millones de usuarios y produjeron 7,4 millones de interacciones (2).

Datos revelados por Pew Research para Estados Unidos en 2018, mostraban que las redes sociales eran ya más importantes como fuentes de información en ese país que la mismísima prensa escrita (3). En Europa, por su parte, la encuesta del Eurobarómetro de 2018, mostraba que las redes sociales eran el soporte que menos confianza producía en sus ciudadanos, de los cuales el 54% mostraba desconfianza (4), pese a que el 50% las usaba diariamente (5).

El investigador Ángel Badillo, subraya dos aspectos importantes en torno al papel de las redes sociales en el modelo de la desinformación:

  1. El modo en que estimulan la interacción de los usuarios entre sí y con el contenido generado y su modelo de negocio, que beneficia de manera particular el contenido que produce mayor interacción entre los usuarios. Es así como la desinformación (entiéndase noticias falsas), como tiende a resultar provocativa y polémica, conduce a una mayor interacción, siendo al propio tiempo económicamente positivo para las redes sociales y negativo para el conjunto de la sociedad.
  2. Las posibilidades ofrecidas para la personalización de los contenidos; es decir, para su adaptación a las preferencias de los usuarios. Esto consiste en recibir más información de los temas o enfoques predilectos de los destinatarios, en lo que se conoce como “efecto burbuja”. Además, permiten la generalización de las técnicas de microtargeting, extendidas desde la publicidad comercial a la política.

Sobre este último aspecto, en 2018, The Guardian y The New York Times pusieron en evidencia como la consultora Cambridge Analytica había utilizado datos personales de millones de usuarios de Facebook sin su consentimiento durante la campaña electoral de Donald Trump, en 2016, y en el referéndum del Brexit, en 2017. Este caso particular evidenció cómo los datos acumulados por las redes sociales permiten, en cualquier caso, la planificación de campañas específicas dirigidas a grupos muy pequeños de usuarios (microtargeting) con noticias falsas que, por la propia naturaleza de estas plataformas, solo pueden ser vistas por los usuarios a los que están dirigidas, escapando del escrutinio de los medios o de otros actores de la esfera pública, con el consiguiente riesgo de contribuir a las campañas de desinformación (6).

Respecto al “efecto burbuja” mencionado, debemos aclarar que existen muchos filtros en internet que impiden lleguen a nosotros puntos de vista en conflicto con lo que pensamos, con lo que creemos. Esto provoca un aislamiento en nuestra propia burbuja de información, conocida como filtro burbuja (filter bubble). Y es que en realidad la red decide lo que leemos y pensamos.

Los filtros burbuja obstaculizan el acceso a la información que podría desafiar o ampliar nuestra visión del mundo y tiene, por tanto, implicaciones negativas en el discurso cívico. La exposición a un limitado contenido informativo hace a la gente creer que sus ideas se alinean con la visión dominante.

Filtros burbuja existen en Google, plataforma que refina los resultados de búsqueda de acuerdo con las consultas previas de los usuarios y los enlaces que siguieron. Se dice que su algoritmo rastrea entre más de 57 variables (por ejemplo, marca del ordenador desde donde se accede, ubicación, software utilizado, etc.) para determinar los resultados de búsqueda más relevantes para cada persona.

Facebook rastrea también lo que sus usuarios comparten y los contactos con quienes interactúan, así como información sobre los dispositivos electrónicos desde donde acceden, sus compras y transacciones dentro de los servicios de la plataforma o datos proporcionados por socios de la compañía. Con todos estos detalles, personaliza el contenido a mostrar a cada usuario.

A estos filtros burbuja se unen las cámaras de resonancia (echo chambers), en las que la información, las ideas o creencias son amplificadas por transmisión y repetición en un sistema cerrado donde las visiones diferentes o alternativas se descartan o representan de forma minoritaria. Así, los ciudadanos terminan consumiendo noticias ajustadas a su modo de pensar. Este efecto resulta más fuerte en informaciones con contenido emocional y en creencias firmemente enraizadas.

Un estudio de la IMT School for Advanced Studies, en Italia, señala que las redes sociales ayudan a que las teorías conspirativas persistan y crezcan en el espacio virtual, al crear un ecosistema en el que la verdad de la información deja de ser importante. Lo que importa entonces es si la información se adapta a una cierta narrativa. De esta forma, resulta difícil construir una esfera pública compartida y el comportamiento político se vuelve impredecible (7).

En el fenómeno de las fake news, la utilización de contenidos multimediales juegan un papel primordial y no es por gusto. Resulta que estos son los más ponderados por los usuarios en las redes. No pocos consideran los videos como pruebas contundentes e irrefutables de hechos ocurridos a lo largo de la historia. Sin embargo, hoy tal afirmación se desmorona con una nueva tecnología: el deepfake.

El peridista Yurisander Guevara en un trabajo publicado el pasado año en Juventud Rebelde, aborda el asunto y explica que el término nace de la unión entre los vocablos en inglés deeplearning, concepto informático sobre el desarrollo del aprendizaje profundo en una inteligencia artificial, y fake, que significa falso. Es por tanto la capacidad con que cuentan algunos softwares para generar videos artificiales con apariencia de reales (8).

FakeApp es uno de estos programas. Creado con la intención de divertir, se ha usado con la finalidad de fomentar la desestabilización política. Un video publicado por BuzzFeed el pasado año, muestra un supuesto mensaje del expresidente Barack Obama en el que afirma que Donald Trump es «un imbécil» (con otro término más fuerte). El supuesto Obama luego explica lo que hay detrás: el empleo de la tecnología deepfake, capaz de suplantar la identidad de una persona y parecer real lo que dice.

Aunque tal tecnología no está aún muy refinada, y mediante una observación detallada es posible apreciar rasgos robóticos en los rostros suplantados y otros fallos), el peligro radica en que buena parte del consumo noticioso se realiza hoy, como ya explicamos, en redes sociales y mayoritariamente desde equipos móviles, donde las resoluciones no son muy altas como para poder percibir manipulaciones como estas. Así, un bulo de deepfake puede ser validado por cualquiera y comenzar a replicarse con el sello de la confianza otorgada a nuestros amigos en estos sitios digitales.

¿Qué ha sucedido entonces? Básicamente, que el contenido en muchas ocasiones sensacionalista de las fake news, se propaga más rápidamente que una noticia real. Y su corrección o rectificación (en el caso de que la haya) muy raramente se comparte de la misma forma.

En la próxima entrega volveremos sobre el mismo asunto para explicar cómo identificar una noticia falsa y qué hacer para combatir este nocivo fenómeno que, en el caso particular de Cuba, asediada durante mucho tiempo por enemigos poderosos, adquiere una importancia especial. Hasta entonces.

Notas

(1) Redacción El Universal. (2020, septiembre 3). Facebook baja baja red de cuentas de fake news que operaban contra Morena desde EU. Obtenido de El Universal: https://www.eluniversal.com.mx/nacion/facebook-baja-red-de-cuentas-de-fake-news-que-operaban-contra-morena-desde-eu

 (2) Avaaz. (2019, abril 12). Suspected inauthentic coordinated behavior ahead of spanish elections. Obtenido de New York: Avaaz: https://avaazimages.avaaz.org/Media%20VERSION_April%2015th%20version_%5Bfinal%20draft%5D%20P%2BC_%20Confidential_%20Networks%20Take%20Down%20Operation_%20Spain%20edition%20%284%29.pdf

 (3) Shearer, E. (2018, diciembre 10). Social media outpaces print newspapers in the U.S. as a news source. Obtenido de Washington DC: Pew Research Center: https://www.pewresearch.org/fact-tank/2018/12/10/social-media-outpaces-printnewspapers-in-the-u-s-as-a-news-source/

 (4) Eurobarometer. (2018). Flash Eurobarometer 464: Fake News and Disinformation Online Bruxelles. Obtenido de Eurobarometer: http://data.europa.eu/euodp/en/data/dataset/S2183_464_ENG

 (5) Eurobarometer. (2018B). Report Flash Eurobarometer 464: Fake News and. Obtenido de Eurobarometer: http://data.europa.eu/euodp/en/data/dataset/S2183_464_ENG

 (6) Badillo, A. (2019). La sociedad de la desinformación: propaganda “fake news” y la nueva geopolítica de la información. Documento de trabajo 8/2019. Madrid: Real Instituto elcano.

 (7) Fernández-García, N. (2017). Fake news: una oportunidad para la alfabetización mediática. Nueva Sociedad No. 269, 66-77.

 (8) Guevara, Y. (2019, febrero 13). De las fake news al deepfake: las mentiras más sutiles en internet. Obtenido de Juventud Rebelde: http://www.juventudrebelde.cu/suplementos/informatica/2019-02-13/de-las-fake-news-al-deepfake-las-mentiras-mas-sutiles-en-internet

Foto: Tomada de Internet

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