Trump, Biden, y el futuro de las relaciones Cuba – EE. UU.


La administración Trump ha llevado las relaciones con Cuba a un punto que ni el más furibundo enemigo de la Revolución soñó, desgajando prácticamente todo el árbol que sostiene el vínculo bilateral. Las venideras elecciones de noviembre concitan temores y esperanzas –en modo binario–, pero incluso pudieran avivar nuestra búsqueda de soberanía y seguridad en el plano económico.

En términos electorales, falta mucho tiempo para conocer la decisión del votante norteamericano –sin entrar a valorar su madurez y la maleza de intereses que lo coartan y manipulan–. La vacante abierta en la Corte Suprema este 18 de septiembre es un ejemplo fetén de ello. Análisis de encuestas aparte, el Resolute no tiene dueño firme para el 20 de enero de 2021. ¿Qué puede esperarse en lo atinente a la política hacia (contra) Cuba después de esa fecha?

Curso 1: el incumbente vence.

Algún que otro experto ha dicho que un segundo mandato de Trump, nos permitiría verlo actuar sin la presión por la reelección; esto es: sin deudas con Rubio, Mario Díaz-Balart o los veteranos de la Brigada 2506, por ejemplo. Otros en cambio afirman que es difícil pensar en un escenario en que él se retracte –mediante acciones concretas– de la posición que caracterizó su primer período

La historia, siempre maestra, nos dice que los cambios tras una reelección son más de velocidad –generalmente hacia delante– que de sentido, salvo que se manifiesten imprevistos que obliguen a replantear el rumbo sobre la marcha. El despacho oval entregó a conciencia el timón de un barco que ahora está muy lejos, a la deriva mar adentro. Rescatarlo describiría una línea errática, imposible de pronosticar para cualquier analista de política exterior.

Otro elemento que apuntala el concepto de la continuidad, es que la burocracia estadounidense tomó nota del serio impacto en la economía cubana de sus sanciones –aplicadas con precisión quirúrgica– y el sabotaje tras bambalinas a fuentes de ingreso duro como la exportación de servicios profesionales. Hablamos de una reproducción exacta de la convocatoria que repetía John McCone a los jefes de estación de la CIA en todo el mundo: hacer fracasar cualquier transacción que involucrara alguna actividad comercial con Cuba.

Si consensuamos en que Trump persistirá en su escalada, faltaría revisar qué opciones posee todavía. Las Regulaciones de Control de Activos Cubanos –administradas por el Departamento del Tesoro– y las porciones de las Regulaciones de Control de Exportaciones que atañen a Cuba –responsabilidad del Departamento de Comercio– fueron suficientemente masacradas en el bienio 2018-2019. Lo que resta de “positivo” en estas normativas, podemos asumir que representa la intersección matemática en la planeación estratégica de los partidos rojo y azul.

En la arena diplomática quedan dos cartas de peso por jugar, pero que no tienen suficiente quórum en el feudo de Donald Trump: la ruptura unilateral de las relaciones y la reinclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo. Resulta interesante que la segunda haya sido una propuesta directa de John Bolton que no encontró tierra firme.

Por último, me ha llamado la atención lo diligente, abarcadora, y agresiva que ha sido la actividad comunicacional del Departamento de Estado. Un decreto cultural, un acuerdo entre organizaciones deportivas, el destino de un periodista inocuo –aunque mercenario–, un debate constitucional, o el marco legal para ejercer el trabajo por cuenta propia, son ejemplos de temas que, abiertos a la polémica local, han recibido el foco del edificio Harry Truman. Tal despliegue proseguirá si el magnate consigue nuevamente la bendición del Colegio Electoral.

Curso 2: Robinette.

El retorno de Joe Biden a la avenida Pensilvania implicaría en principio una revisión de la política hacia Cuba. La segura vuelta a la ruta legada por Obama, no descarta que algunos apartados del régimen de sanciones no regresen a la misma descripción que tenían el 8 de noviembre de 2017.

El candidato demócrata sostendría –de manera pública o silente– un nivel importante de presión económica, al tiempo que podría endurecer intencionadamente su discurso sobre el estado de los derechos humanos. El objetivo será siempre yugular el proceso revolucionario, en su caso quizás apelando más al smart power. En este orden, reiniciaría las garantías a las remesas y los viajes, y el cortejo al sector privado. La intensidad del ritmo es un aspecto notable en la ecuación: cuánto avanza, cuán rápido y en qué areas. Finalmente, una renovación en el liderazgo del Senado, ofrecería una ventana de oportunidad cuyo desaprovechamiento sería imperdonable.

Lo inamovible.

Se mantendrá invariable el auspicio a proyectos de cambio de régimen a través de la USAID, el Departamento de Estado, la Fundación Nacional para la Democracia, y la Oficina de Transmisiones hacia Cuba. Desde 1996 hasta la fecha, el Congreso estadounidense ha destinado alrededor de 1300 millones de dólares para este frente, con énfasis reciente en el trabajo con Internet y las redes sociales. Aquí en general hay compromiso bipartidista, con tanta viralidad en el programa demócrata como en el republicano.

En el contexto electoral estadounidense, es imprescindible afincar la noción de que no hay ofrecimiento gratuito en la política de Washington hacia Cuba. El garrote busca la derrota por la fuerza, mientras que la zanahoria es alucinógena y lleva al acantilado. Nada más sano entonces que enfilar los esfuerzos hacia la eterna apuesta por la independencia económica, mientras se refrescan los necesarios resortes ideológicos de nuestro proyecto social.

Foto: Tomada de Internet

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