Post-truth: transformando la mentira en verdad


La primera vez que escuché el término, les confieso, me resultó extraño.

Desde la antigüedad clásica, la enunciación del concepto de verdad no ha estado exento de polémica. Múltiples corrientes filosóficas como el Dogmatismo, Pragmatismo, Criticismo, Perspectivismo, Subjetivismo, Relativismo y Escepticismo, han brindado sus definiciones particulares, a veces contradictorias y sorprendentes. Entre los diferentes criterios está la Verdad como utilidad, según el cual es verdadero lo útil. Por ahí parecen venir las cosas en el caso de la posverdad (post-truth, en inglés).

Como expresión lingüística, el término, en su versión inglesa, en el sentido en que hoy lo conocemos, se empleó por primera vez en 1992 por el dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich, en un artículo publicado en la revista The Nation donde reflexionaba sobre el escándalo Irán-Contra y la guerra del Golfo Pérsico[1]. Sin embargo, su popularidad llega con las campañas por el Brexit, en el Reino Unido, pero sobre todo durante la contienda electoral de Donald Trump.

El término fue ampliamente utilizado por la prensa para describir la campaña presidencial del actual inquilino de la Casa Blanca y su discurso político, que apelaba más a la emoción que a los argumentos basados en datos.

Es así como, en 2016, post-truth se declara palabra del año por el prestigioso Oxford Dictionaries, definiéndola como «aquello que se relaciona con, o denota, circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes para conformar la opinión pública que apelaciones a la emoción y a creencias propias»[2].

En otras palabras, se trata de circunstancias en las cuales varios hechos e interpretaciones alternativas con pretensión de verdad compiten para influir en la formación de la opinión pública, con la consecuente desvalorización del propio concepto de hecho objetivo, brindando mayor preponderancia a la emoción y creencias propias; es decir, niega un entendimiento común sobre el estado de la situación o por lo menos una interpretación compartida de los hechos.

Hoy se habla también de la Era de la posverdad y se dice que inició incluso antes de mencionarse siquiera la palabra. El parteaguas se sitúa en 1989, con la desintegración del antiguo campo socialista de Europa del Este y la creación de la World Wide Web.

Con el desmerengamiento del llamado Socialismo Real, llega a su fin la época del discurso político ligado a la Guerra Fría y de su posición frente a la definición de la verdad. A partir de 1989, comienzan a apreciarse múltiples intentos de socavar el concepto mismo de la verdad.[3]

Sin embargo, donde comienzan a verse estos empeños con mayor nitidez, es en los movimientos de negación de la ciencia o negacionismo científico.

En un libro sobre la posverdad, el periodista británico Matthew d’Ancona menciona al sector del tabaco y el debate sobre la relación entre el hábito de fumar y las enfermedades pulmonares, como uno de los precursores de la industria de la desinformación. Tanto en este debate, como en el referido al cambio climático, del cual hablaremos después, lo que se disputa según él no son determinados resultados científicos, sino la existencia como tal de un consenso científico. Típico de esta táctica es el desprecio hacia los expertos o la ciencia en general, un fenómeno que él denomina “scientific denialism” (negacionismo científico), cuyo objetivo no es precisamente conseguir una victoria académica ni ganar el argumento en el debate público, sino crear confusión en la opinión pública.[4]

El profesor, filósofo y escritor estadounidense Lee McIntyre, por su parte, al referirse a las estrategias de la negación de la ciencia, proporciona una hoja de ruta hacia la posverdad. Afirma que estas fueron desarrolladas primero por las empresas tabacaleras con el objetivo de contradecir la relación entre el tabaco y el cáncer; luego, las desplegaron de forma masiva los negadores del cambio climático[5]. Desde entonces, las utilizan muchos grupos o agentes enfrentados a hechos molestos para la consecución de sus fines políticos, ideológicos o económicos.

McIntyre, considera el tema del cambio climático como «quizás el caso más flagrante de negacionismo moderno»[6]. El debate sobre el cambio climático afecta a toda la sociedad y también es entendible, hasta cierto nivel, por todo el mundo. Cualquiera puede comprender o imaginar las consecuencias desastrosas para la humanidad de fenómenos tales como la subida del nivel del mar, la desaparición de los glaciares, la desertificación, la sequía, la ruptura de la capa de ozono, entre otros. También es un debate que habla de medidas o cambios en los hábitos de vida y consumo que afectan a toda la sociedad.

Ante tal contexto, resulta clave concienciar a la población para lograr la aceptación de las acciones encaminadas a la mitigación del problema, dado el impacto que las mismas tendrían para sus vidas. Ello no es posible si la mayor parte de la opinión pública no comparte la urgencia de la situación.

Como es de esperar, a numerosos agentes con intereses establecidos estas eventuales medidas no interesan porque van en contra de sus fines políticos, económicos o de otra índole. A estos, no queda entonces más remedio que difundir hechos e interpretaciones alternativas sobre el cambio climático, que, si no contradicen los hechos o razonamientos sobre la necesidad de la adopción de las medidas, por lo menos los ponen en duda.

La estrategia, por tanto, no consiste en negar los hechos del cambio climático, sino en presentar estudios alternativos que permitan ver el asunto de otra manera. Al final, la opinión pública se ve confrontada con un conjunto de hechos e interpretaciones contradictorios, al menos parcialmente, consiguiendo debilitar hasta evitar el consenso para la aplicación de las medidas.

De tal forma, el objetivo del negacionismo científico es sembrar dudas sobre la existencia de consenso científico en temas controvertidos, como lo es precisamente el del cambio climático. Pero cuidado, la controversia en este caso no se produce porque la comunidad científica esté dividida en facciones opuestas, sino por los intereses políticos y económicos que se mueven detrás. A menudo suele tener como objetivo, también, evitar o retrasar medidas políticas necesarias, acorde a las observaciones científicas o el consenso científico sobre determinado asunto.

El periodista Ari Rabin-Havt, ex miembro del equipo de campaña del aspirante demócrata a la presidencia estadounidense Bernie Sanders, observa que fue durante el debate sobre el cambio climático cuando se transforma un asunto científico en tema de confrontación entre la izquierda y derecha política[7]. Se introduce así un antagonismo político previo en un debate a priori ajeno a esa discrepancia.

Otra corriente negacionista es el creacionismo. Como fervientes detractores de la teoría de la evolución darwinista, sus promotores diseminan explicaciones alternativas sobre el origen de la vida en la Tierra en concordancia con la Biblia. El filósofo Stefaan Blancke, ha realizado un exhaustivo análisis del fenómeno en Estados Unidos y Europa en su libro La creación después de Darwin (2018). Afirma que el creacionismo es en primer lugar un movimiento sociopolítico de agenda ultraconservadora opuesto al aborto, la eutanasia, los derechos para las mujeres y la comunidad LGBT. Para subrayar su carácter político, lo define como un movimiento reaccionario en contra de una sociedad abierta y moderna, que pretende reemplazar la democracia por una teocracia.[8]

También cabe mencionar aquí la polémica sobre las vacunas y los supuestos efectos secundarios dañinos de las mismas. Varias páginas en internet y grupos en Facebook pretenden dar información sobre vacunas, cuando en realidad forman parte de la campaña del movimiento anti-vacuna, especialmente virulento en países como Francia y Estados Unidos[9]. Aunque su carácter político no es tan obvio como en otras corrientes, comparte con el negacionismo científico el escepticismo hacia los expertos y las instituciones oficiales. El discurso alarmista que lo caracteriza pretende crear miedo sobre posibles efectos accesorios y dudas sobre los beneficios de las vacunas. Sus campañas de desinformación han propiciado el resurgimiento de enfermedades casi erradicadas en el mundo como el sarampión.[10]

Otras tácticas utilizadas por el negacionismo están la de arrojar dudas sobre hechos molestos; atacar a los propios científicos, acusándolos de imparciales; y el uso selectivo de las observaciones o hechos, quedándose sólo con las que podrían corroborar la interpretación favorecida, obviando totalmente las que las refutarían.

Para comprender cómo la posverdad logra sus propósitos en la psiquis humana, el propio McIntyre describe determinados sesgos cognitivos que explican por qué las personas son vulnerables a caer en las trampas de su propaganda. Los más relevantes son la disonancia cognitiva, la conformidad social y el sesgo de confirmación.

La disonancia cognitiva, consiste en la búsqueda de armonía entre creencias, actitudes y comportamientos, para evitar el descontento psíquico. La conformidad social, se refiere a la tendencia de las personas a ajustar sus creencias a las opiniones de quienes las rodean (el grupo de confianza, la familia o partido). Y el sesgo de confirmación se asienta en la aceptación de la información o noticias que confirman las creencias propias, mientras tiende a rechazar lo que no encaja. Todo ello facilita hacer «razonamientos motivados» para ajustar las creencias a los sentimientos propios, aunque sean irracionales desde el punto de vista de la evidencia disponible.[11] El sesgo cognitivo borra, por tanto, la línea entre lo que creemos y lo que queremos creer.

Entre las tácticas propagandísticas más utilizadas en la era de la posverdad se encuentra la divulgación de noticias falsas, aprovechando las debilidades psicológicas de las personas y las ventajas proporcionadas por los medios de comunicación de masas digitales, que facilitan su propagación. La próxima entrega estará dedicada precisamente a abordar este asunto.

Fotos: Tomadas de Internet

Notas

[1] La Nación. (2017, julio 25). Qué significa y de dónde viene el término “posverdad”. Obtenido de La Nación: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/historia-del-termino-posverdad-desde-la-guerra-del-golfo-hasta-donald-trump-nid2046231

[2] Post-truth: an adjective defined as relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinion than appeals to emotion and personal belief (Ver: https://en.oxforddictionaries.com/word-of-the-year/word-of-the-year-2016).

[3] De Backer, F. (2019). Posverdad y fake news: propaganda y autoritarismo en el siglo XXI. Trabajo de fin de Máster, Máster Universitario en Filosofía Teórica y Práctica, Especialidad Filosofía Práctica. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.

[4] d’Ancona, M. (2017). Post-Truth: The New War on Truth and How to Fight Back. London: Penguin Random House.

[5] McIntyre, L. (2018). Posverdad. Madrid: Cátedra.

[6] Iden.

[7] Rabin-Havt, A. (2016). Lies, Incorporated: The World of Post-Truth Politics. New York: Anchor Books.

[8] Blancke, S. (2017). De schepping na Darwin: over modern creationisme en intelligent design. Bruselas: ASP Editions.

[9] Young, Z. (2018, noviembre 21). How anti-vax went viral. Obtenido de Politico: https://www.politico.eu/pro/how-anti-vax-went-viral/

[10] Brice-Saddler, M. (2019, marzo 5). Teen who defied anti-vax mom says she got false information from one source: Facebook. Obtenido de The Washington Post: https://www.washingtonpost.com/health/2019/03/06/ethan-lindenberger-mom-anti-vax-facebook-groups/

[11] McIntyre, L., ob. Cit.

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