Los enfadados franceses: La repercusión Internacional (IV)


Por MSc. Waldo Barrera Martínez

En anteriores entregas de esta serie analizamos quiénes son realmente los Chalecos Amarillos que han puesto de cabeza a Francia en los últimos meses, a qué se ha debido la irrupción y violencia de sus acciones, el papel de las tecnologías en el estallido social, su organización y difusión y la actitud del gobierno de Emmanuel Macron ante las protestas.

La movilización francesa ha suscitado expectativas, rechazos, y también múltiples interpretaciones. Para algunos autores estamos en presencia de una nueva forma de expresión del conflicto entre quienes más tienen y los menos favorecidos, dada la incapacidad de las organizaciones tradicionales: sindicatos, partidos de izquierda o derecha, etcétera, de asumirla.

Si heterogéneas han sido las proyecciones políticas y demandas de los chalecos amarillos galos, diversas son también las de los movimientos que en múltiples países han asumido esta prenda como símbolo de sus más diversos reclamos.

En apariencia, se trata de manifestaciones de cólera popular surgidas de la podredumbre y la crisis de los sistemas de representación tradicionales, sindicatos y partidos políticos, sumidos en dificultades de muy diversa naturaleza. Hay quienes hablan de “exportación” del movimiento; otros de “réplicas” o “reflejos”.

Los medios de todo el mundo en sus diversos formatos y miles de perfiles en redes sociales se han hecho eco de cuanto acontece en las calles de Francia, despertando el interés y la solidaridad de la comunidad internacional.

En decenas de países han tenido lugar manifestaciones, utilizando como bandera el peculiar símbolo. Los caracterizan la gran variedad de matices y reclamos, donde es posible encontrar tendencias reaccionarias, de extrema derecha, fascistoide, antisemita o xenófoba, hasta los de orientación progresista o de izquierda.

A continuación, un esbozo de algunas de las más importantes réplicas del movimiento en el seno de Europa.

Bélgica. En Bruselas, han tenido lugar varias jornadas de protesta contra la disminución del poder adquisitivo y el aumento de los impuestos indirectos a los carburantes. Las mismas han estado marcadas por enfrentamientos con la Policía y daños a vehículos. “Las políticas del gobierno están afectando a los más pobres. Los que más dinero tienen cada vez son más ricos y ahora nosotros, los belgas estamos luchando por sobrevivir y llegar a final de mes porque siempre hay nuevos impuestos”, apuntó un chaleco amarillo. Según la radiotelevisión pública belga RTBF, entre los manifestantes figuraban miembros del movimiento de extrema derecha Nation.

Reino Unido. En enero, el movimiento antiausteridad People´s Assembly, convocó por redes sociales una ronda de manifestaciones en Londres y otras ciudades británicas, llamando a los participantes a portar un chaleco amarillo, en reclamo de elecciones legislativas anticipadas para echar del poder al Partido Conservador, en el gobierno desde 2010, criticar su política en materia de acogida de refugiados y en favor del Brexit. Más de 1,700 personas habían indicado interés en participar en la protesta a través de Facebook.

Alemania. Aquí el movimiento inició en Stuttgart y se hace llamar Gelbe Westen. Lo integran partidarios de la utilización de los vehículos diésel opuestos a la prohibición del gobierno de que continúen circulando en ciertas ciudades del país. “Para nosotros, los ciudadanos, no hay justificación posible. Somos víctimas de lo que la industria del automóvil y el gobierno han hecho. Estoy en contra y creo que así debe ser. El chaleco amarillo nos pertenece a todos y eso es lo que la iniciativa ciudadana debe salir a demostrar”, afirmó su líder, Jannis Sakkaros. En otras ciudades se produjeron protestas vinculadas a grupos de derecha, e incluso el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD), declaró su apoyo a los gilets jaunes en Facebook.

Holanda. En diciembre pasado, la rabia por Pedro el Negro* provocó que en distintas ciudades salieran a las plazas cientos de manifestantes pacíficos. Un movimiento sin líderes visibles y consignas generales, exigió mejoras en los servicios asistenciales y mayor protección de los refugiados.

Otros, vinculados con la extrema derecha, portando la Prinsenvlag (equivalente holandés de la bandera franquista), exigieron medidas más restrictivas contra la inmigración y los defensores del Zwarte Piet. En 2019, se han producido también varias jornadas de protesta contra las políticas del gobierno, respondiendo a convocatorias emitidas por redes sociales. La administración encabezada por el primer ministro Mark Rutte, y las políticas de la Unión Europea (UE), fueron criticadas en las manifestaciones por grupos de extrema derecha que exigieron la salida del país del bloque comunitario. Portando carteles donde se leía “¡Ya despiértate!” y “Nexit”, lanzaron eslóganes como “Resiste, bloquea, ya no aceptamos esta política” y “Vete Rutte”.

España. Ataviados con el mismo uniforme, desfilaron por Madrid y Asturias. En Oviedo, causaron destrozos y desórdenes públicos, mientras en Madrid, tuvieron lugar protestas por la política del Gobierno. Surgido como un movimiento sin líderes, lo encabezó después Melisa D. Ruíz, afiliada a la ultraderecha y responsable de Hogar Social Madrid, donde sólo brindan ayuda a los “pura sangre”, según declaran; “Nada de inmigrantes o irregulares”. Han tomado fuerza varios perfiles en redes sociales con manifiesta afiliación al movimiento, recibiendo apoyo de usuarios entre los que se incluyen agricultores, trabajadores de la industria del norte de España desempleados, portuarios y taxistas, enfadados por el deterioro de sus condiciones de vida.

Portugal. Los coletes amarelos portugueses constituyen un movimiento disperso, con distintos canales de difusión, que en diciembre se decía contaba con más de 12.000 miembros. Los promotores escribieron el manifiesto Vamos a parar Portugal, en reclamo de mejoras salariales. A pesar de haberse programado 25 manifestaciones, solo lograron juntar decenas, cientos de personas en el mayor de los casos. El fracaso de participación lo achacaron a la falta de sostén por parte de los sindicatos y a la aproximación de la extrema derecha, con escaso apoyo en Portugal.

Hungría. El anuncio del primer ministro Victor Orban, en diciembre, de alargar la jornada laboral de 40 a 48 horas semanales, causó un profundo rechazo entre la población. En varias ciudades, sobre todo en Budapest, miles de manifestantes protestaron por lo que denominaron “ley de la esclavitud”. Toda la oposición parlamentaria, incluidos algunos miembros del propio partido en el gobierno, apoyaron la protesta. El Partido Socialista Húngaro (MSZP) pidió a sus seguidores usar chalecos amarillos durante las manifestaciones.

Serbia. Un miembro de la oposición se colocó, a principios de diciembre, un chaleco amarillo en el parlamento para protestar por el alto precio del combustible. “Queremos precios normales para la gasolina, o tendrán chalecos amarillos en las calles de Belgrado y Serbia”, advirtió Bosko Obradovic, jefe de la derecha nacionalista Dveri. El incidente provocó que el presidente francés Emmanuel Macron pospusiera un viaje al país balcánico durante varias semanas.

Polonia. Se reportaron protestas pacíficas vinculadas al movimiento francés, aunque en este caso sólo tangencialmente. Miles de agricultores ataviados con chalecos reflectantes, montados sobre sus tractores, bloquearon una carretera hacia Varsovia. En realidad, allí los trabajadores del campo constituyen una fuerza obrera cohesionada, que en 2015 y 2017 realizaron manifestaciones similares. Sus reclamos al Gobierno estuvieron encaminados a recibir compensaciones por la mala cosecha de 2018, causada por la peste porcina africana.

Próximamente, volveremos con otras réplicas en la V y última parte de esta serie. Hasta entonces…

*Zwarte Piet (en español Pedro el Negro o Pedrito): figura legendaria de la fiesta neerlandesa de San Nicolás (5 de diciembre). Criado acompañante de San Nicolás, que portando un saco de regalos desciende por las chimeneas de las casas para dejar presentes en los zapatos de los niños. La polémica se origina al considerarlo determinados sectores de la sociedad una manifestación racista y estereotipada de la esclavitud. La ONU ha llamado la atención sobre el asunto, bajo el argumento de que “Incluso una tradición cultural muy arraigada no justifica las prácticas discriminatorias y los estereotipos” (Rachidi, 2016).

 

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