Estados Unidos: La guerra total


Por Jesús Arboleya

El nombramiento de John Bolton como asesor de seguridad nacional de Donald Trump, acaba de completar un giro muy peligroso de la política exterior de Estados Unidos.

Considerado a la derecha de la derecha y con una historia de pocos escrúpulos a la hora de imponer sus posiciones, Bolton es rechazado por buena parte de los políticos republicanos más reconocidos, lo que impidió hasta ahora su acceso al gobierno. Su nombramiento, junto al de Mike Pompeo como secretario de Estado y otros ocurridos en los últimos días, indica que Trump se decidió por desconocer una vez más al establishment de su partido y moverse hacia el ala derecha más fundamentalista, donde queda excluida cualquier tipo de moderación.

Las razones son domésticas. Bajo el acoso de las investigaciones relacionadas con la llamada “trama rusa”, el fracaso de algunas contiendas electorales especiales, así como los escándalos y la inestabilidad de su gobierno, todo indica que Trump decidió refugiarse en estos sectores para consolidar su base de apoyo.

Si la designación de Pompeo fue un gesto hacia los hermanos Koch, patrocinadores del Tea Party, la de Bolton refuerza el respaldo de personas como el del científico multimillonario Robert Mercer, dueño de Cammbrigde Analytica, una empresa electrónica recientemente acusada de manipular los datos privados de Facebook para influir en diversas campañas conservadoras, como el Brexit en Inglaterra y el derrocamiento de Dilma Rouseff en Brasil.

Estas decisiones reflejan hacia lo interno una intensificación de las corrientes más supremacistas, xenófobas y racistas, con el consabido aumento de la represión policial y otras formas de violencia. Hacia el exterior, revelan una proyección política que se define por la creación de un clima de guerra en muchos planos y escenarios:

La volatilidad de la situación en el Medio Oriente, presente en tantos países que resulta imposible abordarla en un corto espacio, se incrementa como resultado de los nuevos vientos belicistas que vienen de Estados Unidos. Es cierto que existe la limitante del temor a involucrar grandes volúmenes de tropas, pero siempre es posible una intervención más limitada y, sobre todo, alentar que lo hagan los aliados o contingentes irregulares patrocinados por ese país, como ha ocurrido en tantas ocasiones.

Bajo esas condiciones el principal objetivo es Irán. A eso apunta renegar de los acuerdos nucleares con ese país, de lo que Bolton es uno de sus principales proponentes. Tanto Israel como Arabia Saudita apoyarían una opción intervencionista, que también tendría el respaldo de la derecha sionista en Estados Unidos. Para llevarla a cabo están listas las llamadas “empresas del desastre”, promotoras de guerras en todas partes, y están ubicados los funcionarios ideales para fabricar las excusas que la hagan posible.

Aunque el temor a un conflicto nuclear reduce la opción militar en Corea del Norte, mantener la tensión es una necesidad de Estados Unidos para justificar las enormes inversiones que planea la administración Trump en esta esfera, así como también constituye una carta de chantaje con China, interesada en evitar una situación de esta naturaleza en sus fronteras. No es casual que los movimientos en el gabinete se producen precisamente cuando las dos coreas avanzan en las negociaciones y está planteada una posible reunión de Trump con el líder norcoreano.  De hecho, uno de los argumentos de Trump para justificar los recientes cambios en su gabinete, fue precisamente prepararse para esta eventual reunión.

Los gravámenes a los productos chinos ya platearon el inicio de una guerra comercial, cuyo objetivo es negociar desde posiciones de fuerza con el gigante asiático. Tal estrategia se aviene a la “teoría del buen comerciante” del presidente norteamericano, por lo que igual está ocurriendo con la implantación de medidas proteccionistas orientadas prácticamente hacia todos los países del mundo, incluyendo a los principales aliados.

Aunque hasta ahora la reacción de la mayoría ha sido buscar “excepciones” que Trump ha repartido a cuentagotas y de manera provisional, la parte china ya ha planteado enfrentar la guerra comercial con medidas equivalentes contra Estados Unidos. Igual ocurre con los europeos, canadienses, incluso los mexicanos, que han declarado que estudian medidas similares si no se llega a un acuerdo, generalizándose un clima de confrontación que amenaza con alterar el orden económico mundial, con afectaciones para los propios Estados Unidos.

Hasta el medioambiente se ha convertido en zona de guerra para Estados Unidos. No solo por rechazar los acuerdos de Paris, sino por descalificar las bases científicas que justifican esta preocupación estratégica para el mundo y alentar el descontrol en las prácticas encaminadas a protegerlo.

En América Latina y el Caribe el tema principal es Venezuela. A estas alturas parece inconcebible una invasión militar norteamericana en la región, pero no son tan lejanas las ocurridas en Granada y Panamá. Por demás, el propio Trump ya recomendó hacerlo en el caso de Venezuela.

Quizás no haga falta una intervención militar directa a gran escala, una victoria del uribismo en Colombia podría bastar para la promoción de grupos armados y enfrentamientos en la frontera. Nada ajeno al pensamiento y la experiencia de hombres como Bolton y Pompeo, que ahora dirigen la política exterior de Estados Unidos. Lo menos que se puede esperar es que se arrecien las sanciones y el hostigamiento que actualmente se desarrolla contra ese país, para lo que Estados Unidos cuenta con el apoyo de la derecha latinoamericana.

Lo que ocurra en Venezuela tendrá un impacto inevitable en Cuba, para la cual ya también está definida una política de confrontación, que Estados Unidos tratará de extender a todo el continente. La clave de este asunto es que los nuevos nombramientos en la Casa Blanca y el Departamento de Estado vuelven a colocar esta política en manos de una burocracia históricamente obsesionada con el tema cubano, donde la extrema derecha cubanoamericana tiene una presencia muy activa.

El asunto es ver hasta dónde Estados Unidos está realmente en condiciones de imponer esta política a escala internacional, cuyas consecuencias nadie puede calcular con exactitud. Uno de los problemas de los extremistas, es que generalmente sobrestiman sus fuerzas porque subestiman al resto. Como lo indican las encuestas y algunos hechos recientes, muchos en Estados Unidos han llegado a la conclusión de que es necesario detener este avance hacia el precipicio y quizás las elecciones parciales de noviembre próximo nos dejen un respiro.

La mejor esperanza es que los fundamentalistas de derecha son tan obcecados, que en su afán por disparar a veces se vuelan los pies e incluso la cabeza.

(Tomado de Progreso Semanal)

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