Como duendes y gaviotas


Cuentan, que hace mucho, pero mucho tiempo; tanto, que todavía el amor viajaba arropado en cartas escritas a mano; se encontraron por primera vez, un duende y una gaviota.

Casual fue aquel encuentro, fugaz como un relámpago. Pero ese breve instante, bastó para que pudieran mirarse a los ojos. ¡No, a los ojos no! Se miraron a las almas y cada uno pudo reconocerse y encontrarse en las profundidades del otro.

Al momento sintieron que se conocían desde siempre, como si en vidas anteriores ya se hubieran amado, como si la eternidad, habitara en aquel amor que se estrenaba risueño y cantarín, como un primer día de escuela.

¡Cómo se amaban y ansiaban los enamorados!

El duende veía en la gaviota, su ideal del amor:

Se estremecía si ella lo rozaba con sus alas, enmudecía si la escuchaba entonar una canción y sus ojos, brillaban con más luz, si la veía remontarse sobre el cielo.

La gaviota veía en el duende al amor tierno y apacible, solícito y galante que le tendía su mano en todo momento. Era su apoyo, su remanso cálido y suave en la tormenta.

Pero los duendes y las gaviotas son seres errantes y libres y nunca, o casi nunca, se conforman con mirar el mismo paisaje y van de un lado a otro de este mundo en un eterno peregrinar.

El duende y la gaviota salían al ancho mundo con frecuencia, alejándose por un tiempo.

A donde quiera que los llevaran sus piernas, o sus alas, en el corazón del que partía había un lugar donde cobijar a quien quedaba y quien quedaba, guardaba también en su pecho, con anhelada espera, a quien partía. En cada primavera volvían a encontrarse y todo renacía y volvía a florecer en derredor, en un perpetuo ciclo de estaciones.

Un día, la gaviota emprendió un largo y riesgoso vuelo. Se elevó tanto sobre las nubes, que las corrientes aéreas la empujaron a otras playas de otros mares, tan lejanos, que ya no pudo regresar.

El duende la esperó ansioso aquella primavera, a la siguiente, a la otra y otra… hasta que un día, tuvo la certeza de haberla perdido para siempre y con dolor, comenzó a necesitarla.

Con el tiempo, el dolor fue haciéndose insoportable. Todos los paisajes, las ciudades y el mundo entero, le devolvían el recuerdo de su amor perdido.

El duende buscaba a su gaviota en cada ave que encontraba. A veces, el brillo de un plumaje lo cegaba y encantaba, pero pronto comprendía que la luz y los destellos de su gaviota, eran únicos y el falso encantamiento, acababa por romperse.

Después, el dolor fue atenuándose, haciéndose más suave, menos desgarrador y se convirtió en algo dulce y triste que se lleva a todas partes. Inocuo, inofensivo; pero siempre latente.

También la gaviota, desde la lejana orilla, pensaba en su duende. Imaginaba la vida juntos, compartiendo sueños, esperanzas… A veces, de tanto pensar y repensar, su pequeño corazón emprendía un galope tan desenfrenado, que la dejaba exhausta y sentía que desfallecía.

Fue así, que para los dos, sólo quedó aquel dulce dolor que ya nunca los abandonaría. Quedó, además, la resignación. Porque la vida sigue su carrera en espiral y de alguna forma, hay que vivirla. También quedó el hermoso y tierno recuerdo del ser amado y añorado, que latiendo tímidamente, siempre iba cobijado en sus corazones.

Y pasaron muchos años y ya el amor no viajaba en las bolsas de los carteros. Ahora lo hacía por una autopista global, por donde corrían todo tipo de viajeros.

¡Y un día, la autopista acercó las dos orillas!

El duende divisó a lo lejos la blanca costa donde había varado su gaviota, que también lo recordaba y como antaño, seguía cobijándolo en su pequeño y dulce corazón.

Han pasado muchas primaveras desde aquella en que el duende y la gaviota se miraron por primera vez al alma. Ya no son tan jóvenes como entonces; pero continúan amándose y deseándose en cada amanecer. Cada cual desde su orilla, alimenta y fortalece la esperanza del reencuentro anhelado.

Durante este tiempo, han aprendido lecciones de vida. Han aprendido; por ejemplo, que el amor, si es verdadero, es un boomerang en el viento.

Que no se es viejo, si se ama, que aunque nazcan arrugas y canas, si el corazón late enamorado, se es eternamente joven.

Han aprendido a desafiar al otoño y al invierno, porque saben que no les pueden hacer daño alguno, pues siempre habrá primaveras florecidas.

Hoy, el duende y su gaviota, se rebelan frente a la vida para exigirles que les devuelva aquello que les fue negado y escamoteado hace tanto, pero tanto tiempo… Tanto, que todavía el amor viajaba arropado en cartas escritas a mano.

(Anónimo)

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