El presidente Donald Trump


Donald Trump, president and chief executive of Trump Organization Inc. and 2016 Republican presidential candidate, speaks during a rally at Grand River Center in Dubuque, Iowa, U.S., on Tuesday, Aug. 25, 2015. President Barack Obama's top business ambassador dismissed Trump's call for a wall along the Mexico border, saying the U.S. is focused instead on expanding business with one of its biggest trade partners. Photographer: Daniel Acker/Bloomberg via Getty Images

Por: Jesús Arboleya/Progreso Semanal

No solo porque siempre provoca curiosidad el show mediático, sino por las señales políticas que aporta respecto al nuevo presidente, la prensa mundial sigue con mucha atención la investidura de los presidentes norteamericanos. Esta vez, los “misterios” de Donald Trump aportaron más morbo al espectáculo.

Como obliga la tradición, en la tribuna presidencial lo acompañó su familia; dignatarios de la administración saliente, encabezados por el propio Barack Obama; sus colaboradores más cercanos; los expresidentes vivos del país (salvo George H. Bush que se encontraba enfermo); los jueces de la Corte Suprema y congresistas de ambos partidos. Algunos medios de prensa aseguran que más de medio centenar de congresistas demócratas se negaron a participar, de ser cierto, con probabilidad sería una conducta sin precedente en este tipo de evento.

Hubo una escasa presencia de grandes figuras del espectáculo, en su mayoría enemigos declarados del nuevo presidente, aunque Trump pudiera considerarse parte del gremio y hasta tiene su estrella en el boulevard de Hollywood. También fue muy limitada la participación de altos mandatarios extranjeros, algunos como consecuencia de los conflictos ya originados por el presidente electo, y otros porque la incertidumbre no es un terreno que gusta pisar a los políticos.

Llamó la atención la composición de los invitados al acto, una masa compacta de hombres y mujeres blancos, donde resultaba una rareza encontrarse con un negro, un latino o un musulmán. Imagino que si había algún homosexual no haría pública su elección. Cada tiro de cámara fue un retrato de sus votantes.

Más allá, quizás presagiando las tensiones políticas que puede esperar durante su mandato, estaban miles de personas que manifestaban su rechazo al nuevo presidente, obligando a un tremendo despliegue de seguridad y medidas represivas muy poco elegantes para la ocasión.

El discurso de Trump fue fiel a su retórica de campaña, fue dicho en un tono más amenazante que persuasivo, y estuvo caracterizado por su prédica populista, un nacionalismo chovinista exacerbado, así como por su llamado al proteccionismo, respecto a la industria y el comercio norteamericanos. “América primero” es su consigna.

Estuvo dirigido contra la clase política, un sentimiento compartido por millones de norteamericanos, que lo condujo a la victoria electoral. Trump asumió como propia una dudosa representación del pueblo estadounidense y descalificó a los políticos de ambos partidos, planteando el problema de conciliar esta prédica con la necesidad de un consenso para encaminar sus acciones, incluso dentro del Partido Republicano.

La frase “hacer grande otra vez a Estados Unidos” resume su proyecto político, lo que implica poner en tela de juicio los tratados multilaterales de libre comercio y las relaciones con grandes actores económicos, como es el caso de China. Vale apuntar que el propósito de Trump no es enmendar las aberraciones existentes y establecer una mayor equidad en estos tratados, lo que sería bien visto en todo el mundo, sino imponer con más fuerza los intereses norteamericanos en los mismos o desecharlos a favor de acuerdos bilaterales y condiciones aún más espoliadoras de las contrapartes, lo que será fuente de conflictos a escala internacional, incluso con sus aliados.

De todas formas, se trata de una idea de difícil materialización, toda vez que la globalización neoliberal no es culpa de otros países, como ha dicho Trump, sino una tendencia lógica del capitalismo, donde los principales beneficiarios son las grandes empresas transnacionales, especialmente las norteamericanas, principales promotoras de las reglas que hoy regulan este mercado.

La moraleja es que no existe una política que satisfaga por igual “el interés nacional de Estados Unidos”, sino que estos intereses se expresan a partir de necesidades e intenciones sectoriales, en ocasiones contradictorias, cuya modificación no puede llevarse a cabo sin perjudicar a grupos muy poderosos, muchos de ellos determinantes en la política norteamericana.

Hasta ahora, aparte de la revisión de las relaciones económicas de Estados Unidos, en política internacional los ejes de las propuestas trumpistas se han centrado en la lucha contra el terrorismo, lo que pudiera explicar sus acercamientos a Rusia, y la revisión de los criterios colectivos de seguridad, especialmente en relación con la OTAN. Tal mensaje ha puesto patas arriba a los europeos y planteado importantes interrogantes respecto al diseño de la hegemonía de Estados Unidos en el mundo.

En su discurso, Trump dijo que no pretendía imponer el sistema norteamericano a ningún país, a lo que suma su reiterada crítica al intervencionismo, lo que constituye una buena señal. Aunque al mismo tiempo anunció el aumento del presupuesto militar y la pregunta que se impone es con cuál objetivo.

Hacia lo interno de la sociedad norteamericana, propone una política de estímulo al empleo, una necesidad real de economía estadounidense, lo que pretende resolver mediante la imposición de tarifas arancelarias a las importaciones y grandes inversiones infraestructurales, que algunos consideran lo acercan a las tesis keynesianas.

Sin embargo, contrario a las tesis del economista inglés, esta política no va acompañada de impuestos a los ricos, ni programas sociales que aumenten el poder adquisitivo de los consumidores más desventajados, un área donde Trump se plantea revertir los escasos avances alcanzados, como es el caso del Obamacare, sin proponer alternativas que lo sustituyan.

Trump se aferra a criterios neoliberales, que parten del supuesto “chorreo” de la riqueza acaparada por una exigua minoría, lo que ha demostrado su ineficacia, toda vez que, por el contrario, tiende a aumentar las desigualdades sociales, otro de los problemas fundamentales que encara la sociedad norteamericana y una de las razones de los déficits de gobernabilidad que se expresan por todas partes, explicando en buena medida la propia elección de Donald Trump como presidente.

Junto a esto, plantea una política de ley y orden encaminada a satisfacer los valores de los sectores más conservadores, promotores de la supremacía blanca, lo que debe aumentar las tendencias racistas, xenófobas, misóginas y homofóbicas, así como el desprecio del cuidado del medio ambiente, el derecho a portar armas y la prohibición del aborto, todo lo cual el nuevo presidente asumió como ideas propias durante la campaña.

Los grandes perjudicados serán los inmigrantes, otro problema que Trump achaca a otros países, sin reconocer que sus causas fundamentales son de  naturaleza endógena, resultantes del propio sistema norteamericano y sus relaciones con el resto del mundo, especialmente con América Latina.

Hasta ahora, todo indica que Trump se propone hacer valer la filosofía que  encausó su campaña electoral. Más allá de su arrogancia, tal filosofía plantea problemas reales de la sociedad norteamericana, aunque las soluciones que propone resultan en su mayor parte muy peligrosas, toda vez que tienen un tufo neofascista, no ajeno a lo que ocurre en otros países desarrollados, como es el caso de Europa, reflejando la compleja tendencia de una salida por la derecha a la crisis mundial del capitalismo.

De todas formas, la gran interrogante es la viabilidad de esta política. Al parecer, con lo único que cuenta de seguro Donald Trump para lograrlo es con la voluntad divina, no solo para recalcar la excepcionalidad del pueblo norteamericano y su destino manifiesto, sino con su propia condición de enviado de Dios en la tierra. Sin duda va a necesitar de su ayuda.

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