Los cubanoamericanos y el gobierno de Donald Trump


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Por: Jesús Arboleya/ Progreso Semanal

Una de las interrogantes que se abren ante la victoria de Donald Trump es si continuará o no la política adoptada por Obama hacia Cuba y ya algunos han retomado la peregrina idea de que en Miami se decide esta política. Nunca fue así, pero ahora menos que nunca existen elementos que inducen a pensarlo.

Aunque aún las cifras publicadas no permiten llegar a conclusiones definitivas, todo indica que el voto cubanoamericano se comportó de manera bastante similar a las elecciones pasadas, cuando se movió en el entorno del 50 % entre el candidato demócrata y el republicano.

De ser así, pudiera afirmarse que el voto cubanoamericano no resultó decisivo en las elecciones presidenciales como afirman algunos medios. De hecho, Trump perdió el sur de la Florida, donde se concentra la mayoría, tal y como viene ocurriendo con los republicanos desde hace muchos años, incluso cuando el apoyo que recibían de los votantes cubanoamericanos era ampliamente mayoritario.

Tal resultado tampoco contradice la realidad de que el voto cubanoamericano se viene inclinando sostenidamente hacia los demócratas. Si en 2004 solo el 22 % se identificaba con ese partido, en 2012 esta cifra se duplicó hasta alcanzar el 44 % y lo acontecido en estas elecciones parece reafirmar esta tendencia.

Pero no solo los indicadores electorales confirman estos datos, casi todas las investigaciones indican un grado de polarización similar en el caso de toda la comunidad, aunque tiende a inclinarse hacia los demócratas en la medida en que las personas son más jóvenes o los  inmigrantes cubanos llevan menos tiempo en Estados Unidos. Lo que proyecta el cambio inevitable hacia el futuro, toda vez que constituyen los sectores demográficos más dinámicos de esa sociedad.

Evidentemente la política hacia Cuba constituye un factor de mucho peso en  esta conducta, por lo que tener que recurrir al voto tradicional del llamado “exilio histórico”, con promesas gastadas, tal como hizo Trump paseándose por Miami, constituye más un recurso desesperado de los republicanos, que una estrategia viable de cara al porvenir.

Por otra parte, no existen razones para suponer que el lobby de la extrema derecha cubanoamericana pueda revitalizarse a partir de los recientes resultados electorales y alcanzar una influencia que pueda revertir la política hacia Cuba, máxime cuando existen contrapesos mucho más importantes dentro de los propios republicanos que empujarán en sentido contrario.

Efectivamente, todas las figuras representativas de la extrema derecha cubanoamericana en el Congreso fueron reelegidas a pesar de que se ubicaron en el campo en contra de Trump, lo que  pone en dudas la influencia que puedan ejercer sobre la administración. La verdad es que Trump llegó al poder sin compromiso alguno con estas personas y, dadas sus características personales, difícilmente les perdonará sus insultos y desplantes.

Más importante aún, este lobby ha perdido buena parte de su base económica. La mayoría de los empresarios cubanoamericanos de más renombre, sin importar fuesen demócratas o republicanos, se han manifestado a favor de la política de Obama hacia Cuba, así como respaldaron la candidatura de Hillary Clinton. Incluso instituciones tan arraigadas en el enclave de Miami y de larga tradición republicana, como la Latin Builders Asociation, apoyaron a la candidata demócrata.

Más allá de aciertos o desaciertos en la apuesta electoral, la esencia del problema es que la política hacia Cuba no fue el resultado de una “inspiración divina” de Barack Obama, sino la consecuencia de factores objetivos que determinaron una coyuntura específica, la cual influye igual sobre el nuevo presidente republicano.

La extrema derecha cubanoamericana no puede revertir esta situación, simplemente porque no tiene la fuerza para ello, cualquiera sea los “reacomodos” que se produzcan, incluso los logros parciales que pueda lograr.

Los llamados grupos “moderados”, que respaldaron con vigor la nueva política de Obama hacia Cuba y llegaron a influir en la misma, igual han quedado descolocados y con escaso acceso a la administración Trump.

Esto no los descarta totalmente del proceso, ya que han tenido una participación bastante activa en las gestiones de estructuras bipartidistas que apoyan el cambio, las cuales ahora podrían verse fortalecidas por el peso que tienen en ella los grupos agrícolas republicanos y otros sectores de ese partido interesados en el mercado cubano.

Pero lo determinante para la vigencia e importancia de estos grupos, tanto para Estados Unidos como para Cuba, es que puedan convertirse en una alternativa de la extrema derecha a escala local y capitalizar el emergente voto cubanoamericano en función de sus posiciones, cosa que no han hecho hasta ahora.

La conclusión a que puede conducirnos este análisis es que todos los grupos políticos cubanoamericanos perdieron en estas elecciones y su protagonismo en el diseño y aplicación de la política hacia Cuba se ha visto sensiblemente disminuido.

Era una tendencia inexorable, que está relacionada con la pérdida de peso específico en la medida en que aumenta el interés nacional y otros grupos más poderosos se incorporan al debate, aunque quizás los resultados de estos comicios puedan acelerar este proceso.

Sin embargo, esto no quiere decir que la comunidad cubanoamericana ha dejado de ser un factor importante en las relaciones entre los dos países, con impacto en ambas sociedades. Lo que ha cambiado es la manera diversa y compleja en que se concreta esta influencia.

La pérdida del monolitismo que antes caracterizaba el voto cubanoamericano a favor de los republicanos y contra las relaciones con Cuba, decretó la muerte inevitable de la extrema derecha. Lo que falta por ver es cuánto demora el entierro, cualquiera sea el presidente de Estados Unidos.

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