¿Educar solo con palabras?


infantilreciclar

Por: Dunnia Castillo Galán/ Juventud Rebelde

«Mamá, bota piso», decía al sacar el último sorbeto del estuche un pequeño de aproximadamente tres añitos, a quien su madre lo llevaba en brazos mientras esperaban la guagua para llegar al círculo infantil.

«No, en el piso no, mi vida. Busquemos un cesto», respondió su interlocutora, no sé si por convicción o pena ante los ojos inquisidores de los que la mirábamos. No obstante, su conmoción solo duró unos segundos para observar a su alrededor, sin ni siquiera dar un paso y responderle nuevamente a su niño: «Bueno, realmente mamá tendrá que echarlo en el piso, porque aquí no hay ningún cesto».

Una vez más y no sé por qué, me sigo sorprendiendo con nuestros actuares, pero no solo me resulta inconcebible que los ciudadanos aún no hayamos comprendido la necesidad de mantener limpio y conservado nuestro entorno, sino que haya personas que protagonicen escenas de este tipo.

Es cierto que lamentablemente no encontramos en cada esquina de nuestro país un cesto donde arrojar los desperdicios que vamos generando durante el andar por las calles, que no en todos los lugares se ha priorizado igual presencia de estos y que donde existen todavía son insuficientes. Y ese es un tema para otro extenso comentario, cuyos protagonistas serían las instituciones encargadas de velar por la higiene de la ciudad.

Pero tampoco podemos darle cuerpo a la desidia y tirar al piso porque, sencillamente, no hay. Hay quienes hemos cargado con un trozo de cartón en la mano cuadras y cuadras, para botarlo donde haya un receptáculo en el que echar la basura.

Parto de que lo óptimo es que hubiera muchos más cestos, aunque sé de lugares donde los ha habido y en pocos días desaparecen o nadie cuida de ellos en los sitios donde se colocan. Las realidades son muy diversas en torno a este asunto.

Como bien es conocido, una característica propia del niño es aprender a partir de la imitación, y son los padres y quienes lo rodean el principal modelo en su vida inmediata y futura, por lo que serán nuestras enseñanzas y patrones de conducta las que marcarán su actuar.

Aunque reza un refrán que los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres, en los pequeños influye con marcada fuerza el entorno circundante. Y la educación empieza desde la cuna y no, como algunos piensan, a los tres, cuatro y cinco años o más edad, cuando ya comienza a ser tarde.

Junto a campañas publicitarias, muñes con contenidos educativos y charlas en la escuela, hay que cimentar referentes positivos desde el hogar y hacer saber lo que no anda bien y lo que puede resultar mal si lo hacemos.

La acción de arrojar un envoltorio de sorbeto a la calle, por la inexistencia de un cesto cercano, es un acto irresponsable y de irrespeto hacia la naturaleza y los que convivimos en ella. Y es también un ejemplo negativo que va calando en ese niño, al punto de que puede identificar el hecho como algo normal y aprender a reaccionar de esa manera, como parte de una rutina.

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