Recuerdos de Angola


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Por: Waldo Barrera Martínez

Han pasado 27 años desde que el último de los combatientes internacionalistas cubanos procedente de África, regresó a la patria; 41 años desde que Agostino Neto proclamara la independencia de Angola, y se convirtiera en el primer presidente del naciente Estado.

Pudiera parecer mucho tiempo; sin embargo, entre quienes contribuimos modestamente a su preservación, en el enfrentamiento a las fuerzas contrarrevolucionarias financiadas, armadas y entrenadas por el régimen racista sudafricano, se mantienen muy nítidas las experiencias vividas en esos años.

Rememorar hoy, cuanto significó desde el punto de vista político y militar la gesta de las tropas cubanas, pudiera llevarnos, tal vez, a la reiteración de ideas que durante todos estos años hemos escuchado una y otra vez. Por eso prefiero, en esta ocasión, referirme al significado humano de la epopeya, a lo que representaron para mí aquellos dos años alejado de la patria, de mis familiares y amigos, de lo que hoy se conoce en el ámbito científico como Zona de Confort.

Corría el año 1985; era yo un modesto navegante de orientación con el grado de teniente de la Fuerza Aérea Revolucionaria, 20 años acabados de cumplir y poquísima experiencia militar. Recién casado, con alguna preparación en las tareas del hogar, escasa formación política, a pesar de militar por esa época en la Unión de Jóvenes Comunistas, y no muy avezado en el arte de las relaciones humanas, fuera ya de los marcos familiares.

Un buen día se me acercó alguien para conocer si estaba dispuesto a cumplir misión internacionalista; sin dudar dije que sí. Otra historia fue llegar a casa con la noticia. Luego vino Loma Blanca, las vacunas… El 1ro de mayo despegaba en el Tubo de Aluminio* hacia lo desconocido.

Cuando alguno de los pasajeros anunció la proximidad del aeropuerto de Luanda y miramos por la ventanilla, ya en la maniobra de aterrizaje, el contraste de amplias zonas de quimbos y bellos barrios residenciales en el centro de la ciudad, la arena en suspensión, produjo en mí un intenso sobrecogimiento. Aparecía la visión de la pobreza de verdad, desconocida para aquella generación, nacida con la Revolución. Luego, vendría Futungo, el impacto de la temperatura, la humedad relativa, el cambio de ambiente, el inicio de relaciones con personas y un mundo totalmente desconocido. Por primera vez veía a niños buscando de comer en los tanques de basura. Cualquier comentario anterior de quienes ya habían vivido la experiencia quedaba ampliamente superado.

En solo unos días era ya todo un jefe de turno del puesto de mando del regimiento aéreo de Lubango* y poco a poco aprendía las mañas de la aviación de combate en un teatro de operaciones militares bien diferente al cubano, a todo lo que había hecho hasta ese momento aquí, desde las técnicas del combate aéreo, la exploración, el apoyo a las caravanas en marcha, la navegación y bombardeo a campamentos de la UNITA… Las relaciones de trabajo y amistad con las tripulaciones eran aquí mucho más estrechas, compartíamos los buenos y malos momentos, lo poco y lo mucho; por ello en varias veces nos vimos llorando en silencio la pérdida de algún piloto querido.

En Angola aprendimos también a desarrollar el sentido del peligro, a dormir en vela, a revisar las botas siempre antes de calzarlas, la cama antes de acostarnos, a caminar de noche con extrema precaución; pero también a conocer a las personas, a los amigos de verdad, aquellos que daban todo por ti y los que no; a admirar una cultura diferente, un pueblo diverso e intensamente marcado con largos años de explotación colonial y la guerra. Conocimos el banderlán, elaborarlo de mil maneras, el atún enlatado a toda hora, aprendimos hacer yogur y pan; recuerdo que los primeros resultaron bien pequeños y duros como piedras.

Cada noche en un pequeño radio sokol llevado de Cuba, rastreábamos el éter en busca de las ondas internacionales de Radio Habana Cuba o el programa de la Radio Nacional de Angola destinado a los internacionalistas cubanos; era la manera de conocer cuánto acontecía en la Isla, de acercarnos a nuestra cultura, nuestra música, de sentir la patria más cerca.

Escribir cartas, muchas cartas cada día, constituía el recurso para alejar el gorrión y conocer los últimos sucesos de la casa, el barrio; sin embargo, siempre fueron temas vedados los asuntos que pudieran resultar motivo de preocupación para los seres queridos; para ellos, todo estaba bien, no existían peligros ni enfermedades; la llegada de los bultos de correspondencia en cualquier momento, era la razón de la mayor alegría.

Muchísimas más impresiones y sentimientos guardamos de aquellos años, podríamos hablar hasta cansarnos: les confieso que para mí, no existirá mejor escuela que aquella; por ello albergo de la misión en Angola, a pesar de todo, un profundo agradecimiento.

Un día como hoy, nuestras últimas palabras van dedicadas a los 2085 compañeros caídos en Angola y otras naciones africanas en cumplimiento de misiones militares y 204 en tareas civiles. El General de Ejército Raúl Castro, Ministro de las FAR, el 12 de diciembre de 1976, había dicho:

“De Angola nos llevaremos la entrañable amistad que nos une a esa heroica nación y el agradecimiento de su pueblo y los restos mortales de nuestros queridos hermanos caídos en el cumplimiento del deber”.

Y así sucedió en 1989. Quienes tuvimos el inmenso privilegio de regresar, lo hicimos sin riquezas materiales, pero si convertidos en mejores seres humanos, mejores revolucionarios.

Notas


 * Denominación de los internacionalistas cubanos a los IL-62, donde habitualmente viajaban desde y hacia Cuba.
* Ciudad capital de la provincia Huila, al sur de Angola.

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