Colombia es un espejo


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Por: Jesús Arboleya/ Progreso Semanal

El mundo quedó perplejo con la noticia de que los colombianos habían rechazado el acuerdo de paz alcanzado entre el gobierno y las guerrillas de la FARC-EP.

En este caso no podemos hablar de que fuerzas externas, al menos oficiales, influyeran en este resultado. El acuerdo es apoyado por todos los líderes del mundo, expresando un raro consenso donde Obama se junta con Raúl Castro y Nicolás Maduro, con el respaldo expreso del Papa Francisco y Ban Ki Mon, el secretario general de la ONU.

Tampoco podemos decir que el NO triunfó en zonas controladas por los paramilitares, la mayoría de los votos los obtuvo en las grandes concentraciones urbanas, gracias al apoyo de una clase media que apenas se había visto afectada por el conflicto, encabezada por una dirigencia corrupta y criminal.

Es cierto que la mayoría obtenida por los oponentes al acuerdo es matemáticamente despreciable -menos del 1 %- y que lo que en realidad ocurrió es que los votantes se polarizaron en partes iguales.

Pero lo realmente transcendente es que más del 60 % de los electores decidió no votar y se desentendió del proceso. Lo que favoreció a la extrema derecha y complicó, tanto el escenario político colombiano como los esfuerzos internacionales a favor de la paz, considerados hasta el momento como un ejemplo en la solución de conflictos de esta naturaleza.

Los especialistas en la realidad colombiana serán los encargados de analizar las causas endógenas de este resultado y los políticos de las diversas tendencias buscarán alternativas para revertir o sacar provecho de lo ocurrido, pero una verdad es irrefutable: la apatía decidió el referendo en Colombia y esto es lo que está ocurriendo en muchas partes, poniendo en entredicho la capacidad de los procesos electorales para solucionar los problemas de los países.

La afirmación de que “las masas nunca se equivocan” es falsa, se han equivocado muchas veces a lo largo de la historia, con consecuencias nefastas, incluso para sí misma y los demás. Es cierto que en esto ha influido la ignorancia y la manipulación política, pero la razón fundamental es que “las masas” no constituyen un todo orgánico, sino una amalgama de tendencias, resultante de intereses y criterios individuales, que muchas veces no tienen asidero en la realidad, pero esto es lo menos importante.

Una de las fortalezas del capitalismo ha sido establecer la matriz de opinión que cualquier persona, por sí misma, puede triunfar al margen del resto, lo que por un lado genera apatía frente a las metas colectivas y, por otro, ha convertido a la llamada “clase media” en aliada natural de los grupos oligárquicos y el capital transnacional, simplemente porque su aspiración es integrarse a estos sectores y lo considera factible.

La paradoja es que mientras los gobiernos progresistas luchan contra las desigualdades y mejoran la situación de los grupos marginados, al mismo tiempo fabrican sus propios opositores, al extender el volumen de una clase media regida bajo la ideología del capitalismo. Eso, más allá de errores e insuficiencias, explica la crisis actual de los gobiernos progresistas latinoamericanos, cuando la situación económica establece límites a las aspiraciones de estos sectores.

El término “revolucionario” no está de moda, porque implica una voluntad colectiva encaminada a alcanzar metas superiores para toda la humanidad y ello implica compromiso y sacrificio, incluso ni siquiera para dar la vida sino para renunciar a la tentación de la opulencia, lo que no está en la mentalidad de las mayorías.

En esto radica el triunfo ideológico del capitalismo hasta el momento y demuestra que estamos viviendo el apogeo de un sistema económico, político y social que no necesita líderes, porque el verdadero líder es el afán de consumo irracional, determinante para el estatus social de las personas. Quizás esto explica la mediocridad generalizada de la mayoría de los políticos del mundo.

También es cierto que la terrible situación que viven muchos países, la ingobernabilidad generalizada, incluso en naciones desarrolladas, y el desenfreno consumista, despilfarrador de los recursos naturales, está incubando contradicciones que se perciben por todas partes y resultan insostenibles.

El abstencionismo y la rebelión de las clases medias, con fuertes inclinaciones hacia la derecha, también son fenómenos que se aprecian en el primer mundo, incluyendo a Estados Unidos, poniendo en crisis el sistema democrático capitalista a escala internacional.

Para la izquierda, o las izquierdas, porque tampoco constituye un movimiento homogéneo, esta situación presupone una lectura novedosa de la situación y la revisión de sus tácticas históricas para acceder al gobierno y, más importante aún, consolidarse en los mismos.

Hoy día nadie tiene una respuesta para ello, pero las interrogantes saltan a la vista:

  • ¿Cómo actuar en un mundo regido por el mercado transnacional capitalista, donde no existen otras alternativas?
  • ¿Qué hacer frente al inevitable crecimiento de los sectores medios, como resultado del éxito de sus propias políticas de distribución social, que son, en definitiva, el objetivo mismo de sus proyectos?
  • ¿Cómo superar el sistema democrático, para que no quede expuesto a los vaivenes y trampas de los mecanismos electorales tradicionales?

Quizás hay que comenzar por estudiar a Gransci -tan bien comprendido por los capitalistas-, que ubicó esta problemática en las luchas por la hegemonía, donde no bastan las transformaciones económicas y sociales, sino conquistar la mente de la personas. Lo que supone aprovechar al máximo las nuevas tecnologías de la comunicación, así como ampliar y profundizar el debate social.

Al parecer, el socialismo en la actualidad no tiene otra opción que superar al capitalismo precisamente “superando” los presupuestos ideológicos que lo hicieron revolucionario en sus orígenes: con más libertades personales, una democracia verdaderamente participativa y la concreción en la práctica de la esperanza de un mundo mejor para todas las personas.

También vale la pena volver al viejo Marx, que pronosticó que al capitalismo lo destruiría el propio capitalismo y que el papel de los revolucionarios era aprovechar sus contradicciones, no solo para comprenderlo, sino para transformarlo.

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