Las posibilidades de Donald Trump


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Por: Jesús Arboleya/ Progreso Semanal

Para la mayoría de las personas en el mundo, incluso para muchos norteamericanos, resulta incomprensible que una persona como Donald Trump haya avanzado hasta este punto en el proceso electoral norteamericano e incluso pueda resultar electo presidente de Estados Unidos.

Su discurso xenófobo, racista, prepotente e inculto parece más destinado a enajenar a los votantes que a ganar una elección. Solo que igual que él piensa alrededor de un cuarto del electorado norteamericano y eso puede resultar suficiente para ganar las elecciones en un país donde apenas vota la mitad de los electores posibles.

En verdad no todos sus seguidores son personas “despreciables”, como los calificó su contraria demócrata, sino gente que trabaja muy duro, atiende a su familia, va a la iglesia los domingos e incluso contribuye a obras de caridad. ¿Qué puede generar tanto odio hacia el prójimo, en personas comunes que creen tener asegurada la entrada en el cielo?

La respuesta está en el miedo. Temen al terrorismo que creen está en la cabeza de todos los musulmanes, a los negros que suponen siempre delincuentes, a los homosexuales que pretenden corromper a sus hijos y, especialmente, a los inmigrantes latinos, que creen han llegado en masa para robarles sus trabajos y cambiar para siempre una cultura que suponen única, superior y blanca.

La discriminación a los inmigrantes forma parte de la historia de Estados Unidos y está regida por una lógica malsana que durante siglos ha convertido a los discriminados en discriminadores. Las causas de que Estados Unidos haya sido y continúe siendo el destino por excelencia de los migrantes del mundo no solo radica en la necesidad de mano de obra o el atractivo de mejoras económicas respecto a los países de origen, sino en la propia naturaleza del sistema, toda vez que el inmigrante constituye un recurso de los empleadores para degradar el valor de la fuerza de trabajo y debilitar la cohesión clasista de los trabajadores. Como la cultura predominante jamás culpa a los patronos, la opinión pública tiende a repudiar a los que llegan nuevos, que son asumidos como extraños e inferiores.

En momentos de deterioro económico y polarización social, este problema se torna particularmente álgido y explica que el tema migratorio haya devenido el centro de las disputas electorales. No es nada extraño entonces que muchos coincidan con Trump en que es necesario construir un muro y lanzar a los inmigrantes por encima del mismo e, incluso, sin llegar a estos extremos, que consideren injusto que tengan que pagar impuestos para garantizarles un mínimo de asistencia social, porque los consideran una carga pública.

Se trata de un asunto demasiado complejo y demasiado manipulado para que sea comprendido por el electorado norteamericano. Como ha dicho Zbigniew Brzezinski, uno de los grandes teóricos del modelo hegemónico estadounidense y su constructor en algunos casos, entre las causas que explican el deterioro relativo del sistema, está la ignorancia política del pueblo norteamericano, lo que lo convierte en presa fácil de demagogos como Donald Trump, que por cierto no es el único.

Otra de las posibilidades de Trump radica en que el pueblo norteamericano está hastiado de sus políticos. Así lo indican todas las encuestas y los supuestos avales acumulados por Hillary Clinton en su larga carrera política, se han convertido más en un inconveniente que un elemento a su favor, a lo que se suma la falta de confianza que ella genera en el propio electorado demócrata. Paradójicamente, a favor de Trump opera que es considerado por muchos el “antipolítico” por excelencia, indicando la crisis que vive el modelo de gobernabilidad norteamericano.

Quizás uno de los aspectos más interesantes de la campaña de Trump es su consigna de “recuperar la fuerza de Estados Unidos”. Eso lo han dicho, de una forma u otra, montones de políticos norteamericanos, pero los argumentos de Trump no dejan de ser novedosos. A diferencia de Clinton, se declara enemigo de Wall Street, de las transnacionales que se llevan los trabajos hacia otros países y de los gastos que implica el intervencionismo norteamericano en el mundo. Lo interesante no es que vaya a cumplirlo y estemos en presencia del primer presidente antimperialista en siglos, sino que lo diga quien dice cualquier cosa con tal de movilizar a su electorado, lo que demuestra que esas ideas están en la mente de mucha gente.

En realidad, estamos en presencia de una campaña donde ambos candidatos presentan niveles de rechazo sin precedente. Ello pudiera augurar altos niveles de abstencionismo y esto pudiera favorecer al candidato republicano si logra movilizar al siempre más monolítico y participativo voto conservador, pero esto no está garantizado, porque hasta el establishment de su partido teme al impredecible y extravagante magnate newyorkino.

Aunque casi todos los analistas coinciden en que Trump no debe ganar las elecciones, la realidad es que tampoco puede ser descartado. Tampoco Clinton es Obama y en cualquier caso debemos esperar un nuevo escenario en la política de Estados Unidos.

De todas formas, como no sabemos quién va a ganar y nadie sabe lo que se espera cualquiera sea el resultado, lo más importante es comprender que estamos en presencia de un proceso electoral inédito, que indica el grado de desconcierto y la falta de consenso existente en la sociedad norteamericana, por lo que cualquier presidente tendrá que enfrentar estas contradicciones.

Lo alentador es que no solo las posiciones fundamentalistas de extrema derecha se imponen en este contexto. Recordemos lo que ha representado la campaña de Bernie Sanders, que no pudo ganar declarándose socialista, pero demostró el desarrollo de ideas que parecían inconcebibles en el contexto político estadounidense. Esa gente también está ahí y la interrogante es hasta dónde podrán crecer y organizarse como fuerza política.

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