La URSS 25 años después: Algunas reflexiones (I)


muro-de-berlinPor: José Luis Rodríguez

Este año se cumplirán 25 años de la desaparición de la Unión Soviética, ocurrida el 25 de diciembre de 1991, luego de un proceso de descomposición que hizo naufragar la mayor experiencia de cambio social en la historia de la humanidad.

Se perdieron así el esfuerzo y el sacrificio de los pueblos que en medio de una lucha heroica, entregaron las vidas de muchos de sus hijos para construir una sociedad mejor. Solamente en la II Guerra Mundial murieron alrededor de 27 millones de soviéticos enfrentando el fascismo al que lograron derrotar a sangre y fuego, abriendo el camino también para la liberación de los pueblos de Europa del este y dando un impulso decisivo a las revoluciones anticoloniales en el Tercer Mundo.

En la postguerra el imperialismo no gozó de un poder hegemónico indiscutible. La existencia de la URSS y de los países socialistas europeos, unida a la Revolución socialista en China primero y en Cuba después, cambió la correlación de las fuerzas políticas en el mundo, obligando a un repliegue –no sin resistencia- de las fuerzas más reaccionarias en todo el planeta, proceso que duraría hasta la década de los años 70 del pasado siglo.

Sin embargo, la ofensiva del capitalismo tanto interna –para liquidar las conquistas de los trabajadores-, como externa –para frenar el avance de las políticas más revolucionarias y progresistas- comenzó a imponer sus condiciones en los años 80 bajo los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra. Y ello ocurre –no por casualidad- en medio de un debilitamiento del campo socialista europeo, tanto en la política doméstica, como en la arena internacional, resultando el antecedente inmediato de la crisis terminal que se desata en la segunda mitad de los años 80.

Mucho se ha escrito en los últimos años sobre las causas del derrumbe del socialismo en Europa, pero en una gran parte de los casos, los autores solo buscan confirmar –como lo hiciera el politólogo norteamericano Francis Fukuyama- la prevalencia del capitalismo como único régimen posible para la existencia de la humanidad, en cuyo enfoque el experimento socialista solo se evalúa como un accidente en una trayectoria que culmina con el “fin de la historia” concebida como el fin de la ideologías.

En realidad, no se ha agotado el análisis sobre la multiplicidad de causas del derrumbe del socialismo europeo, aunque a la luz del tiempo transcurrido desde entonces, sí es posible identificar un grupo de elementos que permiten ilustrar la complejidad de la construcción socialista y el peso de los errores cometidos en ese proceso, que condujeron finalmente a su frustración.

Este ejercicio analítico no solo tiene utilidad desde el punto de vista del conocimiento histórico, sino que debe permitirnos asimilar las lecciones pertinentes a aquellos que persistimos en la construcción del socialismo como la mejor alternativa para el desarrollo de nuestros pueblos. No por gusto nuestro Comandante en Jefe nos advertía el 17 de noviembre de 2005:

“Una conclusión que he sacado al cabo de muchos años: entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante error era creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía de cómo se construye el socialismo.”

Y más adelante añadía:

“Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.”

En esa línea de análisis, hace ya algún tiempo concedí a la destacada periodista Rosa Miriam Elizalde una entrevista de trabajo –inédita- donde abordé diversos aspectos de este tema que hoy pudieran servir de base para una reflexión un poco más amplia acerca de las causas del derrumbe en el caso de la URSS y qué papel jugaron los medios en la misma. Igualmente sería útil tomar en cuenta lo recientemente publicado en el sitio Catalejo de la revista Temas en torno a las complejidades de la construcción del socialismo bajo el título “El socialismo si no se asimila conscientemente, se queda en la superficie.”

                                                                                 II
No se puede pasar por alto que el socialismo ha sido hasta el presente una sociedad en construcción, no totalmente consolidada en ninguna parte, ni en el caso del socialismo real, ni en de los procesos actualmente existentes, con los modelos de China, Vietnam, Cuba, y la RPD de Corea.

Examinando las experiencias en Europa Oriental y sobre todo en la antigua Unión Soviética, se observa que los procesos que derivaron en el derrumbe del socialismo tuvieron muchos aspectos en común y también-aunque hubo algunas particularidades-, los errores fueron también comunes. Hubo un punto de partida similar, porque en todos los casos existió la expectativa de superar rápidamente las enormes inequidades, injusticias, desigualdades que había provocado el capitalismo a lo largo de su historia.

Eso llevó siempre a tratar de quemar etapas, pero la experiencia indica que una transformación de la profundidad que requiere el diseño de un modelo socialista, sobre todo en su elemento fundamental, que es la transformación de las personas, de la mente de las personas, lo que en Cuba se ha llamado más recientemente “cambio de mentalidad”; es un proceso muy complicado y de largo plazo. Las personas no cambian de opinión, no transforman sus ideas porque se produzca únicamente un cambio en las relaciones de propiedad; es necesario un cambio cultural muy profundo para transitar del individualismo capitalista a una mentalidad colectiva, a la solidaridad social y la gestión económica consensuada y en todo este proceso juega un papel fundamental la política propia del socialismo.

Esta diferencia –al menos conceptualmente- fue advertida desde muy temprano. Lenin afirmó que había una gran diferencia entre nacionalizar y socializar la producción. Nacionalizar es un acto jurídico que se ejecuta en un momento determinado y provoca que cambien las relaciones de propiedad a partir de ahí. Pero que las personas se sientan dueñas y que piensen de manera diferente a como venían actuando en el capitalismo – que lleva siglos de funcionamiento en todo el planeta – eso no se produce rápidamente. Probablemente una parte de la sociedad sí lo hace, la vanguardia lo hace, pero la gran masa de las personas no cambia así. Y eso lo comprobó Lenin en la práctica desde los primeros años de existencia de la URSS.

Entonces, en medio del fragor revolucionario y luego la guerra civil, se llegó a conclusiones que parecen hoy extraordinariamente erradas. En efecto, a la altura de 1919 se propuso eliminar el dinero porque la guerra prácticamente había desmonetizado la sociedad. El dinero dejó de cumplir sus funciones, y empezaron a cambiarse en forma de trueque unos bienes por otros. Parecía que ese era el camino, porque por otro lado, Lenin había retomado de Marx y Engels la idea de que en el socialismo no existirían las relaciones mercantiles, a partir del nivel de desarrollo que podía lograr la sociedad.

En el Anti Duhring está presentado el tema de esa manera. Ciertamente, Marx y Engels hablaban de una transición en su contexto, en el mundo más desarrollado entonces bajo el capitalismo. Una transición simultánea al socialismo en tanto que posibilidad real se presentaba entonces como una meta lograble y es eso lo que da lugar a la Internacional y a los movimientos que avanzan en paralelo en los países europeos del mundo desarrollado en pos de una sociedad superior. Existía la idea de que se podía, efectivamente, transitar simultáneamente al socialismo en todo el sistema; y que dado el alto nivel de desarrollo alcanzado se podía prescindir del mercado en un plazo relativamente breve.

Esa idea se retoma en el contexto de la guerra civil que estalla en marzo de 1918 en Rusia y aparecen notables expresiones de idealismo como aquella que proclamaba la desaparición del dinero. Incluso esa tesis fue conceptualizada en el libro El ABC del comunismo, de Nicolás Bujarin y Eugenio Preobazhenski publicado en 1920.

Cuando termina la guerra civil a finales de 1920 desaparecen esas condiciones extraordinarias de sobrevivencia, se desmoviliza una enorme masa de campesinos del Ejército Rojo y hay que empezar a producir en condiciones normales. Lenin se da cuenta de que no es posible seguir utilizando los factores de movilización propios de situaciones extraordinarias y hay que tomar en cuenta las condiciones muy complejas de la reconstrucción de un país devastado por la guerra en la vida real.

La realidad indicaba claramente que con un ochenta por ciento de campesinos, esa población no podía cambiar su forma de actuar de un día para otro, por lo que había que utilizar otros mecanismos para que esas personas se sintieran estimuladas a producir. No valía decir solamente que las tierras les pertenecían a todos, y –en medio de un país amenazado por el hambre- en marzo de 1921 hubo que implantar la Nueva Política Económica, conocida como la NEP.

La NEP en su momento creó casi un cisma teórico, porque un año antes se había dicho que prácticamente estaban creadas las condiciones para transitar a una sociedad superior; y de pronto, en marzo de 1921, hay que volver al impuesto en especie, al pago en dinero, hay que estimular mercantilmente al campesino y hay que ir a un proceso de reconocimiento de la realidad de que Rusia –como país de muy bajo desarrollo- no podía ignorar la necesidad de desarrollar la producción mercantil para sobrevivir. Más allá de que esa experiencia traería otras consecuencias, Lenin siempre concibió la NEP como un proceso temporal, de transición, hasta tanto se crearan las condiciones para ir a la cooperación, primera fase de socialización de la producción, entendiendo como ese proceso de socialización, la producción directamente vinculada a las necesidades de la sociedad.

Las ideas de esa necesidad de avanzar en ese proceso Lenin las expuso en un artículo que se titula “Sobre la cooperación”, escrito en marzo de 1923, donde reclama que se tome en cuenta que la NEP no es el camino definitivo y que hay que ir estimulando la unión de las fuerzas productivas para que la población entienda que trabajando juntos se tiene más productividad mediante un proceso gradual de cooperación.

Todo este período inicial de construcción del socialismo en la Unión Soviética se da en circunstancias extraordinarias: la guerra civil lo fue en el orden militar, en el orden de la sobrevivencia; y también la NEP fue una circunstancia extraordinaria.

A partir de los resultados indudablemente positivos de la NEP cuando se recuperan en 1926 los niveles productivos de 1913, las cosas parecían marchar a un nuevo ritmo y se empieza a discutir ya cómo abordar la industrialización, es decir, una etapa superior de crecimiento para llegar al desarrollo.

Lamentablemente, la extensión en el tiempo de las circunstancias extraordinarias empezó a generar otro fenómeno y esto ocurre en una coyuntura en la que se incrementa la hostilidad de los países capitalistas contra el socialismo naciente. De este modo, entre 1920 y mediados de los años treinta las agresiones eran de todo tipo, probablemente de la misma intensidad de las que padeció Cuba en los primeros años del triunfo de la Revolución: agresiones militares, sabotajes, espionaje, aislamiento internacional, fenómenos exacerbados además por errores que inevitablemente se cometían en un proceso inédito en la creación de una sociedad de nuevo tipo. Y esto lógicamente hizo que lo que era una táctica para enfrentar condiciones extraordinarias, se convirtiera poco a poco en algo al parecer permanente y que comenzara a interpretarse lo extraordinario como un proceso normal de construcción socialista. De ahí que muchos años después el Che –que comprendió estos peligros- planteara que a la NEP no se le podía dar carácter de regularidad universal para la construcción del socialismo, sino que obedecía a las circunstancias concretas que enfrentó la URSS en esos años.

Puede decirse que a partir de la muerte de Lenin en enero de 1924, se empezaron a desarrollar medidas extraordinarias en un escenario que –en muchos aspectos- ya no correspondía con las necesidades del momento. Se empiezan a aplicar normas que –a la luz de lo que ocurrió posteriormente-, están en la base del fracaso del socialismo en la Unión Soviética, por ejemplo, la cooperativización forzosa, que alcanza su clímax entre 1929 y 1934. De aquella llamada de Lenin en 1923 a ir a la cooperación mediante la persuasión, el convencimiento, se pasa a un proceso mediante el cual simplemente la cooperación se impone. Se fue a la represión, supuestamente ante circunstancias extraordinarias, pero ya no eran las de la guerra o las de la NEP, sino que se empieza a extender la noción de lo extraordinario en el tiempo.

Por otro lado, Lenin, enfermo e incapacitado de ejercer la dirección del país en muy complejas circunstancias, fue consciente de los peligros que asechaban a la Revolución de Octubre. En su testamento político –documento conocido como la “Carta al Congreso”- advertía sobre el peligro de la escisión del partido como resultado de las divergencias entre José Stalin –sobre el que recomendara su democión del cargo que ocupaba por sus defectos de carácter y métodos arbitrarios de dirección- y Leon Trotsky. Ese peligro se materializaría rápidamente después de su muerte.

Comienza así a transitarse un camino que conduciría a la desnaturalización del consenso político indispensable en el socialismo. Ya Lenin se había visto forzado a limitar la participación democrática en 1921 cuando la sublevación de Kronstadt, etapa en la cual se eliminan las facciones dentro del Partido y la posibilidad de hacer oposición a líneas de dirección dentro de la organización, pero todo eso ocurre en medio del peligro de un cisma dentro del Partido que hubo que frenar.

Sin embargo, ya en 1923 las divergencias internas sobre cómo avanzar hacia la industrialización, lleva a que las posiciones de los trotskistas sean reprimidas en medio de un debate que podía considerarse legítimo. Posteriormente en la polémica entre Bujarin y Preobrazenski de 1926 sobre cómo conducir la industrialización, también ocurre ese fenómeno y el gran debate se cierra abruptamente en 1927 y desaparecen de la escena política los dos contrincantes. Preobazhenski pasa a ser una figura suspendida y Bujarin es separado de los cargos que tiene en 1929 y terminaría de director del periódico Pravda, una posición menor.

Estas graves violaciones de la democracia socialista alcanzarían su punto crítico en los fenómenos de represión que suceden a partir de 1936. Los cuatro procesos que hubo en aquellos años condujeron prácticamente a la eliminación física de la dirección del Ejército Rojo y de la dirección tradicional del Partido Bolchevique bajo cargos de traición que nunca pudieron ser realmente demostrados.

Estos hechos causarían un daño enorme a las ideas del socialismo en todo el mundo y se ubican también como otro antecedente del derrumbe del socialismo en Europa.

No obstante, en lo inmediato la causa del socialismo resistió y en su nombre los pueblos de la URSS vencieron en la II guerra mundial, aun a costa de enormes sacrificios y se logró reconstruir el país en muy pocos años.

Sin embargo, en el devenir de la postguerra los problemas económicos comenzaron a demandar soluciones efectivas a contradicciones que hasta ese momento no habían llegado a un punto crítico.

Un tema no resuelto en la práctica desde que se inició en el año 1917 la construcción efectiva del socialismo en Rusia, fue el de las relaciones mercado-planificación, o pudiéramos decir, libre juego de las fuerzas de desarrollo en la sociedad y desarrollo controlado, previsto, planificado; primero, porque hubo una gran incomprensión durante muchos años de la esencia de las relaciones monetario-mercantiles.

Igual que no se podía cambiar la mentalidad de quien había vivido siglos bajo la influencia del egoísmo capitalista, en la economía no cambian las estructuras de un día para otro y para lograr esa socialización efectiva hace falta un nivel de desarrollo elevado. Este es un proceso complicado, de largo plazo, que requiere un nivel de crecimiento de las fuerzas productivas que no se ha logrado hasta hoy.

En la misma medida en que no existe socialización suficiente, o lo que es lo mismo, la no correspondencia entre lo que hace toda la sociedad y lo que requiere, ¿qué espacio queda para concordar esos intereses que son a veces contrapuestos?: el mercado. El mercado existe así objetivamente, dado un determinado nivel de desarrollo de la sociedad, que no se cambia de inmediato por el hecho de nacionalizar los medios de producción.

La explicación de por qué subsistía el mercado en el socialismo no ha sido un proceso sencillo y aún hoy subsisten muchas interpretaciones erradas al respecto.

Una de las primeras explicaciones, las dio Preobazhenski en los años veinte, por lo menos es uno de los autores que habló más profundamente del tema. Según el existían relaciones de mercado porque existían distintas formas de propiedad: estatal, privada, cooperativa y esas relaciones de propiedad no tienen un punto de contacto común, por lo que es necesario el mercado para unirlas con su interrelación. Argumento relativamente razonable, pero dejaba afuera un gran problema: ¿por qué subsiste el mercado en el seno de la propiedad estatal? Es decir, por qué es necesario el dinero, el cálculo económico, la contabilidad, los créditos bajo una misma forma de propiedad social.

En el funcionamiento de la economía estatal eso no se lograba comprender, porque durante muchos años en los análisis no se iba a la base del asunto, que consistía en que el mercado existía aún antes de la propiedad privada, es decir, que podía existir el mercado y no haber propiedad privada propiamente dicha: tal es el caso de la producción mercantil simple, donde el propietario es el mismo productor.

En el transcurso de los años se añadió mayor complejidad al análisis producto de los intentos de justificar -sin una base lógicamente fundamentada- la presencia de las relaciones de mercado en el seno de la propiedad estatal.

Así en 1935 se institucionaliza el cálculo económico como una fórmula para dar raciocinio a la conducta de dirección económica de la sociedad, pero se cometió un gran error, ya que se dijo que el cálculo económico era formal y que nada de eso tenía contenido. Una categoría no existe sin contenido, y el cálculo económico tiene una base que es la existencia del mercado a partir de determinadas condiciones, pero eso nunca se explicó correctamente entonces.

Ya en 1951 -ante los problemas que confrontaba la URSS para avanzar en el crecimiento extensivo de la economía- se abrió de nuevo la discusión. Stalin – en su ensayo “Los problemas económicos del socialismo en la URSS”- vuelve a plantear que la presencia de las relaciones monetario-mercantiles se debía a distintas formas de propiedad, tesis muy similar a lo planteado por Preobrazenski muchos años atrás.

Esa explicación permaneció sin una solución científica, hasta los años sesenta. Es en los debates en torno a la reforma económica en la URSS que duraron de 1958 a 1965 que se empieza a profundizar en cómo es posible que exista el mercado si ha desaparecido como algo preponderante la propiedad privada.

Surgió entonces una explicación –basada en una relectura del tomo I de El Capital-, que los productores aislados entre sí no hallan formas de conectar sus intereses de modo común, diríamos, socializándolos. Tiene que haber un mecanismo de vínculo entre ellos, y ese mecanismo lo da el mercado. Por lo tanto es el aislamiento económico relativo aún en el seno de la propiedad social –que persiste unido a un bajo nivel de desarrollo relativo en la construcción del socialismo- el que provoca la existencia o la permanencia de relaciones mercantiles en el socialismo aunque no exista propiedad privada, pero esa explicación demoró sesenta años en llegar, lo que provocó un daño terrible a la teoría económica y a todo el funcionamiento del socialismo.

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