El odio no construye


plazadelarevolucionjosemarti25_thumbPor: Leticia Martínez Hernández/Cubahora

Me responde que Martí, más que camino, es  horizonte; que lo de hombre bueno y cubano honrado y orgulloso que pueda haber en él, a Martí se lo debe; que ha seguido la luz del Apóstol, con más o menos tino, desde hace treinta años…

El hombre que habla así se nombra Carlos Rodríguez Almaguer. Es historiador, hijo de maestros, natural de Manatí, estudioso de la obra martiana desde sus tiempos en la escuela secundaria en el campo más intrincado. Desde entonces “supe que Martí era algo más que un busto en la entrada de la escuela; que había sido un adolescente como éramos nosotros, había tenido problemas con sus padres y se había rebelado, como hacíamos nosotros y, al menos yo, creí que, quizá, podríamos llegar un día a ser como él”.

El próximo octubre mi entrevistado cumplirá cuarenta y cinco años. “Seré tres años más viejo de lo que era Martí cuando ascendió del caballo a la gloria en los campos de Dos Ríos. Hace tiempo supe que ser como él me era imposible, pero también descubrí que tratando de seguir su camino había hecho de mí una mejor persona”.

Así terminaba el cuestionario que le envié a través del correo electrónico a República Dominicana donde se encuentra trabajando. El motivo inicial fue conversar sobre el antimperialismo en Martí, que terminó convirtiéndose en solo un pretexto para volver sobre los pasos de un hombre que sigue siendo imprescindible para la nación cubana. Aquí están sus sentidas respuestas a Cubahora:

– ¿Qué rasgos prevalecieron en la intensísima campaña antimperialista desplegada por Martí durante toda su vida?

– En primer lugar la intransigencia frente al poder siempre atemorizante y avasallador del imperio, cualquiera que este fuera. Él mismo dejó escrito que el único modo de vencer al imperialismo en los pueblos mayores y al militarismo en los menores, era ser todos soldados. Todos los entendimientos son posibles entre un pueblo grande y uno pequeño, excepto el de ceder en aquello que se considera sagrado y que, a su juicio eran la soberanía y la independencia total, el respeto a todos sus derechos y la libertad de seguir siendo pueblo de sí, por sí, para sí y para la humanidad, pero desde la más autóctona idiosincrasia y la más ecuménica identidad. Era consciente de las fusiones culturales que nos habían forjado como pueblo, en su época todavía en pleno crisol; sin embargo, su patriotismo no degeneró jamás en nacionalismo mediocre y mucho menos en xenofobia criminal. En aquel infinito comprendedor humano no cabía ninguna clase de odio ni de fanatismo.

Otro aspecto de ese antimperialismo visceral de José Martí fue la necesidad de fomentar entre los hombres y mujeres que componían nuestra sociedad, el orgullo por lo que se es, sin menoscabo de la legítima y plausible admiración que se pudiera sentir por lo que fueran otros pueblos; pero consideraba imprescindible que se creara la conciencia de la propia valía, y de la capacidad de sobra demostrada por los cubanos en otras partes, fuera de la circunstancia colonial, para crear con sus propias manos un país independiente y una sociedad distinta. De ahí aquella frase suya sobre el vino de plátano… A causa del eterno vicio que observó en todas partes adonde lo llevaron su amor a Cuba y el respeto por su dignidad propia, pensó y trabajó para crear en su patria aquella que llamó República Moral.

Yo diría que este, el rasgo moral, es otro de los grandes componentes de su antimperialismo. Tanto en lo concerniente al ya decadente imperialismo español, en cuya capital había vivido, estudiado y defendido el derecho de Cuba a proclamarse república libre, como en el naciente imperialismo norteamericano, en una de cuyas principales ciudades, Nueva York, viviría durante quince años, la tercera parte de su vida, Martí pudo ver y entender la naturaleza corrupta y corruptora del sistema imperialista. Lo denunció tanto en España como en los Estados Unidos, y en ambos países alertó a sus pueblos procurando despertar aquellas fuerzas morales que podían oponerle resistencia, alegando que aquel desmadre de ambiciones, inhumanidad y odios negaba sus culturas, y atentaba contra los principios en que se habían forjado ambas naciones. Tenía fe en lo mejor del ser humano y esto no excluía, por supuesto, a las grandes figuras de ambos pueblos a los que dedicó muchos de sus más sentidos y aleccionadores escritos.

– ¿Era Martí antinorteamericano? ¿Encontró el Apóstol virtudes en el “monstruo”?

-Si bien fue uno de los grandes antimperialistas de su tiempo, Martí nunca fue antinorteamericano, como no fue jamás antiespañol. Esa condición equilibrada, propia como siempre de las grandes almas que huyen de los extremos y de los fanatismos vergonzosos que han terminado siendo a menudo tan criminales como el mal que pretenden destruir, le atrajo no pocos sinsabores. Pero aquel que predicó desde su propia cruz, en la más tierna adolescencia, que el odio podía caber en un cobarde azotador de presidio pero nunca en el corazón de un cubano, no se arredró ante las incomprensiones de la gente propia ni ante la calumnia de los enemigos de su causa.

Muchas fueron las virtudes que encontró Martí y que cantó y divulgó, sin regateos mezquinos, tanto en la madre España como en “la gran república del norte”.  Ahí están sus hermosos retratos literarios sobre los grandes norteamericanos, Emerson, Whitman, Lincoln, Wendell Phillips. No fue un hombre de extremos, de esos que ven y quieren hacer ver las cosas en blanco o negro. El Apóstol de la independencia cubana era un ser equilibrado, capaz de ver la luz sin necesidad de renegar de las manchas. Pero en esta dicotomía entre luces y sombras, comprendía y asumía aquellas sombras útiles, y solo se detenía a denunciar aquellas sombras que lastraban, cuando no destruían, la belleza total de la obra en conjunto…

En lo relativo a los imperios a los que se enfrentó, España y los Estados Unidos, Martí denunció sin tapujos los males de ambas naciones y ensalzó sin reservas las virtudes de sus pueblos. Con la singularidad de la palabra, marcó con la culpa la frente de sus reos y tejió merecida corona de laureles a sus grandes. Por eso tenemos que leer a Martí con lentes transparentes, con una sinceridad a prueba de pasiones, para no poner a nombre de su pluma inmaculada la mugre que solo puede existir en nuestros lentes.

– ¿Supone el actual proceso de normalización de relaciones con Estados Unidos dejar a un lado sentimientos enraizados como el antimperialismo?

– Creo que mientras exista un imperio, la más raigal eticidad humana obliga a ser antimperialistas a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que deseen a sus pueblos un destino seguro digno, próspero y tranquilo.; porque la propia naturaleza del imperio, más allá de sus representantes ocasionales, lo inducirá a actuar siempre contra todo lo que desafíe o no se someta, de una manera u otra, a su voluntad.

El restablecimiento de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos es un suceso histórico innegable que hay que aplaudir sin temores. La manera en que cada uno ha adelantado el proceso creo que ha sido bastante clara. Cada parte ha expuesto sin medias tintas sus motivaciones y sus objetivos. Ojalá siempre hubiera sido así. Pero hemos llegado hasta acá y eso es lo importante. Podrán hacerse los análisis que quieran hacerse, y como siempre las brasas estarán más cerca de las sardinas de aquellos que las mueven, pero los seres humanos honestos saben cómo se llegó aquí. Los imperios no negocian sino con aquellos a quienes han aprendido a respetar. Y digo aprendido con toda intención. Ningún imperio en la historia ha sido capaz de “conceder” respeto. Aquellos que han logrado ser respetados han tenido que sudar sangre.

Sin embargo, vuelvo a Martí, y también pudiéramos referirnos a Antonio Maceo y Máximo Gómez, quienes pelearon frente a los soldados colonialistas españoles y desearon siempre  que llegara el momento para darles la mano “en la mañana feliz de la concordia”. Ya dijimos que el odio no construye, que todo lo que pretenda levantarse sobre él se vendrá más temprano que tarde a tierra. El mismo Martí, refiriéndose al vil asesinato de los estudiantes de Medicina en La Habana, dijo ante los emigrados que lo escucharon en el Liceo Cubano de Tampa aquella noche inolvidable del 27 de noviembre de 1891, que no podíamos seguir como el chacal en la jaula, dándole vueltas al odio.

– ¿Por qué fue tan citado Martí en las palabras que Obama pronunció en Cuba? 

– Pienso que a estas alturas del desarrollo de la nación cubana, de su fortalecimiento como conjunto social, con una historia y una identidad que se ha ido acrisolando en medio de presiones por parte de poderes ante los cuales ha debido acelerar a conciencia su fragua, no hay quien no sepa, en nuestro mundo globalizado e intercomunicado como jamás lo estuvo antes, que entre los nombres sagrados ante cuya sola invocación un cubano, cualquiera que sea su origen o pensamiento, esté donde esté, abre su corazón sin el menor reparo, está José Martí. El mundo sabe de sobra que quien respete a Martí tiene el respeto de todos los cubanos y quien lo quiera tendrá su cariño. Él es “el santo y seña de los corazones” que él mismo anunció en uno de sus discursos patrióticos. No porque fuera un santo ni porque lo creamos tal, sino porque supo ser un hombre bueno en toda la dimensión de la palabra. No en balde Gabriela Mistral lo llamó “el hombre más puro de la raza”.

El presidente Obama es un hombre de gran instrucción y de vasta cultura. Un orador que sabe mover multitudes en estos tiempos en que la palabra ha caído en descrédito, por lo mismo que dijera Martí, “porque los débiles, los vanos y los ambiciosos han abusado de ella”. Nunca se le escaparía, ni a él ni a su equipo, el hecho cierto de que en Cuba y para los cubanos Martí viene siendo una suerte de “ábrete sésamo” que penetra nuestras corazas y pone al descubierto de inmediato el inmenso tesoro de nobleza, alegría de vivir y solidaridad humana que ha acumulado en su duro bregar el pueblo de Cuba. Ninguna de las frases fue gratuita. La inmensa mina que encierra el oro del pensamiento martiano estará siempre expuesta a que orfebres distintos en naturaleza y condición, empleen ese oro en forjar coronas para el honrado o puñales para el asesino.

Algunos han pretendido que el carismático representante del imperio citara las frases antimperialistas del Apóstol cubano. No se le pueden pedir peras al olmo. Aún más, ya abiertos y conscientes del nuevo escenario con idénticos propósitos en este pulso histórico de la dignidad contra la soberbia, nadie puede negar que el presidente de los Estados Unidos cumplió su cometido y lo hizo bien, e hicieron bien de igual modo quienes honradamente lo aplaudieron porque, aun para una puesta en escena, es necesaria, aunque sea pasajera, cierta dosis de sinceridad.

– En tiempos en que se  nos convida a dejar la historia atrás y teniendo por sentado que Martí es parte esencial de nuestro devenir, ¿olvidarlo es una opción?

– El pueblo que olvida su historia irremediablemente se suicida. Sea el cubano o cualquier otro. La historia es para un pueblo como la raíces para un árbol. “Cuando no sepas a dónde vas, vuélvete a ver de dónde vienes”, dice un refrán. Y conociendo la historia no solo sabremos de dónde venimos sino también hacia dónde no podríamos nunca volver. Acaso quiso significar el presidente Obama dejar atrás el odio, o la historia de odio, sobre todo, quizás también se refería a los últimos cincuenta años. Aún para concederle el beneficio de la duda, deberíamos decir que estas tormentas que azotaron ambas orillas del Estrecho de la Florida en el último medio siglo, son fruto engendrado por vientos que se vienen sembrando desde el Norte a lo largo de casi dos siglos de intentos encubiertos algunos, aviesos otros, descarados todos, de apropiarse del espacio geográfico de Cuba con la condición de no cargar con el peso de sus habitantes.

Olvidar a Martí será una opción solo en el caso hipotético en el que los cubanos quisiéramos olvidarnos de Cuba. Y esto no es metáfora, es literal. Es imposible no pensar en Cuba cuando en cualquier parte del mundo uno ve una imagen, lee un texto o escucha de la persona más insospechada la cita de una frase de José Martí. Él resume lo mejor de lo que hemos querido ser como pueblo y como seres humanos, y es inspiración cotidiana gracias a su ecumenismo que jamás excluyó idea alguna que contribuyera a mejorar al hombre. Él nos enorgullece en todas partes. En su nombre se nos abren las puertas, las arcas y las almas de las buenas personas en los lugares menos esperados.

– En los nuevos tiempos que vive la nación, ¿seguirá siendo Martí el camino?

– Martí, más que el camino, yo diría que es nuestro horizonte, visto este desde la perspectiva del inolvidable Eduardo Galeano. Tratando de acercarnos a un modo de vivir conforme a su prédica, si bien no hemos llegado todavía, sí podemos decir que hemos crecido más, desde que lo asumimos, que en los siglos de oscuridad que precedieron a la luz de su ejemplo. En los tiempos que vive la nación Martí es imprescindible. Ningún marinero en medio de la tormenta tuvo mejor brújula. Tal pareciera que existió para alumbrarnos en los días oscuros en que el pueblo que amó más que a su propia vida atraviesa momentos de peligros, acechanzas o incertidumbres. Así ha sido en los últimos cien años. Así será otra vez.

Hay que recordar siempre al Martí total, no solo al político de los estremecedores discursos, o al poeta que hacía rendir de amores a una hermosa o castigar con su palabra a un sinvergüenza; sino al Martí humano, hijo, padre, hermano, amigo. Y asumirlo en toda su verdad, no solo en la leyenda, para saber qué hacer en cada caso, si cultivar la rosa blanca o colgarnos al cinto el machete mambí, porque no hay que olvidar jamás que aquel poeta, aquel humanista convencido de que por amor a su país organizó una guerra, armó a los hombres, sentenció a muerte a los traidores, perdonó a los tibios, abrazó a los valientes y murió Apóstol, Maestro, Delegado y Mayor General, frente a las balas españolas, de cara al sol en la manigua, dejó claro que “todo estado social, ya paz, ya guerra, es un combate; es un soldado todo ciudadano, y el que no sepa combatir no es ciudadano”. Y el combate de Cuba por seguir siendo libre, independiente, soberana y próspera no ha terminado aún.

Las estrategias se mantienen, pero han cambiado las tácticas. Plan contra plan—diría Martí—porque sin plan de resistencia no se puede vencer un plan de ataque. Una vez establecidos los objetivos, proclamadas las reglas y elegido el nuevo campo de la liza, hay que adecuarse a ello y procurar seguir venciendo en las nuevas circunstancias. Hay que pulir mejor las armas del juicio, que vencen a las otras, y reforzar las trincheras de ideas.

Martí sigue siendo camino y horizonte para llegar a fundar esa república moral con todos y para el bien de todos los que no acepten nunca una Cuba humillada. Es bálsamo amoroso para los dolores de ese nuevo parto que habremos de enfrentar en los días por venir. Es el antídoto contra la mediocridad propia, el egoísmo ajeno y el odio empedernido que seguirán tocando a nuestras puertas para ver si les dejamos paso franco a que destrocen el país que no quieren porque no lo conocen ni les duele.

– ¿Qué consideraciones tiene sobre el estudio de la obra y vida de Martí en Cuba?

Creo que se ha hecho mucho. Y en gran medida, por eso que se ha hecho es que estamos todavía de pie y podemos ser testigos de estos tiempos. Pero como en toda labor de educación intelectual y espiritual, cada generación obliga a reiniciar la obra y cada época conlleva buscar nuevos códigos para comunicar con ellos ese mensaje múltiple que es la espiritualidad singularísima de José Martí.

También considero que, en ocasiones, hemos hecho casi de Martí un fetiche. Eso ha provocado cierto rechazo a su estudio, no a su figura ni a su mensaje siempre aceptado por sus valores intrínsecos, cuyo atractivo no depende de método alguno sino de su vigencia y buen sentido. Suele pasar que a mucha gente le gusta más citarlo que leerlo y se arman de un Martí de pirotecnia lanzando frases a diestra y siniestra aunque la frase niegue en sí misma el proceder de aquel que la pronuncia.

Pero el mejor promotor de Martí es él mismo. Sin saturaciones. Abrir en la escuela el apetito por su obra y no empachar de exámenes el ánimo que podría luego asumirlo sin más obligación que la de la gratitud y el cariño.

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