Las elecciones y el pueblo norteamericano


Captura de pantalla 2016-02-01 a las 9Por: Jesús Arboleya/ Progreso Semanal

No se debe subestimar la importancia de las elecciones en Estados Unidos. A pesar de limitaciones, imperfecciones y adulteraciones han sido tan funcionales al sistema, que bajo ninguna circunstancia han dejado de efectuarse.

La mejor prueba de su eficacia es que en la única ocasión que este método de participación política no sirvió para atenuar las contradicciones presentes en la sociedad, se produjo la guerra civil más cruenta de la historia del país.

Toda una industria, mirada en términos relativos entre las más lucrativas del mundo, se moviliza en cada convocatoria eleccionaria para promover aspirantes e incluso los observadores externos no dejamos de sentirnos abrumados por la cantidad de encuestas, análisis y comentarios de todo tipo que rodean estos eventos.

Los candidatos constituyen el foco de atención principal y desde la vestimenta hasta la manera de mirar, pasando por el escrutinio de sus vidas privadas, se convierten en titulares de los órganos informativos de todo el mundo. No obstante, el análisis a fondo de la actitud de los votantes y sus causas, quizá por ser un tópico menos sensacionalista, pasa a un segundo plano y constituye un tema casi exclusivo de los analistas más especializados.

Se supone que el pueblo es el principal actor en las elecciones norteamericanas y de hecho lo es, ya que en última instancia de su voto depende la elección de las personas que asumirán la dirección del país y supuestamente el programa que regirá la actuación del gobierno en los próximos años.

Acceder al voto no siempre fue un derecho de todos. Negros, indígenas, asiáticos, mujeres y otros grupos sociales fueron excluidos durante más de un siglo –la mitad de la vida de la nación– y aún en la actualidad no puede hablarse de un sistema universal igualitario, por lo que las minorías continúan siendo discriminadas mediante procedimientos legales y extralegales.

Para votar con propiedad se requiere de una cultura política y según Zbigniew Brzezinski, considerado uno de los “intelectuales orgánicos” por excelencia del sistema, el pueblo norteamericano es tan ignorante políticamente que no es capaz de escapar a la demagogia de los candidatos de turno, por lo que lo decisivo en las contiendas electorales son los intereses de los grandes grupos de poder, que en definitiva escogen las alternativas puestas en disputa.

En los actuales comicios tal realidad debiera ser más evidente que nunca, toda vez que una serie de interpretaciones legislativas han liberado de manera casi absoluta las contribuciones de los grandes donantes y se calcula que apenas unas cien personas pudieran determinar el resultado de las elecciones si, como de costumbre, es el dinero disponible el factor decisivo en los comicios.

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Los candidatos de las presidenciales 2016 en unas de sus presentaciones en el debate público en la televisión

Sin embargo, el sorprendente avance de las candidaturas de Donald Trump, por los republicanos, y Bernie Sanders, por los demócratas, han puesto en duda esta lógica, al menos en los inicios de la contienda electoral.

La mayor parte de los especialistas han achacado este fenómeno al rechazo de los electores al establishment que rige el país. En parte tienen razón, pero este rechazo no es nuevo, ha sido bastante común que los políticos se disfracen de “independientes” para ganar el respaldo de los votantes y ello no ha impedido que los candidatos elegidos por el gran capital sean los vencedores en los comicios.

Tampoco esta afirmación explica la naturaleza y el alcance de este rechazo, así como sus causas. Creo que estamos en presencia de un fenómeno de polarización ideológica que trasciende el marco electoral, incluso la crítica al funcionamiento de las instituciones gubernamentales, para abarcar todos los aspectos de la vida de la sociedad.

Ya el partido demócrata y el republicano no se parecen tanto como en el pasado y, al menos en sus extremos, reflejan no solo las contradicciones dentro de los grupos de poder, sino las visiones contradictorias del propio pueblo norteamericano frente a los problemas que acontecen en el país. La gente está exigiendo una clara definición del mensaje y la credibilidad del compromiso del mensajero con su contenido.

Es por ello que la candidatura de Marco Rubio, un político solo imagen, se desinfla por sus indefiniciones, mientras que Trump o Sanders se fortalecen mediante la defensa de agendas tan dispares que coquetean con el fascismo y la socialdemocracia, para indicarnos que tales posiciones no son tan exóticas como se creía, sino que están muy presentes en el debate ideológico norteamericano.

Está por verse hasta dónde esta lógica prevalecerá en el resultado de las elecciones. El sistema cuenta con extraordinarios recursos mediáticos y se gastan miles de millones de dólares para impedir que así sea, pero cualquiera que sea el resultado, estamos en presencia de una afectación sustancial del consenso nacional, indispensable para la estabilidad del régimen.

Para bien o para mal, es un fenómeno que indica un grado de desarrollo de la conciencia política popular, lo cual constituye la novedad más importante de los actuales comicios.

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