El reto de las ciencias sociales en la Cuba de hoy (Segunda Parte)


fdro martinezPor: Fernando Martínez Heredia/Cubadebate

(Intervención en el espacio Dialogar, dialogar, de la Asociación Hermanos Saíz, dedicado al tema del título. Pabellón Cuba, 30 de septiembre de 2015)

Sin dudas hay numerosos logros parciales en las ciencias sociales en la Cuba actual, aunque también hay ausencias y deficiencias, algunas de ellas graves. Pero hasta hoy han sido las necesidades y los problemas del país, y las políticas de nuestro sistema, quienes han decidido en el pensamiento y las ciencias sociales, y no el mercado. Ese no es un hecho afortunado: es una hermosa conquista obtenida por la revolución socialista cubana, que, como otras expresadas o no en leyes, con el tiempo se volvieron costumbres. Debemos estar muy atentos, porque si es necesario habrá que enfrentar resueltamente el auge tremendo que ha tenido el economicismo, para evitar que a partir de criterios de rentabilidad, organización y otros se malentiendan los planteos generales de los Lineamientos del Sexto Congreso del PCC que aluden a nuestro ámbito, como son la “utilización efectiva de los recursos de que se dispone” y “generar nuevas fuentes de ingresos”. Es inadmisible someter a las ciencias sociales a normas y requisitos que las desnaturalicen y tiendan a convertir sus productos en mercancías, sus usuarios en clientes y su política en gestión de negocios.

Como en toda sociedad que se encuentra en transición socialista, las actividades intelectuales están envueltas en Cuba en una dialéctica entre la política y el mercado. Eso no las diferencia en nada de la economía, que se encuentra en el mismo caso, ni de otros aspectos de la vida social –no todos– que también están en la misma situación. Dado que la acción socialista tiene un carácter intencional y ejerce presión sobre la reproducción esperable de las relaciones sociales, debe existir una mediación muy importante entre las actividades intelectuales y el poder socialista: la dimensión política. Ella debe modificar, dentro de lo posible, aquella reproducción esperable, al mismo tiempo que introduce recursos, orientaciones, instituciones, libertades, medidas, motivaciones, facilidades, normas, para que el conjunto de la actividad cumpla el papel fundamental que tiene para el desarrollo del socialismo.

Me parece necesario y urgente conectar lo más íntimamente que podamos las aproximaciones puntuales y las generales a la coyuntura crucial que estamos viviendo. Las capacidades intelectuales de una gran parte de los cubanos son realmente altas, y el nivel de conciencia política nacional es posiblemente único a escala mundial. Por consiguiente, las cuestiones fundamentales podrían ventilarse con una notable participación de los instrumentos y los productos del conocimiento social, y ese sería un factor sumamente positivo para diálogos reales, intercambios enriquecedores, garantía del mantenimiento de valores imprescindibles, y búsquedas y hallazgos de las mejores soluciones. Y uno de los aspectos más importantes de esa asunción y utilización del conocimiento social es poner a disposición de la población una información de calidad, pertinencia y diversidad suficientes.

No me animo a creer que sería lo más conveniente pretender una organicidad en las ciencias sociales cubanas, cuando su desarrollo es todavía insuficiente. En ese marco, la heterogeneidad resulta positiva si ofrece datos, pistas y productos valiosos, que no se pedirían por no saber que existen o no sentir aún la necesidad de demandarlos. Aportes o sugerencias, nuevos asuntos, instrumentos y métodos, buenas preguntas, rechazos fructíferos, serán siempre saldos favorables.

Está claro que las ciencias sociales tienen ante sí el desafío de adquirir relevancia y aumentar su peso en la sociedad. Para que eso suceda es indispensable allanar obstáculos, pero lo decisivo será dedicarse a investigar cuestiones fundamentales y tener y exponer criterios sobre ellas, socializar de todas las maneras posibles, con audacia y responsabilidad. Demostrar que no son un adorno ni una actividad tolerada.

La coyuntura contiene profundas contradicciones y es exigente, y el futuro próximo lo será aún más. El establecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos abre un período de largas negociaciones, pero la otra parte ya se ha lanzado a una combinación de comenzar nexos y negocios entre ambos países con un sistemático programa de penetración cultural. Su política tiene el decidido objetivo de liquidar la sociedad que construimos a partir de 1959 y disminuir la soberanía nacional, un fin que cuenta con medios y factores muy poderosos. La biotecnología cubana puede obtener arroz de Arkansas, sin duda. Pero, ante la ofensiva cultural norteamericana, ¿dónde está nuestra biotecnología social, cómo actuará? ¿Cuánta claridad tenemos hoy de las contradicciones y los peligros de utilizar medios, aumentar relaciones e influencias y sujetarse a lenguajes que portan condicionamientos muy férreos en cuanto a su contenido y su orientación?

Es imprescindible una política decidida y enérgica de fortalecimiento de este campo, que asigne o utilice más recursos humanos calificados y conscientes, exalte y divulgue el valor del pensamiento y las ciencias sociales y estimule el pensamiento crítico socialista. La riqueza mayor que tiene Cuba está en las personas que ha formado y forma. Si recuperamos la memoria de las actuaciones maravillosas de este pueblo y el conocimiento de los cambios y avances colosales que conquistó con su Revolución, y somos consecuentes, podemos desnudar la ofensiva norteamericana, y derrotarla.

Cuba se pone una vez más en movimiento, y los científicos sociales tenemos deberes grandes ante nosotros. Es hora de que los más experimentados compartan sin reservas con los más jóvenes, de enseñar a pensar y a ser culturalmente adultos, de conducir en cuanto sea necesario y alegrarse de que los jóvenes aprendan a conducirse por sí mismos y no nos pidan consejo, porque ellos tendrán que llegar a conducir el país. Hay que lograr que el pensamiento y las ciencias sociales se pongan a la altura de lo que la sociedad espera de ellos.

La tarea es grande. Por ejemplo, desde hace mucho tiempo no existe un pensamiento estructurado que opere como fundamentación del socialismo en Cuba. El predominio del economicismo ha asumido el complejo de cambios sociales, económicos y del mundo ideal que están en curso con un pragmatismo muy descarnado. No se debate sobre economía política, porque no se invoca ninguna. Mientras, lo que se juega es cómo será en el futuro el socialismo en Cuba, o incluso si continuará o no, pero ese crudo pragmatismo es una incitación a no pensar ni investigar, a esperar resultados positivos desde la ideología de que la economía es la locomotora y la guía de la sociedad, o a consumir las consignas burguesas de que siempre hubo ricos y pobres y de que las vidas y las tribulaciones de los seres humanos se explican por su capacidad individual de tener éxito o fracasar.

Necesitamos espacios crecientes de libertad del pensamiento y las ciencias sociales, que se basen al menos en estos seis rasgos: ser funcional a nuestra sociedad en transición socialista; satisfacer a la vez necesidades de las capacidades e iniciativas individuales y de las instituciones especializadas; guiarse por propósitos de obtener y generalizar instrumentos para identificar, investigar o divulgar las realidades sociales de todo tipo; responder al nivel de conocimiento de materias sociales del conjunto de la población y participar en su desarrollo; ser una forma más de ayudar a la progresiva conversión del poder en un poder popular; y lo mismo en cuanto al desarrollo de personas más plenas.

El pensamiento y el debate son para la sociedad en transición socialista como el aire que respira para el individuo.

Urge un pensamiento social que sea idóneo para analizar en toda su complejidad la situación actual y las tendencias que pugnan en ella, los instrumentos, las estrategias y tácticas, el rumbo a seguir y el proyecto. Y que contribuya al único modo en que en última instancia es posible el socialismo: el despliegue de sus fuerzas propias y sus potencialidades, y la capacidad dialéctica de revolucionarse a sí mismo una y otra vez.

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