La mejor maestra


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Por: Waldo Barrera Martínez
Hay personas que marcan profundamente nuestras vidas, y la evocación de su presencia nos lleva a revivir bellos e inolvidables momentos.
Hace algunos días comentaba mi esposa en una de nuestras conversaciones un relato leído en cierto libro, cuyo título, sin embargo, no lograba recordar. Tanto la motivó en su momento que decidió transcribirlo en un cuaderno y a fuerza de releerlo tantas veces llegó a aprenderlo casi de memoria. Mayelín tiene el maravilloso don de saber contar historias, sus vivencias de la infancia y el presente, de imprimirles color y sentimiento. Cuando hablaba, repetía cada palabra y frase del texto, lo pude comprobar anoche cuando me mostró sus apuntes.
Desconozco si es real o ficticia la narración; tampoco el nombre de su autor. Rogando disculpas a este por reproducirla sin su consentimiento, me limito a copiar textualmente el manuscrito.

El primer día de clases, la profesora López, maestra de 5to grado de primaria, le dijo a sus nuevos alumnos que a todos los quería por igual; pero eso era mentira, porque en la fila de adelante se encontraba hundido en su asiento Pedro González, a quien la profesora López conocía desde el año anterior y había observado que él era un niño que no jugaba con los otros niños, que su ropa estaba desaliñada y constantemente necesitaba un baño. Con el paso del tiempo, la relación entre la profesora y Pedro se volvió desagradable, a tal punto que esta sentía mucho gusto al marcar su tarea con grandes tachaduras en color rojo.

Un día la escuela le pidió a la Sra. López revisar el expediente anterior de cada alumno de su clase, y ella puso el de Pedro al final; sin embargo, cuando revisó su archivo, se llevó una gran sorpresa.
La maestra de 1er grado, escribió: Pedro es un niño brillante, con una sonrisa espontánea; hace sus deberes limpiamente y tiene buenos modales, es un deleite tenerlo cerca.

Su maestra de 2do grado, escribió: Pedro es un excelente alumno, apreciado por sus compañeros, pero tiene problemas debido a que su madre tiene una enfermedad incurable y su vida en casa debe ser una constante lucha.

Su maestra de 3er grado, escribió: La muerte de su madre ha sido dura para él. Trató de hacer su máximo esfuerzo pero su padre no muestra mucho interés y su vida en casa le afectará pronto si no se toman algunas acciones.

Su maestra de 4to grado, escribió: Pedro es descuidado y no muestra mucho interés en la escuela, no tiene muchos amigos y en ocasiones se duerme en clase.

En ese momento la Sra. López se dio cuenta del problema y se sintió apenada. Se sintió todavía peor cuando al llegar Navidad; todos sus alumnos le llevaron su regalo, envueltos cada uno de ellos en papel brillante y preciosos listones, excepto el de Pedro. Su regalo estaba torpemente envuelto en el pesado papel café que tomó de una bolsa del mercado. Algunos niños comenzaron a reír cuando ella encontró dentro de ese papel un brazalete de piedra al que le faltaban algunas y la cuarta parte de un frasco de perfume. Pero ella minimizó las risas de los niños cuando exclamó: ¡Qué brazalete tan bonito! poniéndoselo y rociando un poco de perfume en su muñeca.

Pedro González se quedó ese día después de clase solo para decir: “Señora López, usted olió como mi madre solía hacerlo.

Después que los niños se fueron, ella lloró por lo menos una hora.
Desde ese día renunció a enseñar solo lectura, escritura y aritmética. En su lugar comenzó a enseñar valores, sentimientos y principios a los niños. La señora López le tomó especial atención a Pedro a medida que su mente parecía volver a la vida. Mientras más lo motivaba, más rápido respondía. Al final del año, Pedro se había convertido en uno de los niños más listos de la clase, y a pesar de su mentira de que ella quería a todos los niños por igual, Pedro se volvió uno de sus consentidos.

Un año después, encontró una nota de Pedro debajo de la puerta del salón, diciendo que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida. Pasaron seis años antes de que recibiera otra nota de Pedro. Él entonces le escribía que ya había terminado la preparatoria; había obtenido el tercer lugar en su clase y que ella todavía era la mejor maestra que había tenido en su vida.

Cuatro años después, recibió otra carta diciéndole que sin importar que en ocasiones las cosas hubieran estado duras, él había permanecido en la escuela y pronto se graduaría en la universidad con los máximos honores. Le aseguró a la Sra. López que ella era aún la mejor maestra que él había tenido en toda su vida.

Luego pasaron otros cuatro años y llegó otra carta. Esta vez le explicó que después de haber recibido su título universitario, él decidió ir un poco más allá, y le volvió a reiterar que ella era aún la mejor maestra que él había tenido en la vida. Solo que ahora su nombre era más largo: la carta estaba firmada por el Dr. Pedro González MSc.

El tiempo siguió su marcha y en una carta posterior, Pedro le decía que había conocido una chica y se iba a casar. Le explicó que su padre había muerto hacía dos años. Le preguntó si accedía a sentarse en el lugar que normalmente está reservado para la mamá del novio; por supuesto que ella accedió. Para el día de la boda, usó aquel brazalete con varias piedras faltantes y se aseguró de usar el mismo perfume que le regaló Pedro aquella Navidad.

Ellos se abrazaron y el Dr. González susurró al oído de la Sra. López: “Gracias Sra. López por creer en mí; muchas gracias por hacerme sentir importante y por enseñarme que yo podía hacer la diferencia”.

La Sra. López, con lágrimas en los ojos, le susurró de vuelta diciéndole: “Pedro, tú estás equivocado; tú fuiste el que me enseñó que yo podía hacer la diferencia. No sabía cómo enseñar hasta que te conocí”.
La experiencia que tenemos a lo largo de nuestras vidas (gratas y desagradables), marcan lo que somos en la actualidad. No juzgue a las personas sin saber qué hay detrás de ellas. Dales siempre una oportunidad de cambiar tú vida.

Confieso a los lectores que también tuve una profesora como la de esta conmovedora historia. Por azares del destino, poco tiempo después de concluir los estudios en la Facultad Obrero Campesina, donde alcancé el 12 grado con excelentes resultados, gracias ante todo a sus empeños y desvelos, a mediados de los 90, en los más duros años del Período Especial, en una pequeña escuela del poblado de la Salud, en Bejucal, actual provincia de Mayabeque, nuestras vidas se separaron y nunca más supe de ella. Había emigrado, según tengo entendido a Estados Unidos, poco antes con su esposo.

No me fue posible entonces revelarle que quizá sin pretenderlo, había marcado profundamente mi futuro, que mi realización profesional, convicciones y principios revolucionarios serían también resultado de su inolvidable magisterio. Ella me descubrió a Martí en toda su inmensa grandeza, despertó las ansias de conocer, investigar, superarme. Su nombre es Odalis: donde quiera que se encuentre, estas líneas van dedicadas especialmente a ella.

La historia que comparto con Uds., va especialmente dedicada asimismo a todos los educadores cubanos en su día, próximo a celebrarse. Cada uno de ustedes puede marcar la diferencia y ser también, sin lugar a dudas ¡EL MEJOR MAESTRO!

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