El proceso de transformaciones económicas en Cuba y el FMI (I)


FMI_SedePor: José Luis Rodríguez/Cubacontemporánea

El pasado 29 de octubre un despacho de la agencia Notimex informaba lo siguiente: “El Fondo Monetario Internacional (FMI) dijo hoy que no existen conversaciones por ahora con las autoridades de Cuba en torno al eventual reingreso de la nación caribeña al órgano multilateral que abandonó medio siglo atrás”.

Según el reporte, al ser cuestionado al respecto, el vocero de la institución, Jerry Rice, dijo que “no hay discusiones con Cuba sobre membresía que yo sepa”, evitando, sin embargo, abundar sobre una posibilidad a la que el Fondo se declaró ya abierto.

David Lipton, subdirector gerente del FMI, declaró el mes pasado que la institución está “abierta” al retorno de Cuba, aunque dejó en claro que La Habana no ha dado indicios de estar interesada en ello. Recordó que aunque en años recientes el FMI ha agregado a un gran número de países, “Cuba no ha mostrado interés para solicitarlo”.

Ya en 2011 el académico Richard Feinberg, de Brookings Institution, hizo un análisis sobre la factibilidad del reingreso de Cuba a las instituciones financieras internacionales tratando de extrapolar a nuestro país las experiencias de Nicaragua y Vietnam en ese sentido.

La idea de que Cuba puede mostrarse interesada en reingresar al FMI -del que se retiró en 1964- se ha estado alimentando también de forma creciente como parte del proceso de normalización de las relaciones con Estados Unidos iniciado el pasado 17 de diciembre. De este modo, un estudio del Atlantic Council publicado en julio de este año se refirió nuevamente al tema, ponderando los supuestos beneficios que traería para Cuba el reingreso a las instituciones financieras internacionales, tema sobre el que volveré más adelante.2

Ante estas propuestas, ¿cómo se entendería el reingreso a las instituciones financieras internacionales en el proceso de transformaciones socialistas de la economía cubana?

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El restablecimeinto de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos abre un nuevo escenario entre las dos naciones.

Oficialmente, el FMI se define como “una organización integrada por 184 países, que trabaja para promover la cooperación monetaria mundial, asegurar la estabilidad financiera, facilitar el comercio internacional, promover un alto nivel de empleo y crecimiento económico sustentable y reducir la pobreza”.

Si esa afirmación estuviera respaldada por los hechos, el papel desempeñado por el FMI a lo largo de su historia, no sería tan cuestionada la definición que de sí misma da la organización, creada según los acuerdos de la Conferencia de Bretton Woods en 1944, a partir de la cual se rediseñó el sistema monetario-financiero internacional para asegurar la hegemonía de Estados Unidos.

No hay más que examinar los criterios de condicionalidad que impone el Fondo para brindar recursos financieros a un país, para comprender cómo los mismos se dirigen a controlar la economía de los prestatarios a los efectos no solo de asegurar que se devuelvan los préstamos, sino sobre todo que las políticas económicas y sociales que se apliquen sean funcionales al desarrollo del capitalismo a escala planetaria a través de los conocidos “programas de ajuste” que se ponen en práctica rigurosamente.

Es cierto que estos programas no se han aplicado por igual en todas partes. Sin embargo, la experiencia de países de Europa Oriental que ingresaron al FMI en su etapa socialista, como fue el caso de Yugoslavia, Hungría y Rumanía, mostró desde entonces las nefastas consecuencias de esa decisión. En el caso de Rumanía, el país se vio compelido a renegociar su deuda externa en condiciones que llevaron a pagar 22 000 millones de dólares en solo siete años, a costa de la reducción de los gastos sociales, el encarecimiento acelerado del costo de la vida y enormes sacrificios de su población.

Posteriormente, el derrumbe del socialismo en Europa abrió una etapa de transición al capitalismo neoliberal, donde la asesoría del FMI fue una constante y donde las consecuencias de semejante proceso aún no han sido superadas hoy en muchos casos.

Es así que, contrario a lo que proclama en sus objetivos el FMI, la aplicación de programas de ajuste y saneamiento financiero en estos países condujo a la paradójica situación de que la deuda externa -que en 1989 se estimaba en 101 838 millones de dólares- pasara a ser de un billón 211 mil millones de dólares a mediados de 2014, para un incremento de casi 12 veces en 25 años, todo ello con altos costos sociales.

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