El Papa y las contradicciones de la sociedad norteamericana


Pope Francis addresses a joint meeting of Congress on Capitol Hill in Washington, Thursday, Sept. 24, 2015, making history as the first pontiff to do so. (AP Photo/Pablo Martinez Monsivais)Por: Jesús Arboleya/Progreso Semanal

El descarte social establece los límites de la democracia de EE.UU.

Recién ha concluido la visita del Papa Francisco a Estados Unidos y, al igual que ocurrió en Cuba, lo acompañaron multitudes que quedaron impresionadas con su carisma, su humildad y su inteligencia.

Sobre todo, ha impactado la naturaleza de su mensaje, transformador de las posiciones tradicionales de la Iglesia en los últimos años y polémico respecto al debate de los temas más importantes del mundo contemporáneo.

Mucho se ha hablado al respecto y personas muy calificadas han analizado sus atributos, por tanto, en este comentario, quisiera más bien referirme a algunos de los factores objetivos que, desde mi punto de vista, explican las contradicciones del mensaje papal con la realidad de Estados Unidos, especialmente con los sectores conservadores, que tanta fuerza tienen en la vida política y el pensamiento social de ese país.

El primer objetivo del Papa, como corresponde a su posición, fue transmitir su mensaje pastoral a una feligresía que abarca a un tercio de la población norteamericana y constituye la cuarta más grande del mundo. Es, además, una de las estructuras eclesiales católicas más ricas del planeta y uno de los principales sostenes económicos del propio Vaticano.

Para el primer Papa jesuita, comprometido con difundir lo que considera las esencias de la doctrina social de su iglesia, resolver los cismas ideológicos y funcionales que la afectan, así como superar los escándalos éticos y financieros que han puesto en entredicho el prestigio moral y la capacidad de convocatoria de la institución, su misión en Estados Unidos no resultaba nada fácil, toda vez que a estos problemas habría que sumar la propia polarización de la sociedad norteamericana y el conflicto de su prédica igualitaria con los valores que rigen “el sueño americano”.

Se trata, por demás, de una institución extraordinariamente heterogénea, con feligreses que abarcan desde la más rancia oligarquía hasta los sectores más pobres de la población, estableciendo diferencias dentro del propio cuerpo sacerdotal, las monjas y los fieles. Como ocurre en otras partes, enfrentar el conservadurismo y el elitismo del episcopado norteamericano, constituye un problema que probablemente continuará siendo fuente de conflictos de cara al futuro.

En temas como el aborto y los derechos reproductivos de las mujeres; el control de la natalidad y el uso de anticonceptivos; el rechazo al matrimonio igualitario; incluso en algunas visiones tradicionalistas del papel de la familia en la sociedad, el Papa se colocó al lado de los sectores más conservadores de la Iglesia católica y sociedad estadounidense.

Sin embargo, su llamado a la tolerancia para enfrentar estas y otras diferencias, así como su posición muy progresista respecto a otros asuntos, lo distancia de los grupos fundamentalistas de la extrema derecha, que han llegado a calificarlo como “el hombre más peligroso de la Tierra”.

Su llamado a una “ecología social”, que proteja al hombre y la naturaleza, y sus críticas a un sistema económico que, según sus palabras, pone en peligro la existencia de la especie humana y el ambiente, así como su llamado al “respeto integral” a los derechos humanos y la obligación de los gobernantes de garantizar al menos “techo, trabajo y tierra” para todas las personas, constituyen anatemas para los conservadores norteamericanos y contradice criterios muy extendidos en esa sociedad.

El Papa Francisco se presentó ante el Congreso de Estados Unidos como un latinoamericano hijo de inmigrantes, recordando a todos los legisladores que ellos también eran descendientes de inmigrantes y debían “tratar a los demás como ellos esperan que los traten”, lo que fue un espaldarazo para la reforma migratoria propuesta por Obama, pero originó la inmediata oposición de sus contrarios.

No fue una sorpresa que Donald Trump y otros representantes de la derecha republicana se expresaran en contra del Papa, pero lo complicado para Francisco es que esta posición es compartida por buena parte del pueblo norteamericano, incorporando una dimensión social y cultural a este problema, que no es ajena a la arquitectura económica e ideológica del país.

Lo que explica el racismo y la xenofobia en Estados Unidos respecto a los inmigrantes y otros grupos sociales, un fenómeno que históricamente ha convertido a los discriminados en discriminadores, no es una propensión malsana, sino factores económicos que el sistema traduce en temores respecto a oportunidades de empleo y ascenso social, en el marco de la competitividad humana que constituye la lógica del sistema.

Por eso, los políticos, tanto conservadores como los liberales, no son elegidos para servir a los más necesitados, como dijo el Papa en el Congreso, sino a aquellos sectores que garantizan su elección. El “descarte social”, tantas veces mencionado por el Papa, no solo incluye a los mendigos, discapacitados e indocumentados, sino que establece los límites de la “democracia americana” para buena parte de la población, como se refleja en el grado de participación y representación política de los diversos grupos sociales.

Por otra parte, toda vez que los ricos proporcionalmente no asumen el costo impositivo fundamental para el funcionamiento del Estado, para el ciudadano común “la ayuda al prójimo”, preconizada por el Papa, se traduce en una carga económica adicional a la que generalmente no se siente obligado, debido a la ideología individualista que rige el ideal norteamericano. En esto consiste uno de los debates fundamentales de la vida política norteamericana y explica la fuerza del conservadurismo en la conducta social.

El mensaje del Papa también confrontó con visiones muy extendidas en Estados Unidos respecto al papel de ese país en el mundo. Implícitamente calificó de “falsos derechos” los criterios que avalan la “excepcionalidad” norteamericana y el “destino manifiesto” y abogó en la ONU por la participación equitativa de todos los estados y la “limitación del poder”, como base indispensable para la fraternidad humana.

También, entre otras cosas, criticó la “colonización ideológica”, tan presente en el discurso y el actuar norteamericano; la actuación usurera de los organismos financieros internacionales; así como calificó a la guerra como “la negación de todos los derechos y una dramática agresión al medio ambiente”, abogando por el desarme mundial, especialmente las armas atómicas.

Aunque tales presupuestos no pueden ser achacados solamente a los conservadores, mucho menos a las afiliaciones partidistas, el Papa, al involucrarse en los temas que hoy día reflejan las posiciones doctrinales y prácticas de la política exterior de Estados Unidos, sin duda ha brindado un respaldo apreciable al presidente Obama.

Así se infiere de su alusión a las “consecuencias negativas de las intervenciones políticas y militares no coordinadas entre los miembros de la comunidad internacional”, una clara crítica al unilateralismo y el militarismo de los neoconservadores; su respaldo a las negociaciones con Irán y su beneplácito al restablecimiento de relaciones con Cuba, a lo cual contribuyó con su propia gestión.

Los voceros de la extrema derecha norteamericana tienen razón al considerarlo un hombre muy peligroso. El peligro estriba en el propio mensaje cristiano, al menos como lo concibe el Papa Francisco, y en su capacidad para mostrarnos su esencia humanista y terrenal, al margen de las creencias religiosas que tenga cada cual.

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