Y con el Paquete, por fin, ¿qué va a pasar?


paquete2Por: Juan Antonio García Borrero/Blog Cine Cubano

Una estudiante de Brown University, en Providence, acaba de enviarme un correo electrónico: quiere consultarme sobre nuestro paquete, pues está dedicando parte de su tiempo a investigar ese fenómeno. Es bueno que al menos desde el extranjero exploren este asunto que, entre nosotros, sigue resultando intrascendente en términos epistemológicos.

El año pasado, por estas mismas fechas, un reducido grupo de personas nos encontrábamos ocupados organizando lo que, finalmente, sería el Primer Foro sobre el Consumo Audiovisual en Cuba. El encuentro se derivó de las inquietudes planteadas por varios intelectuales en el Congreso de la UNEAC celebrado en el mes de mayo de ese mismo año: dada la diferencia de criterios y posiciones, era entendible organizar ese tipo de encuentro donde, sin prejuicios, se examinara el fenómeno, se llegara a un diagnóstico confiable, y se emprendiera el diseño de una agenda práctica que permitiría que, al menos en teoría, los cubanos pudiésemos asumir con naturalidad la llegada de estas nuevas maneras de producir y consumir cultura. Y las instituciones culturales, tal vez con la UNEAC a la cabeza, pudieran contribuir a un uso verdaderamente creativo de estos nuevos escenarios. Casi un año más tarde, y luego de intensísimos debates, tendríamos derecho a preguntar con la estudiante de la Universidad norteamericana: ¿qué pasó entonces con el paquete?, o mejor aún, ¿qué ha pasado con las políticas públicas que a estas alturas deberían ocuparse del asunto?

Institucionalmente no ha pasado nada, por lo que podría evocarse el conocido bolero, y cantar con voz gangosa que “el cuartico está igualito”. En cambio, los escenarios en que la gente sigue consumiendo el paquete, más diferentes no pueden ser. Para empezar, desde el 17 de diciembre del año anterior, Cuba y los Estados Unidos iniciaron oficialmente un proceso de deshielo político que subvierte de modo radical el sentido de la antigua relación entre ambos países: donde antes había diferendo abierto, enfrentamiento ríspido, ahora habrá que leer intercambio, interacción, no exenta de conflictos y tensiones, pero “civilizada”. Lo cual implicará, tarde o temprano, la entrada en vigor de las leyes que protegen las propiedades intelectuales de los contenidos del paquete.

Si lo miramos desde la perspectiva de los individuos, al menos en teoría podría decirse que los cubanos son cada vez más libres de elegir lo que quieren consumir audiovisualmente. Pero eso es apenas en teoría, pues lo paradójico está en que en la misma medida en que se enriquece ese módulo de opciones, las elecciones individuales se hacen cada vez más parecidas: todo el mundo ve lo que hay que ver y escuchar, que es lo que hegemónicamente ya ha sido establecido.

En este sentido, las nuevas tecnologías y el paquete lo único que han seguido incrementando es una sensación de libertad que en el fondo no es tal, porque responde a los intereses de quienes diseñan ese sistema de dispositivos y canales. De cualquier manera, entre esa libertad imperfecta que el individuo tiene la responsabilidad de emancipar por completo, y el consumo impuesto por quienes, con toda y su buena voluntad, ejercen la violencia simbólica al establecer pautas colectivas, siempre será preferible la primera.

Que el Estado se muestre indiferente ante lo que sucede en estos lares, es buena noticia tomando en cuenta que durante medio siglo, la opción de ver y escuchar ha estado monopolizada por ese grupo de funcionarios que hablan del bien común desde su perspectiva más estrecha y humana. Sin embargo, toda ganancia implica pérdidas, y lo real es que esa libertad conquistada por el individuo estaría en peligro de perderse, de no existir escenarios que estimulen el ejercicio de la misma: necesitamos políticas públicas que además de garantizar el acceso a los contenidos, fomenten el consumo creativo.

¿Llegará la vanguardia intelectual en Cuba a entender que hoy la producción y el consumo cultural andan por caminos bastante distanciados de esos que nosotros, los intelectuales, creíamos institucionalizados para siempre? No lo sé, y cuando hablo de estos asuntos intento no olvidar la recomendación de Horacio: “Quid sit futurum cras fuge guarere (No trates de indagar lo que pasará mañana)”.

Aquí el riesgo del pronóstico no estaría solamente en el carácter fundamentalmente político que ha tenido en Cuba el uso de las nuevas tecnologías, sino en lo impredecible y voraginosa que resulta la evolución misma de esas tecnologías, lo cual impide que tengamos, como en décadas anteriores, ideas confiables de lo que puede pasar con el consumo audiovisual en los próximos, ya no cinco años, sino cinco días.

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