Lo que vives cuando te mudas para La Habana


personaslahabanaefe_134457.jpgPor: Rouslyn Navia Jordán/Desde Cuba

Confieso que a la capital acudí casi contra mi voluntad, y solo porque la carrera universitaria que elegí se estudiaba solo allí por aquella época. Y así, con apenas dieciocho años, me encontré de pronto arrancada de mi ciudad de espumas y silencios, y arrojada en medio de una urbe que se me antojaba demasiado grande, bulliciosa, compleja y sobrepoblada. Sin amigos ni familiares a quienes acudir en caso de urgencia, me sentía más sola y sin sentido que un comején viviendo en un trozo de acero.

Nunca me encandiló La Habana del modo en que a tantos otros. Sí, es una ciudad hermosa incluso con sus edificios al borde del colapso definitivo, con su malecón jamás desierto, con sus excesos, sus carencias, su incapacidad para dormirse ni siquiera en las más frías madrugadas. Y descubrí que de algún modo la quiero, aunque estoy consciente de que jamás será mía del mismo modo en que tampoco yo podré entregármele en cuerpo y alma.

También descubrí, con pesar, que por alguna extraña e inexplicable deformación La Habana actúa como una especie de agujero negro que atrae todo hacia sí para no permitirle escapar. De manera que se ha convertido no solo en la capital política del país, sino también en la cultural, económica, social y deportiva de la Isla. No en balde los flujos migratorios internos la colocan como meta principal.

Aunque resistí la tentación por algunos años, también yo terminé por “emigrar” a la mítica Habana por motivos profesionales, como tantos otros antes de mi. Y ahora se libra en mi pecho la batalla común a todo emigrante por conservar sus raíces e identidad, a la vez que intenta adaptarse al nuevo entorno.

Y ¿qué significa llevar colgado al cuello el cartelito de “provinciano” en la capital de todos los cubanos?

Pues, para empezar, quiere decir que tendrás que disfrutar o sufrir en la más absoluta soledad las derrotas de tu equipo de béisbol, sin importar que los demás se burlen de ti. Jamás te atreverías a cambiar el color de tu camiseta, sería como traicionarte a ti mismo y, de todos modos, a estas alturas de la vida no lograrías sentirte identificado con la selección azul.

Te molestará el hecho de necesitar más de una hora para moverte de un lugar a otro de la ciudad…cosa que en tu pueblo no requería más de 15 minutos.

Significa, además, que en lo adelante habrá un huequito del corazón habitado por la nostalgia hacia el terruño natal. Y que buscarás ansiosamente esos lugares familiares cuando en la televisión transmitan un reportaje sobre tu localidad. Cuando den el parte meteorológico en el noticiero, no solo te fijarás en el clima de tu ciudad actual, sino que querrás también estar al tanto de si por fin lloverá en la que siempre llamarás “tu casa”. Y quizás hasta a veces te confundas diciendo “aquí” en lugar de “allá”, olvidando que estás acá y no allí. ¿Se entiende?

No habrá manera de convencerte de que vienes del campo, no importa cuanto insistan los capitalinos en repetirte en tono de burla y superioridad que “La ciudad es La Habana y el resto área verde”. No lograrás tampoco convencerlos de que la tuya también es una urbe, sin importar su tamaño o cantidad de habitantes.

Te dolerá hasta el infinito no poder sintonizar la emisora radial provincial  que acompañó tu infancia, y la ausencia en los estanquillos del periódico que comprabas una vez por semana.

Saltarás de alegría cuando encuentres a un coterráneo por la calle, no importa si nunca antes le habías dirigido la palabra, bastará con que su rostro te sitúe en un contexto familiar para querer sentarte a conversar un rato y ponerte al día con los noticias locales, esas a las que obviamente ya no tienes acceso porque no resultan cuestiones de interés para la política informativa nacional.

Cometerás de vez en cuando alguna “guajirada” como por ejemplo, perderte cuando intentas llegar a la Terminal de Ómnibus porque te distrajiste mirando vidrieras por la calle Monte, en lugar de tomar por Reina, como era tu intención…y te asustarás cuando, de improviso, te encuentres en Cuatro Caminos sin tener ni idea de por qué no llegaste a Carlos III como pretendías.

Te negarás firmemente a tomarte una foto frente al Capitolio, porque quieres evitar los clichés; en cambio buscarás cualquier pretexto para sentarte algunas noches en el malecón, al que un bromista llamó el banco más largo del mundo, solo para disfrutar sentirte como uno más de los habituales.

Si vives en La Habana Vieja, escuchar el cañonazo de las 9 será, por mucho tiempo, algo que no dejará de impresionarte, y cuando sientas el ¡Boom! mirarás el reloj para comprobar si está en hora.

Si te preguntan una dirección al caminar por la calle, harás todo lo posible por responder satisfactoriamente, porque no querrás que “te desenmascaren”.

Querrás, inútilmente, conocer la capital como la palma de tu mano, igual que a tu ciudad anterior. Solo que esta será una tarea colosal, y quizás termines por conformarte con saber llegar de la casa al trabajo y a algunos puntos de interés bien definidos. Irás luego, por necesidades emergentes, ampliando tu radio de acción, y poco a poco te aprenderás las rutas de los ómnibus que más empleas…pero nunca podrás saberlo todo de esta ciudad, y no deberás sentirte frustrado por ello, pues hay un secreto que eventualmente descubrirás: los que nacieron en ella atraviesan en la misma situación.

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