Cuba y los Estados Unidos: ¿normalidad posible?


cuba-banderas-soberania-685x342Por: Luis Toledo Sande/Cubarte

Procuraré no repetir más de lo imprescindible lo que dije en tres textos ya publicados acerca del mismo tema. Uno, “Cuba y los Estados Unidos, otra etapa”, lo escribí el 20 de diciembre de 2014 y pronto apareció en Cubadebate; los otros dos, difundidos en Cubarte, surgieron de la intervención que preparé para la cita del 21 de enero de 2015, dedicada a José Martí, del espacio Dialogar, dialogar: “Con José Martí: raíces y luz” y “Con José Martí: para que la victoria siga siendo victoria”. Pero agradecería que, de hallar público lector, las respuestas que ahora doy al cuestionario de Cubarte se leyeran como continuación de aquellos textos, que circularon no solo en los sitios mencionados.

1. ¿Cuáles son a su juicio las principales influencias de la cultura estadounidense en la cultura cubana? ¿Podemos hablar de influencias positivas y negativas? ¿Considera Ud. que existen algunas influencias en sentido inverso, o sea, de nuestra cultura en la sociedad estadounidense?

Apunto apenas descriptivamente, sin insistir en ejemplos concretos de la realidad esbozada, elementos de un tema que no puede tratarse a fondo en pocas líneas. Frutos del proceso de conquistas y colonizaciones desatado o fortalecido en la estela de 1492 —con derivaciones que no acaban—, ambos países son relativamente jóvenes en la heterogénea familia mundial, y la juventud tiene ímpetus y límites en el desarrollo de las cualidades. Con hechos como el exterminio o el apartheid de los pueblos aborígenes, y el saqueo territorial de más de la mitad de México, a partir de las Trece Colonias británicas de Norte América se formó una potencia pluriestadual conformada como una sola nación, que en la herencia de su metrópoli y madre putativa, Inglaterra, asumió como rasgo medular un “mesianismo” conquistador de signo puritano y conocidas consecuencias.

Esas características se conjugaron con el pragmatismo, que se da por nacido en la nación norteña, es el cuerpo ideológico propio del sistema capitalista, llega a nuestros días y continúa su marcha en secuelas y realidades como el llamado neoliberalismo. Y no se agota en el ámbito de su origen: el expansionismo capitalista, y los caminos de la colonización, han propiciado que penetre en otros territorios. Puede infiltrarse hasta en intentos de enfrentar aquel modo de producción y de pensamiento, que está en crisis pero guarda reservas para una larga supervivencia y un fuerte y nocivo influjo ideológico y cultural.

En la que José Martí llamó nuestra América mestiza —que, a pesar de esfuerzos unificadores como el representado por Simón Bolívar, se fraccionó en varios países— crecieron pueblos hostigados por potencias extranjeras, primero europeas, y luego, hasta hoy, la que se formó en el norte del propio continente americano. No por gusto el propio Martí la definió como América europea o Roma americana. Pero la independencia alcanzada por esa sección de América —una sección que ha pretendido y en gran manera logrado usurpar hasta el topónimo y los gentilicios continentales—, generó ilusiones y para muchos convirtió a esa nación en presunto paradigma, toda una fuente de espejismos.

La historia de Cuba, para centrarnos en este pedazo de nuestra América, ha evidenciado cómo hasta en sus luchas independentistas se colaron esos espejismos, un hecho visible incluso en la historia de nuestras banderas, no solo la de López, “saneada por la muerte”, como escribió Martí. Manos e ideas anexionistas, con una complejidad de intenciones cuya valoración requeriría espacio y matices que no caben en estas notas, intervinieron también en otros símbolos. En general, habría que ver hasta qué punto ese cuadro de juventud (o explicable inmadurez) y de ilusiones se vincula con un rasgo que algunos consideran fatalmente afincado entre nosotros: el embullo, que puede ser una fuerza motora fértil, pero también un estímulo para valoraciones y decisiones precipitadas.

Nada niega que la cultura de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños, Cuba entre ellos, haya influido en la nación norteña. Citemos no más del discurso del presidente Barack Obama el 17 de diciembre pasado, parte de los argumentos con que, desde su perspectiva, sustentó la validez de restablecer las relaciones diplomáticas entre ambas naciones y revertir el abismo construido en más de cinco décadas: “año tras año, una barrera ideológica y económica se ha ido fortaleciendo entre nuestros dos países.  Entretanto, la comunidad de exiliados cubanos en los Estados Unidos hacía enormes aportes a nuestro país en la política, los negocios, la cultura y los deportes”.

Es lo que ocurre en un país que se ve o se presenta como la tierra prometida y que, a regañadientes o como sea, recibe multitudes de inmigrantes. Pero ese país se yergue como potencia dominadora, y no es seguro que conozca de veras, ni en lo elemental —más allá de citarlo a conveniencia parcialmente—, el legado de uno de los grandes revolucionarios “estadounidenses” del siglo XIX: el José Martí que vivió casi la totalidad de sus quince años finales en los Estados Unidos y elogió las que consideraba “las virtudes fundamentales del Norte, las virtudes del trabajo personal y del método”. Las estimaba aprovechables por nuestros pueblos si no se sofocaba en ellos “el amor reverente” reclamado por el país natal, en el que no podrían aplicarse “con éxito las virtudes si se le hubiese perdido a la tierra nativa el conocimiento y el amor”. Ese fue el Martí que criticó a fondo los males de la sociedad estadounidense, se identificó con los grandes disidentes de aquel sistema y se propuso levantar en Cuba una revolución que frenara las pretensiones expansionistas del poderoso vecino.

De lograrlas, como en gran parte ocurrió, ese vecino rompería crecientemente al servicio de sus intereses imperiales el equilibrio del mundo, y estaría en mejores condiciones no solo para agredir a otros países, a otros pueblos. También lo estaría —y así lo denunció Martí— para burlarse del suyo propio y usarlo como a una “mula mansa y bellaca”, manejable al servicio de las estratagemas políticas desplegadas por las fuerzas dominantes de la nación.

Con tal desequilibrio entre sus recursos más poderosos, los Estados Unidos han influido en el mundo, y mucho de lo que hoy circula y se impone en los medios de comunicación masiva lleva factura estadounidense, o le rinde tributo de sumisión a ese modelo. No creamos que semejante cosa ocurre únicamente lejos de nuestros lindes nacionales. Puede franquearlos de diversos modos, pues el imperialismo lo es precisamente porque se ha expandido no solo en política y en economía, sino también en modelos culturales. Así como en siglos anteriores al imperio romano lo sobrevivió el uso del latín como lingua franca, en la actualidad ese papel lo desempeña el inglés, y no precisamente como homenaje a pueblos “menores”, ni a creadores extraordinarios como William Shakespeare y Mark Twain.

Ello sucede como un logro del imperio que se expresa en esa lengua, y la impone, o se le acepta, como impone o se le acepta su moneda, el dólar, y como impone guerras homicidas en tantos “oscuros rincones del planeta”, incluso capitalizando el inmoral otorgamiento de un Premio Nobel de la Paz. Ni el nacionalismo revolucionario fortalecido en Cuba como respuesta a la agresividad imperial —expresada en acciones armadas y en un férreo bloqueo económico, comercial y financiero— ha impedido que, en medio de una Revolución antimperialista por definición y por necesidad vital, como la nuestra, hayan prosperado entre otras maravillas los photoservices y los snack bars, y el lenguaje monetario gire en torno al dólar. En nuestros aeropuertos y billetes aéreos, incluso para viajes domésticos, la capital del país se llama Havana, algo que nadie atribuirá a la grafía de ese topónimo en siglos pasados.

En nuestros medios de comunicación pululan el cine estadounidense, no precisamente el mejor, y productos audiovisuales marcados por lo que se promueve desde aquel país. Al imperio le convendría que, aunque un día se levantara completamente el bloqueo, Cuba se viera libre de pagar impuestos por el uso de sus mercaderías audiovisuales.  Las ganancias económicas que la potencia recibiría de ese pago no se sería mayor que los beneficios ideológicos que le representa la circulación en Cuba de dichos productos. Percatarse de esa realidad, y señalarla claramente, no debe confundirse con desatar prohibiciones. Lo que se necesita es desarrollar un espíritu crítico iluminado y profundo, y desarrollar al máximo la creatividad propia.

cuba_EU2. ¿Qué preocupaciones sobre la cultura cubana, a la luz del cambio en cuanto a las relaciones entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, considera relevantes? ¿Cuál sería el peligro mayor?

De nuestra idiosincrasia parece hablar una frase que se atribuye a Máximo Gómez: o no llegamos o nos pasamos. En algunas mentes puede prosperar el olvido de lo que para nuestra patria, para nuestro pueblo, ha significado el imperio, y sigue significando. El propio presidente de los Estados Unidos se ha encargado de decir sin ambages que con respecto a Cuba esa potencia procurará lograr con la normalización de relaciones lo que no pudo conseguir a base de hostilidad y de imponerle un aislamiento que acabó actuando contra el imperio mismo.

Eso, repítase, lo dijo el presidente de los Estados Unidos, no el gobierno cubano. ¿Lo dijo para que sus partidarios se convenzan de lo conveniente del cambio de táctica? Eso no cambiaría el peso de realidad que hay en sus palabras, ni mermaría el hecho de que está dando voz a la política distintiva del imperio que él representa en la cima del poder político, un imperio que también acude a guerras cuando lo estima conveniente para sus intereses. No se habla con esto de una realidad pasada: sin hacer el juego a las fuerzas interesadas en fomentar el olvido de la historia, se habla de un presente que se perfila en marcha de permanencia hacia el futuro.

La cultura revolucionaria cubana es fuerte, y se ha fraguado en una larga y heroica resistencia. Pero no desconozcamos el efecto que el hostigamiento imperialista ha causado sobre gran parte de la población, un impacto que no sería menos peligroso porque “solamente” se manifestara en una especie de desmovilización política, de aceptación de símbolos de la nación donde el imperio tiene asentamiento central y estado mayor para sus operaciones. Quien conozca de veras nuestras calles sabrá que no es exagerado hablar de una Cuba inundada en gran parte por banderas de los Estados Unidos, que deben verse formando parte de la inundación de recursos y vías por donde se hace rendir culto el denominado American way of life.

Todo eso cabalga sobre los efectos del bloqueo, y sobre una dosis nada despreciable de pérdida de la memoria. Anécdotas hay muchas para calzar lo dicho, y aquí va una reciente. En un ómnibus, personas con la humildad material impresa en su apariencia, hasta en su manera de expresarse, vociferaban sobre lo bien que vivían antes de la Revolución, sobre la cantidad de comida que compraban para sus hogares, sobre el hartazgo constante en que vivían, porque con poco dinero se adquirían montones de cosas y, al parecer, el dinero no faltaba. Para quienes así hablaban, ¿habría analfabetos en Cuba cuando triunfó la Revolución, habría niños que morían por falta de atención médica elemental? Podrían hacerse más preguntas, pero esas dos tienen bastante peso.

Yo estaba lejos de aquellos entusiastas contertulios, pero me tocó descender del ómnibus, en la popular Esquina de Tejas, junto con un pasajero cuyo ostensible mestizaje permitía suponer la discriminación que había sufrido desde los primeros años de su vida, y en quien se apreciaba la impronta de un déficit de proteínas que debía venirle de la infancia. Por su edad, tal carencia debió fijársele por lo menos a lo largo de unos quince años antes de 1959. Y le pregunté: “Por favor, usted que ha vivido más que yo, y que recordará más cosas que las que yo recuerdo, ¿podría explicarme cómo es posible que en Cuba triunfara una Revolución proclamada en defensa de los pobres, si no había pobres?” El hombre pensó antes de responderme: “Sí, había pobres”, y tras una corta pausa añadió con mayor énfasis: “Pero no tanto como ahora”. Omito mi respuesta.

3. ¿Qué papel juega el histórico antimperialismo de los cubanos en este proceso?

Es engañoso hacer generalizaciones metafísicas. Todo pueblo es heterogéneo, y lo componen fuerzas diversas. Es obvio que entre la vanguardia, la masa común y la retaguardia —para no hablar de otras parcelaciones posibles— existen diferencias relevantes. Pero Cuba ha sobrevivido como nación porque la vanguardia antimperialista de su pueblo tuvo el respaldo de una masa que, con mayor o menor grado de conciencia —de claridad teórica, digamos—, apoyó un pensamiento y una acción antimperialistas que se expresaron en la lucha librada para mantener la independencia y la soberanía de la patria. El parteaguas que representó el 1 de enero de 1959 no se habría afianzado sin un pueblo mayoritariamente identificado con la política de reivindicaciones nacionales que se plasmó en la nacionalización de grandes propiedades cubanas hasta entonces en poder de monopolios estadounidenses. Frente a cada una de esas expropiaciones revolucionarias se hizo célebre la respuesta del pueblo: “¡Se llamaba!”

Hoy vivimos en un mundo donde el anticomunismo que estaba en pie, dentro de Cuba, en 1959, ha dado paso a otras prédicas como la del antiterrorismo, que mal esconde la voluntad de satanizar todo cuanto huela a rebeldía de pueblos, a lucha por la defensa de los derechos nacionales, a rebelión de los oprimidos. Hay una guerra cultural tan fuerte como la más fría y como la más caliente. Dos ejemplos: las invasiones de Irak y de Libia por fuerzas de la OTAN, del imperio, pueden presentarse como actos democratizadores, mientras que el iraquí y el libio que se rebelen contra el opresor extranjero son tildados de criminales terroristas.

En el lenguaje del imperio, no terrorista puede equivaler a desmovilizado, tanto en política como en ideología, y en cultura. Lucha de león contra mono, y con el mono amarrado, o anestesiado. De ahí lo estimulante que resulta el replanteo geopolítico desatado en nuestra América, y que pudiera resumirse en realidades como el ALBA y la CELAC. Pero frente a ellas el imperio y sus servidores no cesan de actuar para revertirlas, como ostensiblemente se aprecia en operaciones contra la Venezuela bolivariana, el Ecuador de la Revolución Ciudadana y la Bolivia del Movimiento al Socialismo, para citar tres ejemplos contundentes.

En tal contexto se dan los pasos hacia la normalización de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba. Si por razones protocolares y diplomáticas pudiera decirse que ambos países deben aprender a convivir civilizadamente, en el fondo ético de la visión de la realidad no debe haber dudas de a quién le toca suspender la agresividad y levantar el bloqueo. Hasta donde sabemos, Cuba no ha bloqueado a los Estados Unidos, ni ha lanzado una invasión armada contra esa potencia. Si se vio envuelta en la Crisis de Octubre, que desde otros lares llaman también de los Cohetes, o de los Misiles, fue por el acecho que le impuso el imperio.

4. ¿El impacto cultural que conlleva el incremento de las relaciones entre ambos países debe dejarse a la espontaneidad? ¿Cuál debería ser el papel de las instituciones culturales cubanas en la  conducción de ese proceso?

La primera de esas preguntas me sobrecoge. Quiero creer que a nadie se le ha ocurrido suponer que los Estados Unidos dejarán el asunto a la marcha espontánea de lo imprevisible. Para sus fines cuentan con grandes recursos mediáticos, poderío económico, fuerzas de penetración cultural, negocios de armamentos y guerras, equipos humanos y tecnológicos para investigaciones sociológicas, tanques pensantes bien pagados. Recordemos, una vez más, los pronunciamientos de su presidente con respecto a por qué a esa nación le conviene más cambiar de política hacia Cuba que mantener aquella con la cual durante más de medio siglo no ha conseguido sus propósitos.

Si no los ha conseguido se debe, en primer lugar, a la capacidad de resistencia de Cuba. Pero no perdamos de vista lo que en términos militares representa el ablandamiento artillero, y para qué se lleva a cabo. El bloqueo, abominables actos terroristas y acciones armadas —ante la invitación a olvidar la historia, ¿será necesario repetir aquello de Remember Girón?—, han constituido un ablandamiento artillero de más de cinco décadas. Claro que la abierta hostilidad suscita rechazo del agredido contra el agresor, hasta paranoia colectiva puede generar; pero hechos como el bloqueo tienen mediaciones más sutiles que las bombas.

Por otra parte, la justa insistencia cubana sobre los daños que el bloqueo le ha causado a este país, puede no solamente haber ocultado otras causas de nuestros problemas —dígase la burocracia, la ineficiencia y la corrupción internas—, sino que también pudiera suscitar la ilusión de que, una vez levantado el bloqueo, todos los problemas se resolverán milagrosamente. Habría, o hay ya, quienes vean como salvador de Cuba al mismo imperio que ha intentado asfixiarla. De hecho, esa visión agruparía en un mismo bando a ingenuos y a mercenarios.

La cultura de un pueblo es mucho más abarcadora que lo gremialmente llamado cultura. Pero aun ciñéndonos a las que formalmente clasifican como instituciones culturales, las cubanas deben fortalecer su trabajo, valga la redundancia, cultural, que también es una labor política en el sentido más profundo de la palabra, y requiere persuasión profunda, sabia, irreductible al facilismo de las prohibiciones y a la manipulación política torpe. Se requiere desarrollar un espíritu crítico activo y lúcido, de sólida base cultural, valga la insistencia. Que un artista cubano, en medio de un gran despliegue de exposiciones en Cuba, se permita poner las imágenes de los dos gobernantes, el de Cuba y el de los Estados Unidos, vinculados —repito: en Cuba— con esta frase en inglés, My new friend, pudiera por lo menos movilizar el pensamiento y suscitar que en la prensa apareciera un debate sobre el tema. El silencio puede ser un eficaz recurso crítico, pero no siempre vale dar la callada por respuesta, sobre todo cuando lo que se ha dicho tiene graves implicaciones.

Otro punto inquietante, y que mucho alegraría al imperio, sería que, en su sobrecogedora disciplina, y en nombre de la razón de Estado, la prensa cubana fuera impulsada a silenciar lo que deba decir o continuar diciendo sobre los Estados Unidos y sus gobernantes, aun en medio de la normalización de relaciones entre los dos países, y de relaciones diplomáticas ya normalizadas. Los medios de prensa cubanos que existen no pueden verse impedidos de dar cabida a lo que deba decirse de una potencia que sigue haciendo guerras en el mundo, y que sigue hostigando a países con los cuales tiene relaciones diplomáticas, como Rusia, y como la Venezuela bolivariana, para no ir más lejos.

Es de suponer y de desear que no ocurra; pero si los medios existentes se vieran impedidos de cumplir esa función, entonces el país tendría que apurarse en crear los requeridos para que, en manos y con mentes de riesgopropistas patriotas, den el espacio necesario para que la conciencia crítica se exprese con responsabilidad revolucionaria, sin cortapisas, sin el excesivo sentido de conveniencia y oportunidad que a veces ha menguado a nuestra prensa. Preciso, para mayor claridad: ha menguado a nuestra prensa, no solo ni fundamentalmente a periodistas llevados a seguir líneas informativas erráticas, contra cuya tenacidad han sido insuficientes los llamamientos y las resoluciones formales que la dirección revolucionaria del país ha adoptado para transformarlas. Sería muy bueno que estas preocupaciones se vieran anuladas por una realidad fértil, pero ni tantito así debemos andar desprevenidos en temas de tanta significación.

josé-martí-640x3605. El Consejo Nacional de la UNEAC aprobó la creación de un Grupo de trabajo que dará seguimiento a este tema. ¿Cuáles serán los objetivos y funciones del mismo?

El grupo de trabajo creado por acuerdo del Consejo Nacional de la UNEAC no debe ser una polea suelta, un elemento aislado, un electrón saltarín. Y la UNEAC, por muy lúcida y combativa que siga siendo, no tiene en sus manos la mayor responsabilidad en este asunto, aunque la que tiene es enorme. El Grupo, y en general la UNEAC, sus integrantes revolucionarios y patriotas, deberán fomentar cuantas acciones se necesiten para estimular que el conjunto de nuestras instituciones culturales —que, por cierto, no todas, ni siquiera las más influyentes, están adscritas al Ministerio de Cultura ni son controlables por la UNEAC— cumplan su labor persuasiva en el cuidado de nuestros valores, de nuestras tradiciones, de nuestra alma nacional. No se habla de algo que podamos permitirnos confundir con expresiones de aldeanismo tonto; pero tampoco abandonarse ante los sueños de una globalización que mucho conviene al imperio, y que no es un camino para la solidaridad, sino para el sometimiento.

6. ¿Desea agregar algo más sobre el tema?

El tema es tan abarcador, tan vital, que lo ya dicho en estos apuntes resulta poco, poquísimo. Mucho más sería lo que habría que añadir. Nada es banal en algo tan importante. Lo que pudiera estar en juego, es decir, en serio peligro, sería la supervivencia de una nación que existe porque se resistió a ser asimilada, tragada, por el mismo imperio que hoy le ofrece un tratamiento formal diferente. ¿Un mazo de zanahorias, como se ha dicho? Cuba no debe pretender para sí un aislamiento contrario a sus intereses y a su misma historia como nación que se formó en una rica, cuando no intrincada y compleja, relación con el mundo. Pero tampoco puede permitirse desconocer los desafíos que la asedian.

Es un deber de nuestro país —del pueblo, de su gobierno, de sus organizaciones e instituciones en general— buscar las ventajas que para bienestar del pueblo puedan venirle de relaciones diplomáticas normales, como con todo el mundo, con los Estados Unidos. Además, esas relaciones no serán plenamente normales mientras exista el bloqueo impuesto a Cuba por la potencia imperialista, y esta siga usurpando un pedazo del territorio del país bloqueado. Nuestro deber cardinal será no despreocuparnos ante el poderío de un vecino contra cuyas voraces pretensiones  imperiales —surgidas al calor mismo de su fragua como nación—, se forjó el pensamiento emancipador de nuestra vanguardia patriótica y revolucionaria, con José Martí en su centro irradiante. No sería por casualidad que el espionaje de aquella nación lo siguió.

Por menudo que parezca, no hay detalle que Cuba pueda permitirse descuidar en sus relaciones con el imperio, unas relaciones que se anuncian ya en marcha, tal vez irreversibles, pero no sin obstáculos, puesto que los intereses en pugna dentro de los propios Estados Unidos son enormes. También se sabe que, llegado el momento, esos intereses se subordinan a la táctica escogida para la conservación de su poderío imperial, y de la hegemonía que intenta mantener en el mundo, aunque haya que arrebatar el triunfo electoral a un candidato demócrata y poner en la Casa Blanca a un republicano, o promover la sustitución de un republicano por un demócrata. ¿No estuvo esa táctica en la base del We can! que en 2008, más que gastada ya la pésima imagen de su predecesor, le abrió al actual presidente las puertas de la residencia imperial?

Los rejuegos pueden ser muy variados, y después de todo, hasta etimológicamente —no digamos ya en la estructura de fuerzas de aquella potencia— entre demócrata y republicano hay más coincidencias que diferencias, ya sea que se trate de representar dignamente esos conceptos, o de usarlos en acto de engañosa demagogia. En cualquier caso, ya las relaciones diplomáticas entre los dos países parecen una realidad, y para ello se anuncia el próximo 20 de julio. Creo que, con razón, algunos temieron que se escogiera el 4 de este mes, efeméride en la cual los Estados Unidos celebran como nación el gran logro que disfruta para sí y ha dificultado, cuando no impedido, a otros pueblos: la independencia política.

Por razones tan contrastantes como obvias, es de suponer que —salvo que lo hiciera con el fin de cambiarle radicalmente su significado— su gobierno no habría consentido en que para hito bautismal del reinicio de sus relaciones diplomáticas con Cuba se fijara como fecha el 26 del mismo mes, si alguien hubiera tenido la iniciativa de proponérsela. En nuestro interior, podemos ver con buenos ojos, con la voluntad de convertirlo en buen augurio, no con revanchismo, que el 20 esté más cerca del 26 que del 4. La consecuencia, mayoritaria, del pueblo cubano con la etapa de marcha revolucionaria iniciada el 26 de julio de 1953, es lo que ha hecho al gobierno de los Estados Unidos intentar un cambio de táctica con respecto a Cuba.

Sigue siendo mucho lo que resta por decir, pero los textos hay que terminarlos, o interrumpirlos, y no todo cabe en ellos. Tampoco vale la pena tratar de responder de antemano al avispero neoliberal que salta contra todo lo que huela a vigilia revolucionaria. Pudiera haber tal vez, además, un avispero de ¿incautos? para quienes resulte de mal gusto advertir peligros, y crean que solamente queda abierta la opción festiva, o festinada, de aceptar cuanto el imperio proponga, y de considerar que opinar lo contrario equivale a no querer que nada cambie. Un cambio por sí mismo puede no ser garantía de nada bueno. Muchos afanes socialistas parecen haber cambiado en el mundo para dar paso a la aceptación del capitalismo con toda su actualidad y todas sus reglas, como si estas fueran espontáneas, fatales, ineludibles. Menos mal que a lo largo de la historia ha habido también quienes no se han sometido a las resignaciones.

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