La Cultura Cubana tras el 17 deciembre. Razón de ser


cuba-banderas-soberania-685x342Por: Carlos Pla Shelton*

El premio a la resistencia de un pueblo ante más de 50 años de bloqueo económico impuesto por la potencia más grande que se ha conocido en la historia no debe ser la derrota, pero la justicia en este mundo hay que hacerla, con ideas, con las manos o con fusiles.

Muchas personas vienen a Cuba hoy y expresan su voluntad de disfrutar cuanto de genuino queda en la isla antes de que, como consecuencia de la normalización de relaciones, el pequeño caimán sea devorado finalmente por el águila que ha sometido a medio mundo.

Estados Unidos lo ha dicho abiertamente, vienen a destruir lo que somos desde la implacable estocada del intercambio cultural. Para Cuba sobrevivir casi 60 años al imperialismo americano ha sido tremendamente costoso, desde las fachadas y hasta el espíritu de la nación.

Cuando hoy se piensa –y confiamos en que se piensa– en el “reencuentro de dos culturas” que se avecina según todos los voceros. Se puede apreciar a primera vista que hay fenómenos especialmente interesantes que prometen sepultar lo esencial en la cultura cubana intentando preservar ante el mundo el cascarón, para dejarnos como una nación “cultivada a lo Puerto Rico”.

Lo primero sería decir que la diferencia en cuanto a poder de influencia de la cultura estadounidense con respecto a la cubana es abismal, aquella potencialmente supera a la nuestra en su posicionamiento mediático y eso le hace un monstruo de diez cabezas que intenta devorarnos como a un colibrí.

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Lo segundo sería detenernos a pensar en que al triunfo de la Revolución Cubana no existía -al menos así lo aprendí de Jesús Arboleya– en el continente una nación que estuviese más permeada del consumismo norteño que la nuestra, lo cual hace que justamente, en la medida en que la crisis económica se intensificó en nuestro terruño se acrecentaron las ansiedades por el retorno de aquellas bondades que desde la mirada del presente se han magnificado peligrosamente. Lo podemos notar fácilmente al comparar con el de otros autos el valor de los “almendrones”y lo vemos también en las ceremonias de 15 años que ya son para jóvenes de ambos sexos, en los intentos increíbles de celebrar desde nuestro trópico el Halloween, en la preferencia indiscutible que tienen la mayoría de los televidentes en Cuba por las series, espectáculos deportivos y películas norteamericanas, etc.

El tercer gran peligro es que la migración, así como ha enriquecido durante décadas a EE.UU haciéndole contar con los recursos escogidos -hasta donde les ha sido posible- de lo mejor de los flujos migratorios del planeta, ha privado a nuestro pequeño país de muchas de sus mejores y más capaces personas, que viéndose imposibilitadas de explotar como necesitaban sus inteligencias y habilidades en función del sustento de sus familias -porque vivían en un país criminalmente bloqueado–decidieron por su vida y la de los suyos en detrimento de la patria, lo cual hay que acabar de aceptarlo, es perfectamente comprensible si se tiene en cuenta que nacer en Cuba, no implica ser héroe, ni todos los que se han quedado, lo han hecho por heroísmo.Sin pretender ubicarlo en un cuarto lugar, el turismo, esa “magnífica herramienta para el desarrollo”-que nos deja sin playas, sin espacios íntimos y resulta un maravilloso gancho para la migración- (sé que puede sonar xenofóbico pero es una preocupación genuina) amenaza con crecer desbordantemente. Se imaginan los efectos de una nación que apenas se acostumbra a lidiar con 2 millones de turistas al año, lidiando en un lustro con 6 o 7 millones de extranjeros deseosos de descanso y diversión. Quién les atenderá en todas las formas necesarias sino nuestros campesinos, médicos, obreros y maestros ¿Qué consecuencias ha tenido para Matanzas culturalmente la existencia de Varadero? ¿Cómo hacer para poder optar por un turismo diferente del que persigue los vicios y hacer de Cuba un destino  para los amantes de la naturaleza y el arte?

Estamos en riesgo, y no quiero ser alarmista, basta mirar detenidamente a quienes están hoy a cargo de lo que popularmente se maneja como cultura nacional -entendida como saberes, buenas maneras y arte- y que va desde la escuela en sus más elementales niveles hasta el llamado Ministerio de Cultura. Tal vez es solo una percepción muy subjetiva de mi parte, pero se siente la ausencia de los intelectuales ocupando las posiciones de poder en nuestras instituciones culturales, yo la siento y la temo.

¿Quién como Eusebio Leal hubiese podido hacer lo que en La Habana se ha hecho sin corromperse más de lo inevitable? Ser intelectual implica una razón de ser, un compromiso con la cultura que solo se hace fácilmente visible en la entrega de los buenos médicos al cuidado de la salud de sus pacientes, o de los buenos maestros, atendiendo el despertar de conciencias libres en sus discípulos. Implica tener también el valor de pararse ante los héroes a decirles las verdades en el rostro y, si es preciso decirles que no se pueden hacer ciertas cosas, aunque duela.

Cómo evitar entonces que se corrompan nuestros educadores, nuestros músicos, nuestros pintores y nuestros escritores ante la avalancha de dineros que se anuncia. Habría acaso que comenzar por quitar del medio a quienes hasta hoy han servido como contén de primera línea, como muro, como estrecho paso peatonal y desempoderarlos, confiando sus puestos no a quienes “a dedo”  parezca que mejor puede cumplir la función, sino haciendo uso legítimo de la democracia que tenemos, utilizando como se debe a los sindicatos y haciendo conciencia en los trabajadores a todos los niveles, de que en sus manos vuelve a quedar plenamente la Patria, ahora que el enfrentamiento es abiertamente a nivel de cultura y el campo de batalla es el diálogo pueblo a pueblo.

Una contraloría fuerte no es suficiente si es incapaz de usar los saberes de su pueblo para enriquecerse a sí misma. Hay que sacar de sus puestos a los tantos hijos de mami y papi que llegaron a donde están sin merecerlo, a los amigos de…, a los primitos de…, hace falta ahora aquella “carga para matar bribones”, porque esos son los primeros que sabiendo frágil el suelo que pisan, no dudarán en vendernos como lo han hecho otros, para luego salir corriendo a ver desde la distancia si la isla naufraga o no, tras sus “favores”.

Hay que cuidarse de lo que en manos particulares se pone, porque ya se ha visto en este mundo que cuando el Estado comparte de buena fe sus recursos con el capital privado y le permite crecer en demasía, este jamás agradece el apoyo estatal y asume solamente como resultado de sus esfuerzos los éxitos, iniciando el terrible ciclo de desacreditación estatal y el desprestigio del aparato burocrático.

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Salvar la cultura nacional, para que no puedan dejarnos con la cáscara tras llevarse las esencias, exige que hoy los cubanos se muevan con la trepidante efectividad de nuestro ejército en función de prepararla para el “encuentro”, que promete estar a la altura del que ocurriera en 1492. Para eso tal vez haga falta hacer aquel “viaje a la semilla”del que nos hablara Martí para cuando las alas se vuelven herrajes.

Lo cierto es que en una sociedad como la nuestra el poder hay que reservarlo más que nunca en manos de “la única aristocracia legítima, me refiero a la de los creadores, ya sean artistas, literatos o bien científicos” como dijera en su tiempo Guy Pérez Cisneros. Solo ellos, secundados por administradores expuestos a un sistema legal diseñado especialmente para la ocasión, podrán conducir –al  menos así lo creo- a remontar la enorme ola que el maremoto del 17 de diciembre levantara hacia nosotros.

No hay en el mundo fenómeno al cual sea imposible sacar provecho; nuestros rivales los saben, pero tienen más inoculados que nosotros el venenoso dinero conque pretenden derrotarnos.

No hará falta el machete si el valor se hace su sitio a tiempo, no hará falta el presidio ni la Sierra si usamos inteligentemente lo conquistado para defender cuanto hemos ganado. Y es preciso que no desperdiciemos la oportunidad de dejarnos salvar por nuestra historia, porque las armas de hoy no respetan como las de ayer al machete, al presidio, ni a la Sierra, y nuestros hijos merecen vivir con el honor conquistado por sus padres y abuelos mediante la resistencia.

Cuba debe ser siempre la que los cubanos, sin vendajes en los ojos, sean capaces de construir. Cuba debe seguir siendo la que sienten sus hijos más genuinos, aquellos que nunca la han atacado, estén donde estén.

*Profesor del Instituto de Filosofía de Cuba

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