Aires para la OEA


OEAPor: Rafael Ugalde Quirós/Barómetro Internacional

Soy un convencido de que el tiempo de una OEA discursiva, burocrática, alejada de las preocupaciones de los pueblos, anclada en los paradigmas del pasado, está definitivamente dando un paso a una OEA del siglo XXI”, Así resumió el nuevo Secretario General de la Organización de Estados Americanos, el ex canciller uruguayo, Luis Almagro Lemes, el futuro de esa instancia, venida a menos en los últimos años por su inclinación histórica hacia Washington. El gobierno del presidente norteamericano Barack Obama pretende llegar a la  VII cumbre de las Américas en Panamá, el próximo mes abril, con una cajita  de sorpresas ya abierta y un discurso, supuestamente renovado, en cuanto a la región, que ha dado pasos de gigantes en procura de independencia política y económica, respecto a la Casa Blanca.

Almagro Lemes plantea para Venezuela “dialogo” y el respeto a la “institucionalidad democrática” de la nación bolivariana, por encima de los intentos golpistas contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro y la declaratoria  hecha por Obama de “amenaza” para la seguridad estadounidense, la cual concatena plenamente con los intereses de la reacción venezolana, de afuera y de adentro.

El nuevo secretario de la OEA, más realista que su removido colega, el chileno José Miguel Insulza, sabe que la región dinamizó instancias como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) que sirven hoy plenamente para dirimir contradicciones lógicas dentro de la gran familia latinoamericana, sin participación de intrusos vecinos y extraños “ángeles de la guarda”, con antecedentes no muy benditos.

Aunque los Estados Unidos asisten a este cumbre con el único fin de imponer una agenda productiva para canalizar la llamada “competitividad”, el  control y producción de energía y medios para evitar un mayor descarrilamiento de inmensas masas de jóvenes excluidos por  las políticas neoliberales, no está descartada la posibilidad que utilice el inicio del dialogo con Cuba como una especie de “trapito dominguero” y una “mea culpa” por  medio siglo de acoso contra la Revolución Cubana.

Lo que sí parece claro es que el gobierno de Obama no evitará, a pesar de la ayuda que prestarán sus aliados en la región- que cada vez son menos-, los reclamos por su participación en los intentos golpistas en Venezuela, la situación de Argentina con los llamados fondos buitres, catalizador sin duda usado por Washington para buscar la salida del poder del “kirchnerismo”, así como los esfuerzos tendientes de meter a la llamada “Latinoamérica no mediterránea”  en la Alianza del Pacífico.

El gobierno de Obama posiblemente soportará las críticas con paciencia franciscana, enarbolará como avance suyo el dialogo con La Habana y apoyará los diálogos de paz entre la guerrilla colombiana y el gobierno de su compinche Juan Manuel Santos. Esconderá así sus preocupaciones de fondo: la presencia de China y Rusia en América Latina, su tradicional patio trasero, cuyas relaciones las calentó Washington con este último país bajo la premisa de que ya no hay “guerra fría”. Solo Obama lo cree.

La primera frase de un informe llamado Tendencias globales hacia 2030, emitido por el Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos en 2012, destaca que en 2030 el mundo habrá sufrido cambios radicales y que ningún país ostentará la hegemonía global. El quinto informe de la agencia concluye que el poder se ha desplazado hacia el este y el sur y que el espacio económico y estratégico asiático habrá superado al de Europa y Estados Unidos juntos. Estamos en plena transición hacia ese mundo.

Igual que el científico brasileño José Luis Fiori,  pienso que diversos sectores estadounidenses guerreristas siguen aferrados a las tesis de su principal geoestratega, Nicholas Spykman ( ver: America’s strategy in world politics, publicada en 1942), de separar a la llamada América Latina mediterránea del resto, que incluye México, Centroamérica, el Caribe, Colombia y Venezuela, como una zona donde la supremacía de Estados Unidos no es cuestionada, un mar que ellos cierran y cuyas llaves pertenecen a Washington. Ese sueño Obama lo conoce para estos lados, y Marco Aurelio, en la Roma antigua, lo amó por aquellos tiempos.

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