Lorenzo, el sepulturero: Lecciones de un cubano común


lorenzo-sepultureroPor: María Carla OˊConnor/Cubadebate

La cita es a las nueve. La habíamos reprogramado ya dos veces, y la tercera era la vencida. Nos encontraríamos en la entrada del Cementerio de Colón, de La Habana. Aquel sería un encuentro especial. El cielo estaba gris y el viento soplaba tan fuerte que quedó grabado como testigo acompañante.

Al no verlo, me inquieto. ʻʻ¿Dónde puedo encontrar a Lorenzo?ʼʼ, pregunto al guardia del portón; ʻʻsigue el camino de la izquierda  hasta el final”. A medida que avanzo, dejo detrás los finos mármoles, esculturas y panteones de quienes, quizás, pensaron que aún después de muertos eran superiores al resto de los mortales.

Ahora el terreno es casi virgen en cuanto a arquitectura. Las tumbas son planas, sencillas, incluso, la mayoría colectivas. Solo las identifican los nombres de los que allí yacen. A lo largo de una calle transversal observo a un grupo de personas. En la acera hay ataúdes vacíos. Es día de exhumaciones. Mientras dirige a la brigada de sepultureros, Lorenzo conversa con los familiares citados aquella mañana. Cuando se percata de mi presencia, me saluda con gesto amigable. ʻʻEspera cinco minutos, ya casi terminamosʼʼ.

A sus cuarenta y ocho años se mantiene joven y fornido. Mide 1,83 metros y pesa alrededor de 85 kg. Su trato es amable, respetuoso. Aunque es un hombre alegre y amistoso, su trabajo lo ha enseñado a ser pausado, ecuánime, porque como después me confesaría: “aquí el tiempo tiene otra dimensión”. Para él ser sepulturero implica ʻʻser buena persona, compañero de tus compañeros, y respetar el silencio de los que aquí descansan y a sus familiaresʼʼ.

Inesperadamente me propone hacer la entrevista en el Monumento al Hombre Común, y acepto. Ya conocía la existencia del lugar, por referencia del propio Lesmes Larroza, subdirector de la escuela de arte San Alejandro y escultor que rescató este terreno del olvido. Una vez allí, se sienta en el estrecho muro que rodea el Monumento. Mira a su alrededor, deja escapar un suspiro y expresa:

ʻʻDicen que el amor de madre es inmenso, pero el de abuela nadie lo supera. La mía era alguien especial. Aún lo es para mí. Su nombre era Cecilia Dolores. Desde que falleció a los 64 años de edad, yo le traía flores todos los domingos.

“En aquel tiempo, la administración del cementerio estaba buscando gente joven, con más fuerza. Alguien había notado mi presencia semanalmente cerca de la llamada Galería de Tobías, y la entonces directora del cementerio, Gladis Valdés Valdés, al ver que me acerqué al portal donde radica la administración  me propuso trabajar aquí.

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ʻʻEn ese tiempo era ayudante de cocina en el Hospital Manuel Fajardo. Sin pensarlo dos veces acepté la oferta. Así podía visitar la tumba de mi abuela cuando quisiera. Bueno, y qué te digo, ya han pasado diecinueve añosʼʼ.

La plática es amena. Le pregunto qué piensan sus allegados respecto a su labor. Vuelve a sonreír, como si los recuerdos le hicieran ʻʻcosquillasʼʼ.

ʻʻLo sobrellevan bien, aunque antes se asustaban un poco. Mi madre está muy orgullosa de que sea sepulturero. De hecho, tengo dos hermanos que trabajan aquí también. Uno en Áreas Verdes y otro es jefe de brigada, igual que yo. Llevan quince años ya. Mis hijos saben lo que hago y no tienen ningún problema con eso. Recuerdo haber tenido una novia que cuando le conté sobre mi oficio me dijo: ʻ¡¿Qué?! No me toques hasta que no te bañesʼ. En fin, una locuraʼʼ.

Deja escapar una carcajada. Toma aire para recuperarse. El viento arrecia fuerte. Las hojas de los árboles se agitan bruscamente. Lorenzo se frota las manos en busca de calor y agrega:

ʻʻMucha gente piensa que los sepultureros no tenemos sentimientos y, ¡es un grave error! Somos seres humanos. Uno se sensibiliza con los dolientes, te pones en su lugar. Convivir a diario con la tristeza, te va curtiendo el alma y te obliga a ser mejor persona. Pero si lloramos en todos los entierros, no se termina nunca el trabajo. Para mí los peores entierros son los de niños. No logro asumirlos, casi siempre trato de no estar presente. No es lo mismo enterrar a un anciano de ochenta años, que ha vivido y dejado un legado, que a un crío. A veces, las madres se aferran al ataúd. Es muy duro.

ʻʻEstos sepelios casi siempre los realizan los que no son padres. Pero ahora con la nueva metodología de rotación a veces me toca y siempre hablo con mi brigada para que me dejen a un lado. Tengo cinco hijos y es duro imaginar que ese podría ser uno de los míos.

ʻʻHay quienes todavía nos subestiman, piensan que somos escoria, que hacemos esto porque no podríamos desempeñar otra labor y no se da cuenta, de que si no existimos la sociedad tampoco existe. Nosotros somos los que paleamos para que la sociedad marche perfectaʼʼ.

Lorenzo está tan comprometido con su trabajo y compañeros, que habla en primera persona del plural. Para él no existe el yo. Su oficio es llamado de muchas formas en todo el mundo: sepulturero, enterrador, zacateca. Se labora de lunes a lunes bajo lluvia, sol y sereno. Con frío y en medio de ciclones. Las tareas necesitan hacerse en grupos de no menos de cinco trabajadores, puesto que conllevan gran desgaste físico. La tapa de una bóveda pesa muchísimo  si falta uno aumenta el esfuerzo del resto.

ʻʻLa brigada es como un puño cerrado.  Para formar parte de esta hay que ganárselo. Se comienza de chapeador  y/o  jardinero. De acuerdo con tu rendimiento, pasas a ser sepulturero o no, porque es la plaza de mayor responsabilidad. Aquí también hay escalafónʼʼ, se ríe y sigue: ʻʻDebes estar conciente de que tienes que trabajar el día de tu cumpleaños, días festivos, día de las madres. Es una responsabilidad muy grande y que no todos quieren asumirʼʼ.

Se dice que hace tres años existe una ley que no permite a los sepultureros restaurar los panteones, bóvedas, obras en general del camposanto. Comentan que la nueva administración encarga a cuentapropistas las reparaciones de todo tipo: cortar el césped, pulir mármol, pintar. ¿Acaso no es más caro?

ʻʻConsidero que no está bien. Nosotros conocemos los materiales que se necesitan para la restauración de las obras y algunos de los negocios particulares, no. Solo vienen por el encargo, cobran y se van. No dan mantenimiento. Pero bueno, son decisiones de arriba y no puedes cuestionarlas. Las órdenes se cumplen y luego se discuten.

ʻʻAquí entra mucho dinero. Dólares por el cobro a los turistas y moneda nacional por el pago de los osarios y las incineraciones. Pero no pertenece a la administración del cementerio. Ese caudal lo distribuye la empresa de servicios necrológicos de acuerdo a las necesidades de todas las unidades.

ʻʻLa mayoría de los trabajadores que se marchan es por la paga. No hay incentivo material ni monetario. El almuerzo está malo. La vida fuera de los muros del cementerio ha cambiado y la gente piensa diferente también. Muchos prefieren emplearse en cooperativas que les pagan dos CUC diarios y los mandan a chapear nuestros céspedes. Mientras que el salario de un empleado del cementerio es de 450 a 470 MN. Si sacas la cuenta, en la cooperativa ganan 1200 pesos al mes. Son aproximadamente 730 pesos de diferenciaʼʼ.

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Mientras seguimos conversando, le pregunto qué es, entonces, lo que lo ha hecho permanecer diecinueve años, en el lugar que muchos visitan, pero nadie quiere quedarse para siempre.

ʻʻTodo lo que sé, se lo debo a Pedro Márquez, al que cariñosamente le decían Papo ʻEl Blancoʼ. Trabajó aquí por más de 47 años y a la vez, fue discípulo de Julio Hernández, ʻla eminencia del cementerioʼ: 78 años de sepulturero. Sus ejemplos te inspiran a querer el oficio.

ʻʻEn el trato con familiares y personas en general se establecen lazos de comprensión muy bonitos. De una forma u otra, acompañarlos y apoyarlos en los momentos más difíciles, te hacen sentir como un buen samaritano.

ʻʻAdemás, mira a tu alrededor. Estoy rodeado todo el día de obras de artes únicas, irrepetibles. La mayoría fueron traídas en barcos de madera, y hechas por hombres que ya no existen. ¿Cuándo llegaron a Cuba? ¿Cómo las trajeron desde el puerto?. Nadie se pregunta. Hoy descubres este panteón olvidado, vas donde el historiador y conoces la historia de cientos de personas. No terminas nunca de aprenderʼʼ.

Existen comentarios sobre la profanación de sepulturas en el Cementerio de Colón, lo cual constituye una falta de respeto a los que descansan aquí, a sus familiares y a los trabajadores del recinto. ¿Verdad o mentira?

ʻʻEl cubano es muy conversador. Yo te cuento algo y tú lo repites, con la buena intención de hacer el comentario, pero le agregas algo tuyo. Y al cubano le ha dado por decir que la gente se roba la ropa, las prendas, los huesos. ¿Quieres que te diga la verdad? Sí, hubo tiempos donde había un sinnúmero de profanaciones. Pero ahora gracias a los sistemas de vigilancia que hay en Cuba, ya esto no pasa.

ʻʻAdemás, ¿qué van a robar? Si los vivos venden sus prendas y pertenencias para comprar carros, casas; poner pequeños negocios; arreglarse el pelo; viajar; ir a hoteles en Varadero. Y que yo sepa, nada de eso se puede guardar en una bóvedaʼʼ.

Llaman a Lorenzo, el trabajo apremia y debemos terminar la entrevista. Nos ponemos de pie y antes de despedirse me pregunta: ʻʻ¿Puedo decir una última cosa?ʼʼ.

ʻʻQuisiera incentivar a la gente a que cuide el cementerio. Sobre todo los jóvenes. En otras partes del mundo, desde los 18 años pagan su sepultura y en Cuba es un derecho. Sin embargo, muchos vienen y destrozan estatuas, jardineras, bóvedas… y no se dan cuenta de que están acabando no solo con el patrimonio nacional sino de la humanidad porque los valores que hay aquí son universales.

ʻʻ¡Ah, otra petición¡ Quisiera que el Estado se esfuerce por cuidar esto un poquito más. No solo la calle principal, por donde pasean a los extranjeros, sino todo el cementerio. Aquí hay muchas tumbas de héroes mambises, guerrilleros e internacionalistas, luchadores clandestinos de cuando la tiranía de Batista y grandes intelectualesʼʼ.

Nos despedimos y le doy las gracias por esta lección de sabiduría y bondad. Al verlo alejarse feliz con su brigada pienso en la grandeza del hombre común, en este ilustre desconocido que hace de la vida y la muerte un acto de amor.

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