¿De la guerra fría a la guerra tibia?


cuba1-eeuu-685x342Por: Carlos Pereyra/Progreso Semanal

Dentro de unos días, exactamente el próximo día 21, comenzará en la capital cubana la ronda habitual que cada semestre reúne a funcionarios de Cuba y EEUU. La agenda de estas reuniones siempre ha sido, oficialmente al menos, limitada a asuntos migratorios y temas puntuales de menor importancia. También han servido para sondeos sobre asuntos de mayor envergadura. La que se avecina es diferente. El tema medular -restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países- ya ha sido definido por ambos presidentes y aplaudido por la comunidad internacional.

Roberta S. Jacobson, subsecretaria para Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamenteo de Estado, presidirá esta vez la delegación de Washington. Es la funcionaria de mayor rango de la diplomacia norteamericana que ha visitado Cuba en décadas. Por la parte cubana aún no ha sido publicado el nombre y rango de quién la presidirá. Es de suponer que el o la  funcionaria tenga un nivel equivalente.

De la “guerra fría” a la “tibia”

Este encuentro es el tránsito del enfrentamiento sostenido por más de 50 años y viene, según las declaraciones del pasado 17 de diciembre, con las cartas, al menos las públicas, puestas sobre la mesa: Cuba no reniega de ninguno de sus principios y está dispuesta a convivir armoniosamente respetando las diferencias de sistemas políticos y de gobierno. Estados Unidos, por su parte, reconoció el fracaso de la política sostenida durante medio siglo pero no renuncia a sus objetivos: la modificación del sistema cubano por otras vías, las diplomáticas y las negociaciones.

Desde esas premisas comienza el nuevo tránsito, que, a mi modo de ver, no será un camino lineal, una vasta carretera de kilómetros en pura recta.

Debido al número de problemas acumulados en tan largo diferendo, los diálogos no estarán exentos de tropiezos, disminución  de velocidades, paradas en la vía, desvíos, zigzagueos, baches a evitar o a reparar y hasta retrocesos.

Washington sabe perfectamente que a su ritmo (gradualidad) el gobierno cubano viene realizando cambios, reformas en la economía y que estos, si se analizan bien y a fondo, permiten ir a mayores sin que el país se desestabilice o pierda su esencia, particular de lo que está consciente la dirección cubana. Cuba puede abrirse más en la economía y precisa de financiamientos, inversión, comercio y tecnología. Pero, ¿a qué precio?

Perfectamente previsible pensar que Washington aspire a pasar factura al ámbito de la política interna para intentar impedir un remake con peculiaridades propias de las exitosas experiencias vietnamita o china, a 90 millas.

Es previsible que Washington, que lleva años ejerciendo la función de veedor, árbitro y juez de los Derechos Humanos y las libertades políticas –los que por cierto reduce a su conveniencia y dictamina según el destinatario-, demandará a La Habana, sostenida y de forma creciente, el pleno ejercicio de los mismos con énfasis en el pluripartidismo, que está en el  colimador.

“Da pena que los gobiernos de los EE.UU. no hayan hecho un scaner de su propia conducta en tema tan importante”, me comentó hace poco un amigo a la salida de la Universidad de La Habana. Es fácil prever que este tema será escenario de forcejeos, presiones, negociaciones. Ante ellos, el gobierno cubano pondrá a prueba su capacidad para discernir principios de los que no clasifican como tales.

El desafío podría venir tanto directa como indirectamente mediante mensajes sutiles o no de gobiernos de nuestra propia región a los que EE.UU. pretende mantener o recuperar para su órbita. No le servirán, en cambio, otros, desprendidos, críticos de la desastrosa política instrumentada durante años hacia Cuba.

América Latina toda ha apoyado el restablecimiento de las relaciones y el inicio de los diálogos. Nuestra área geográfica ya muestra concertaciones de suma importancia con vistas a la integración (MERCOSUR, CELAC, etc), pero como toda unidad es diversa en cuanto a la apreciación e interpretación de variados asuntos, situaciones y peculiaridades de la realidad de otros de sus componentes. Y, salvo Cuba, todos han pasado por el filtro de procesos electorales propios de la democracia al uso, por cierto muy cuestionada. ¿Mantendrán esos gobiernos que emergieron desde las urnas una actitud desideologizada ante el sistema vigente en la isla en cuanto democracia representativa tal y como se practica?

Queda mucho por decir y pensar. Esperemos por el  próximo 21 y más aún por el venidero abril en Panamá donde los presidentes Barack Obama y Raúl Castro se verán. Allí posiblemente, además del foco puesto en la bilateralidad EE.UU.-Cuba, podremos tener señales en 3D de cómo encuadra, desde la perspectiva de Washington, la América Latina de hoy con sus cambios e integraciones en marcha, sus vínculos con China, Rusia, los BRICS, en el grande y complejo escenario geopolítico en proceso de desarrollo a escala planetaria.

¿Estaremos pasando de la “guerra fría” a la “guerra tibia” con su multiplicidad de variantes e instrumentos? Los diálogos Cuba-EE.UU. me gustaría que estuviesen presididos por la sensatez y el pragmatismo; con énfasis en lo que aproxima y no en lo que separa y distancia.

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