Toma 36: el año de Fernando Pérez (II)


fernando-perez-la-pared-de-las-palabrasPor: Marianela González/Cubacontemporánea

He visto Fernando Pérez en cada película cubana de esta edición: Clandestinos en Vestido de novia, Madrigal en Fátima, Madagascar en Venecia… Incluso en Venecia, ese filme piloto, ese caballo de Troya en tierras del nuevo cine, cuya simplicidad ¿esquiva? la espada de Damocles del cine cubano post 90: la marca-país, los personajes-nación que el público reclama.

La de Kiki Álvarez padece de un par de cosas, pero no de presunciones. Defendida por Largas Luces (Ivonne Cotorruelo), Venecia cataliza en pantalla algunos de los “síntomas” del más joven cine nacional: un diseño colaborativo no solo en la producción sino también en la gestión de cada uno de los procesos, en tanto hace converger a músicos, diseñadores y gente de cine en una especie de ecosistema artístico que halla sentido en el propio carácter artesanal y espontáneo de la puesta, y un diseño de personajes que no precisa de “una jinetera, un gallego, un o una espiritista, un chulo preferiblemente negro, un comunista viejo arrepentido, (ni de) un/a chamaco/a que se quiere pirar” para presentar intelectos, sensibilidades, historias de vida ancladas en el “aquí y ahora” de la Isla, al tiempo que conectar con otros públicos.

El rare independent film from Cuba –dijo la crítica en Toronto (TIFF)– ha tenido su premier nacional en los predios del “nuevo cine” y compitió por los corales en una edición marcada por estrenos de un cine cubano al que no aspira a (ni pudiera) parecerse. Pone en discusión cada uno de esos terrenos, con una intención franquísima: esta es la historia de tres mujeres. Listo. Una especie de road movie urbana donde el género es, al mismo tiempo, hoja de doble filo. Amanece en La Habana, y tras casi 24 horas de recorrido y “búsqueda”, los personajes reencuentran: Mayelín, Violeta y Mónica no son Laurita (de la Uz). Van a abrir una peluquería juntas, que sea de ellas. Van a ser madres aquí. Van a ser gordas aquí. La Habana de este tiempo no es la de los 90. Y Venecia no es Madagascar, ese lugar otro donde se está mejor; Venecia es un otro modo de vivir (en) este.

La espada de Damocles apunta ahora de abajo hacia arriba. Y jode cuando nos hinca.

Mar de Pérez, Fernando de noche

Se hablaba del cuadro, el cuadro, el cuadro, pero nunca pensé que lo vería en pantalla. Fernando Pérez sabe qué hacer con las palabras, dónde ponerlas, qué imagen asociarles, porque sabe cómo lucen y el gusto que dejan. No le iba a hacer falta. Pero la pieza de Capote no es un apoyo cualquiera. Duele en los ojos y se clava en las sienes, porque cada uno de los cuerpos, oscuros, debajo del agua, no supo nunca a qué saben las jotas, las eles…

La pared de las palabras es una declaración de principios; hermosa y cruda, como el mar de noche. Y eso, viniendo de quien ha hecho el cine más (po)ético, removedor y, al mismo tiempo, salvador, de los últimos 30 años en este país, hinca más todavía.

Por primera vez en una amplísima y diversa producción, la marca autoral de Fernando Pérez pesa sobre nosotros mismos: digo, sobre cada persona en los lunetarios de Cuba o de Toronto. Hay “peste a silencio” cuando no se recoge “la basura que no huele” y se deja acumular, una sobre otra, hasta que forma paredes. Hay “peste a silencio” cuando esas paredes generan desechos humanos. Y hay un poco menos cuando, una vez cada cuatro años (Hello Hemingway, 1990; Madagascar, 1994; La vida es silbar, 1998; Suite Habana, 2003; Madrigal, 2007; El ojo del canario, 2010), una película hace notar que todos hemos puesto una piedra. Por primera vez, la más exitosa filmografía de un cineasta vivo en el país se arriesga a que no pocas de las mismas manos que casi sangran hace diez años aplaudiendo Suite Habana, vayan al rostro y se tapen los ojos, o aprieten la nariz.

Estrenada en el colofón del 36 Festival y en una sala “colateral”, no obstante, rozó el premio de la popularidad y tuvo el que se cuenta por votos online. Y eso no es gratuito. Como Venecia, es un filme síntoma, pero no porque sea el primero que su director hace de forma independiente: la textura de La pared de las palabras es el rash de lo que viene detrás de la madurez. A sus 70, Fernando no ha pretendido filmar Cuba; enfermo de palabra, se ha filmado a sí mismo, que a estas alturas, siete veces cuatro años, es la misma cosa.

No sé si le veré, este, en otras películas, en otra edición. Pero la 36 ha sido la suya.

Aunque –como parecía y lo confirmó el jurado de ficción– fue el año de Conducta.

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