Van Van, la fantasía de la gente


Van-Van-NPor: Mabel Machado/Cubacontemporánea

La escalinata de la Universidad de La Habana, un lugar atípico para los conciertos de Los Van Van, había sido anunciada desde hacía algunos meses como el último escenario de la gira nacional de la orquesta por sus 45 años. A las ocho de la noche del 5 de diciembre, un día después de la fecha exacta que se señala como el aniversario de la fundación del grupo, los miembros del staff que lo ha acompañado por toda Cuba comprueban la afinación del piano, la intensidad y los colores de las luces y la calidad del sonido que capta la consola.

Ninguno de los artistas ha llegado todavía a la zona del espectáculo y “la maquinaria” arrancará dos horas más tarde, pero ya decenas de espectadores se aglomeran detrás de las barandas metálicas, muy cerca unos de los otros, sin dejar apenas espacio para bailar en pareja. Sucede así en todas las presentaciones de la banda desde que comenzó a hacerse popular en los 70. El grupo enorme de seguidores de Van Van es el más heterogéneo que pueda adjudicársele a cualquier formación musical cubana en las últimas cuatro décadas y uno de los más fieles que se le haya conocido jamás a cualquier artista.

Desde la noche anterior, gran parte de un club de fans que hay en San Luis, Santiago de Cuba, emprendió viaje en tren para asistir al concierto. El trayecto desde esa provincia oriental hasta La Habana dura aproximadamente 16 horas cuando no hay atrasos ni fallas en el transporte ferroviario, que es el más barato y el que menor confort ofrece a los pasajeros en comparación con otros medios. En las cabinas estrechas del tren, de Santiago hasta acá, han viajado sin demasiado equipaje estas personas que a las dos de la madrugada volverán a la terminal para recorrer nuevamente 870 kilómetros.

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Los admiradores de Cárdenas, otro grupo que va detrás de la orquesta siempre que es posible, han traído banderolas rotuladas a mano, a la vieja usanza, de las que hoy solo se ven en algunos lugares como las plazas de provincia y el muro exterior de La Tropical cuando se celebran bailables y fiestas populares. Al pie de la escalinata los matanceros se juntan con los del club de Playa, quienes se identifican por las camisetas marcadas con el logotipo de Los Van Van: las manos haciendo la “v” del nombre de la banda, la “v” de la victoria.

En diciembre de 1969, Juan Formell y aquella agrupación que contaba con el prodigio del percusionista José Luis Quintana (Changuito) ofrecieron su primer concierto al aire libre en la céntrica calle 23 del Vedado. Con su peculiar manejo del son, con la incorporación de timbres electrónicos y las esencias afrocubanas, al reinterpretar el quehacer de las charangas y con la creación definitiva del songo la orquesta abrió un mundo completamente nuevo para los bailadores. Luego el director y la banda se fueron ganando el calificativo de “cronistas” por su pericia para contar las más diversas escenas cotidianas y de costumbres, por su manejo inteligente del humor y el doble sentido que distinguen a la cultura de esta isla.

Si la historia de Los Van Van se hubiera detenido en mayo con la muerte repentina de Formell, el pueblo cubano no solo habría visto desvanecerse un paradigma, sino también una de sus mayores fuentes de alegría. Mantener funcionando a toda marcha a la orquesta y renovarla cada vez que resultara necesario no fue una premisa asumida por el director y sus músicos como una simple necesidad personal, sino como un compromiso de por vida con el público.

Juan Formell, que había recibido en 2013 un premio de la Feria Internacional Womex, un homenaje en los Academia Latina de las Artes y las Ciencias de la Grabación por la trascendencia de su carrera, y todo tipo de reconocimientos en su país, solía decir, como ese genio de la literatura que fue Gabriel García Márquez, que sus historias salían directamente de la observación constante y detallista de la realidad. La fluidez con que aparecían las canciones y los discos de Van Van se la adjudicaba él en buena medida al hecho de que en Cuba puede encontrarse en cualquier lugar “esa cosa extraña que se llama inspiración”.

Pensando en su país y en los sueños de sus coterráneos se le ocurrieron a Formell los primeros versos de La fantasía. En su viaje a Las Vegas para asistir a la celebración de los Grammy Latinos, pisando alfombras rojas y rozando vestidos de lujo, imaginó que un obrero cualquiera en un barrio humilde entre tantos de La Habana quizá soñaba a esa misma hora con ver por unos segundos la silueta de la Torre Eiffel o las aguas del Niágara. “Este será un disco sobre los sueños, realizables o no”, dijo el músico a la prensa cuando todavía no se había decidido que sería la EGREM la casa editora encargada de producirlo, ni se había completado aún la lista de los temas.

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Los fans durante el concierto del pasado 5 de diciembre en la Escalinata de la Universidad de La Habana.

Ahora en la escalinata de la Universidad los seguidores de Van Van esperan que desde el escenario suenen algunas de las sorpresas de las que trae la nueva producción, lanzada oficialmente en Cuba tres días antes de este concierto. El CD se terminó en Estados Unidos después de que murió Formell e incluye temas de su hijo Samuel y de los cantantes Roberto Hernández (Robertón) y Armando Cantero (Mandy). La voz de Formell se escucha en el tema que le da nombre a este fonograma, gracias a una maqueta que había grabado el músico antes de morir, con la intención de entregársela a la joven intérprete Luna Manzanares. Con el acompañamiento del Coro Diminuto en este track, se completa magistralmente el homenaje que constituye este disco al fundador de “La maquinaria”.

El pintor Ernesto Rancaño dibujó en la portada de La fantasía la cabeza de un elefante suspendida como nube sobre un enjambre de colibríes. Las pequeñísimas aves representan a la vez la ilusión y la cubanía, rasgo de la agrupación que también intenta resaltar el rojo con que se ha coloreado el elefante. Este último, por su parte, puede ser asumido como la encarnación de la voluntad y la resistencia del grupo.

Salvo los miembros del club de Playa, quienes por vivir en La Habana asisten con mayor regularidad a los eventos de Van Van, casi ninguno de los espectadores conoce todavía la carátula del nuevo disco, pero aplauden ardientemente cuando el baterista Samuel Formell despliega una bandera cubana que le han regalado a la orquesta antes de comenzar el espectáculo. En la iconografía vanvanera la enseña nacional tiene el mismo peso simbólico que el micrófono cuadrado con que solía cantar el director de la agrupación. Ambos, la bandera y el micrófono, aparecen solos en la fotografía que identifica al conjunto de imágenes capturadas por Iván Soca durante la primera gira en la que no estuvo su creador.

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Foto de Formell del fotógrafo Iván Soca

Las fotografías que conforman la exposición inaugurada el día de Santa Bárbara en los estudios Abdala congelaron lo que se verá muchas veces esta noche en el concierto: la vitalidad de la orquesta, la identificación de los músicos con el público, el respeto y la devoción que se ganó Juan Formell con la obra de toda la vida.

Si uno ha visto ya esas y otras fotos, si uno ha gozado en vivo a Los Van Van más de una vez, no sentirá que nada falta cuando suenan Recíbeme, Tú a lo tuyo, Se muere el amor o Arrasando. En el bajo Formell ha sido sustituido por su hijo Juan Carlos, “de la misma sangre”, aclara Robertón, “para que nadie piense que ‘el tren’ se va a parar ahora”. “Y si un día hiciera falta el relevo –señala El Lele, otra de las voces de la orquesta– ahí están los niños de La Colmenita para el pueblo cubano”.

Antes de que Los Van Van se hicieran dueños del escenario por más de dos horas, la compañía teatral infantil que dirige Tin Cremata calentó la pista con algunas de las canciones antológicas de la agrupación que ellos han aprendido a tocar para sus espectáculos. Los niños supieron manejarse con la misma soltura que los adultos en el escenario, imitaron con fidelidad el estilo del grupo y pusieron a bailar a todo tipo de fanático, desde el más joven hasta el más veterano.

“La orquesta de Cuba” ofreció en el día de su aniversario, y a propósito del lanzamiento de su más reciente CD, un concierto “para la gente” como cualquier otro de los que condujo Formell hasta hace apenas unos meses. En medio del espectáculo, Yenny Valdés hizo que se subiera a la tarima la presidenta del club de Fans de Playa, una tendera del mercado 5ta y 42, y mientras cantaba viendo al público moverse como siempre, Robertón improvisó el coro “Ay, Juanito, baja y mira esto”, para expresar la satisfacción que hubiera sentido “el padre”, “el maestro”, al ver abarrotados el nacimiento de las arterias San Lázaro y L con la presencia de Van Van.

La orquesta en su “segunda temporada” –así suelen llamarle a esta nueva etapa sus músicos– ha decidido volver sobre los pasos de su propia historia y homenajear también en los conciertos a otros artistas que han pasado por la formación. La fantasía incluye una nueva versión de “Soy Van Van” y en las pantallas del concierto rodaron imágenes de Mayito Rivera y César (Pupy) Pedroso, entre muchos otros.

Para comprobar el acierto con que Van Van ha venido proyectándose después de que falleciera Formell, basta con asistir a un concierto como el de la Escalinata –aun cuando sea este un lugar atípico para las actuaciones de la banda– y observar que una niña de menos de cuatro años repite los estribillos, que el cuarentón idéntico a Pedrito Calvo desde los pies hasta el sombrero se agencia un sitio en la primera fila, que un hombre que ha venido solo se remanga la camisa y se agacha meneándose hasta casi tocar el piso, que otro señor de unos 60 años viste una camisa bordada por él mismo con el nombre de la orquesta, que las parejas se abrazan, y que la gente viene en familia y baila y olvida y se une y es feliz.

Fotos: Iván Soca

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