La Habana: un escenario elegido por el cine y su gente


cartel-36-festival-de-cine-de-la-habanaPor: Luciano Castillo/Cubacontemporánea

“Habana… hermosa Habana…”, cantó el cuarteto Los Zafiros en uno de los innumerables intentos por apresar el encanto de esta capital caribeña que, desde hace 36 años recibe a los que acogen la convocatoria del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano como una cita impostergable en su agenda.

La “ciudad de las columnas” descrita por Carpentier fue el escenario ideal para el acoso de un delator que siempre quiso filmar Buñuel en un pretexto a fin de redescubrir el lugar donde su padre amasara la fortuna familiar. Aunque en un momento se pensó que revoloteara en una residencia de Miramar, el ángel exterminador nunca sobrevoló sus calles, pero a ellas volvieron una y otra vez tanto Manuel Altolaguirre (el argumentista y productor de su Subida al cielo) como Paco Rabal. Este arribó primero con una barba de Marqués de Bradomín y años más tarde para personificar a un gallego concebido por Miguel Barnet y Manuel Octavio Gómez. Bardem quizás vio su Calle Mayor en el Paseo del Prado donde Rita cantó como nadie El manisero a las órdenes de Ramón Peón.

Esos portales que guarecieron a Lezama o a Virgilio Piñera de alguna corriente de aire frío, fueron recorridos bajo efluvios etílicos por la Gardner, el Indio Fernández, Hemingway o su fornido Santiago, Spencer Tracy, acompañado de Katherine Hepburn, su eterna amante. En algún cabaret Celeste bailaba un guaguancó como ninguna, o Brando, despojado de la piel de víbora que le endilgara un Tennesse Williams no menos fascinado por la sensualidad de los mulatos habaneros, tocaba tumbadora junto al Chori.

También vieron pasar imperturbable a un Alec Guinnes que para Carol Reed fue ese “hombre en La Habana” de Graham Greene, acechado en cada esquina por un trío de cantantes y visitante del bar Sloppy Joe’s y el teatro Shanghai. Un avejentado Errol Flynn, que luchó contra la pandilla del soborno en la secuencia final de una película rodada en el Castillo del Morro, fue de un bar a otro con su última ninfeta, mientras aguardaba el contacto para viajar a la Sierra Maestra y conocer a los rebeldes que luchaban.

Impactados ante las extraordinarias imágenes de Soy Cuba solo es comprensible el deslumbramiento del fotógrafo Urusevsky, quien consiguió volar su cámara por las callejuelas de La Habana Vieja como las cigüeñas de un Kalatózov, georgiano encaprichado en ponerle voz a la Isla.

Y es que la atmósfera única de la capital de la mayor de Las Antillas se resiste a ser reproducida en Santo Domingo, Veracruz, Río, Barranquilla, o cualquier set hollywoodense, aunque su eclecticismo arquitectónico permita evocar cualquier imaginaria urbe no solo del continente. No por gusto el entrañable Gian María Volontè asumiría aquí los rasgos del Tirano Banderas valleinclanesco, el galo Michel Auclair los del Señor Presidente imaginado por el guatemalteco Asturias y el chileno Nelson Villagra los del tirano ilustrado carpenteriano.

En medio del humo de los cigarros del cabaret La red, Sartre y Simone no cesaron de manifestar su asombro ante la fuerza telúrica de La Lupe, reina absoluta de esa noche que, años antes de su (nuestra) Teresa, retratara Pastor Vega en un cortometraje. Nicolás Guillén Landrián prefirió ver los contornos de los viejos edificios desde la periferia tan nítida en una mirada que dirigiera también hacia ellos otro británico, David Lean, en búsqueda de las locaciones para su imposible versión del Nostromo conradiano. Agnès Varda había atinado con su cámara a aprehender en miles de fotografías la realidad hallada a su paso en sus Saludos cubanos, que incluyó al Benny con sus pantalones de batahola y a Sarita Gómez bailando de cierta manera con el editor Nelson Rodríguez, un mago de prodigiosas manos frente a una moviola.

Para Zavattini el encuentro no fue menos milagroso que aquel de su Totò en una fabulosa Milán. El viaje tan ansiado por Pasolini se postergó tanto que nunca pudo contemplar una puesta de sol en el Malecón y tuvo que conformarse con incorporar al actor cubano Tomás Milián a una escena bíblica en “La riccota”, su episodio de RoGoPaG.

Muchos años antes que la Cecilia de Solás –una suerte de Livia caribeña– se perdiera entre los laberínticos callejones habaneros o David emprendiera un viaje iniciático a través de sus encantos, al tiempo de degustar el sabor de la tolerancia conducido por Diego, el Sergio más de Titón que de Desnoes atisbó La Habana con su telescopio para descubrir esas azoteas en las que Laurita invocara la mítica Madagascar –antes de que Fernando Pérez, su descubridor, orquestara su antológica suite– y a las que Glauber gustaba subir para mirar la ciudad y contar historias.

Soñaba entretanto con los ojos abiertos al intentar sincronizar la imagen y el sonido de Cáncer o escribir la Historia de Brasil desde otra moviola en La Habana. Era el único lugar, según él, donde podía caminar por las calles y se sentía igual que en Bahía. Cuba estaba siempre en su camino, se fuera o volviese, como también para Ruy Guerra, que dotó de vida aquí a la Alma garciamarquiana que se alquilaba para soñar a los miembros de una aristocrática mansión, antes de filmar el Estorvo de Chico Buarque. Cuántos cineastas latinoamericanos se sintieron en el ICAIC como en casa y en esas mismas vetustas moviolas vieron cobrar cuerpo a sus obras.

Otros, como el turco-germano Fatih Akin, el francés Laurent Cantet, el andaluz Benito Zambrano (compositor de su Habana Blues) o el palestino Elia Suleiman, encontraron las condiciones de producción, los intérpretes y técnicos ideales para sus respectivos proyectos.

“No he podido elegir mejor lugar para ponerme detrás de las cámaras”, declaró en cuanto aterrizó aquí el famoso actor boricua Benicio del Toro, dispuesto ahora a recibir un premio Coral de Honor, pero en ese momento a filmar la historia de “El yuma” en el lunes de los Siete días en La Habana.

A más de tres décadas de aquella noche del 3 de septiembre de 1979, cuando se inaugurara en el cine Charles Chaplin la primera edición del Festival de La Habana –como muchos le llaman a esta cita anual de los cineastas de esta América nuestra–, se confirma que el público cubano –indescriptible, según muchos realizadores– solo se ha dejado conquistar sin ofrecer la menor resistencia por el cine.

Cada año, la primera quincena de diciembre deviene un esperado acontecimiento de índole popular. Muchos reservan sus vacaciones para dejarse arrastrar por el torbellino fílmico que azota inclemente las calles de La Habana durante estos once días. Personalidades de todo el mundo destinan un espacio solidario para compartir intensas jornadas en las que sale fortalecido el cine del continente, tierra de rebeldes y de creadores, cuya historia no puede dejar de ser contada por sus cineastas.

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