Indicaciones médicas: Amor


DSC05180Por: Dr. Orlando Jimenez Martín*/(cubaxdentro@yahoo.es)

Recuerdo de niño, cuando todos teníamos la misma ropa, la que se podía adquirir por el cupón de una libreta de racionamiento. Buscando en una prohibida gaveta, era frecuente encontrar un módulo de ropa nueva, incluido calzoncillos, pijamas, toallas, sabanas. Nos preguntábamos ¿cómo era posible eso, si mal vestíamos?. La respuesta, sencilla, era para ir al médico, y por si nos ingresaban.

 Antes de ir a consulta, recibíamos un baño integral, con limpieza de uñas, de oídos,  ombligo, porque los adultos se morían de pena, si era encontrada una sola caspa. De esa manera, se evitaba el bochorno, pero se escondía la realidad.

Para poder tener la visión más integral de un paciente, no hay nada como el trabajo de terreno de sorpresa. Además de ver que agua se toma, como es la higiene de la cocina, baño, también sale a la luz, la dinámica de la familia.

Caminando, subiendo y bajando  las colinas de zonas rurales de uno de los países donde he cumplido misiones internacionalistas, conocí a un paciente viviendo en las más inimaginables condiciones: Amputado de un miembro inferior, y con una prótesis de madera, semidesnudo, postrado crónico. Así pasaba solo, sus días y sus noches, tendido sobre una vieja y sucia colchoneta de esponja, tirada en el piso, en el oscuro rincón de un solitario rancho.

Una sobrina se encargaba de llevar comida tres veces al día. Allí se la dejaba, y se retiraba inmediatamente. Esos  pocos segundos, eran su único contacto con el mundo exterior. Tendido como una vela que se apaga, resignado a su destino.

Al indagar donde orinaba o defecaba el paciente, su respuesta fue una facie inexpresiva y un movimiento de hombros. El insoportable olor hacía evidente donde. La suciedad de su cuerpo era alarmante. Tampoco hubo respuesta a la pregunta de cuándo fue la última vez que tomo un baño.

El trabajo lo realizamos en un equipo formado de una enfermera y una asistente de enfermería nacional. Le tomamos signos vitales, los resultados normales, al igual que su examen físico.

Me entregaron su historia clínica, y me preguntan por el tratamiento. Mi prescripción fue única: la respuesta Amor. Sorprendidas, ambas callaron.

De regreso al consultorio, no pudieron evitar decirme que nunca habían visto ese tratamiento. Debatimos sobre la mejor manera de ayudar, de dar alivio y sobre todo un trato más humano al paciente.

Tomamos fotos, para mostrar a las muy receptivas autoridades de salud, y a un sistema de seguridad social, que funcionaba bastante bien. El ingreso en un Hospital psiquiátrico, se sugería como la forma más urgente y segura de una solución temporal.

Pasaron muy pocos días, cuando una mañana llegue al consultorio, y me aguardaba mi equipo de trabajo. Me dijeron doctor ¿recuerda al paciente abandonado? Fue finalmente ingresado, pero la sobrina pidió una reunión familiar. Se le caía la cara de vergüenza, ante el médico cubano.

Son pobres, pero recabaron toda la ayuda posible, incluidos algunos familiares en el extranjero, le compraron cama, ropa, sabanas, le crearon en su casa todas las mejores condiciones y fueron a buscarlo al hospital. Ya está en su medio. Se curó con su tratamiento.

Me invitaron a una nueva visita, porque su familia quería mostrarme los cambios. Accedí gustoso y creo que la vida deparaba para mi otro de los muchos “pequeños”  momentos en la vida de un médico.

La abandonada cabaña, había sido pintada, se le colocó piso de linóleo, y  acondicionaron una cama. Todo muy limpio, con una mesita para las nuevas pertenencias del paciente. Lo encontré ahora, sentado afuera, tomando sol, con adecuada higiene personal.

Al verme, me regalo una espontánea sonrisa, me abrazo y muy emocionado, me mostró entonces su encía. Me dijo que necesitaba lo ayudara con los dientes.

Pensé, ¡qué cosa tan increíble!, como alguien quien apenas quería hablar, quien no manifestaba ningún deseo de vivir, con cosas tan sencillas, ya quiera una boca sana para reír.

La sobrina encargada de su cuidado, nuevamente volvió a correr hacia mí. Ya no con pena ni vergüenza,  no con un gesto de bochorno. Ahora con un lindo brillo en los ojos, y también con una sonrisa. Para el resto de los sentimientos que en ese momento nos embargan, no encuentro descripción.

Realmente mi papel fue mínimo, pero los resultados hermosos. Los protagonistas de esta historia, son una nueva familia, un poco más funcional, gracias a nuestra modesta intervención. Considero que lo más positivo es la experiencia que quiero compartir: Amor, es una indicación, que no debe faltar en ningún tratamiento médico.

*Médico cubano, especialista Medicina General Interna, Policlínico Antonio Maceo, Municipio Cerro, La Habana, Cuba. Actualmente de  misión médica en San Vicente y las Granadinas.

Fotos: Cortesía del Autor.

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