Batas blancas, corazón en mano


medico1Por: Susana Gómes Bugallo/Cubahora

Es el primer rostro que vemos al nacer. Puede que también el último. Pero recorremos todo un ciclo de vida a su lado. Le tememos cuando somos niños. Disimulamos con el mismo horror interno cuando nos alcanzan algunos años. Le ignoramos si la vida nos va poniendo circunspectos e ignorantes de los malos presagios. Le añoramos cuando no nos queda otro remedio. Le necesitamos desesperadamente si el asunto se pone serio. Y depositamos en su sabiduría y entrega nuestros tesoros más valiosos.

El caso es que nunca nos quedamos a medias en la relación con este ser altruista de corazón en mano. Porque no es solo su corazón el que lleva como escudo ante tanta prueba, el nuestro también se va con él en la aventura, a merced de sus buenos modos, dispuesto a dejarse vivir por su hacer.

Acostumbrados como vamos a los derechos con los que nacemos en un país como Cuba, a veces reparamos poco en su sonrisa y preocupación. “Es su trabajo”, suelen esgrimir muchos. Pero, ¿qué ocurre con aquellos que no lo hacen del todo bien? ¿Hemos sopesado las verdaderas consecuencias de un médico con pocas o malas ganas de hacer?¿Sería lo mismo que una recepcionista que se niegue a ayudarnos en una gestión o de un artista indispuesto para actuar?, con el perdón de los que odiamos las comparaciones.

Más allá de los encuentros diarios en el consultorio, la esquina, el hospital para un chequeo de puro trámite, o cualquier contexto en el que requerimos de un profesional de la salud, y, por supuesto, lo tenemos (cosa rara en cualquier latitud sin los consiguientes dolores de cabeza de índole monetaria), se me antoja hoy que estas líneas —como el pensamiento de muchos cubanos— por este tres de diciembre, viajarán hasta África irremediablemente.

No porque aquellos que están cerca no merezcan nuestras felicitaciones y el mismo cariño que se ganan a diario. Tampoco porque el momento dicte para donde soplar, a tono con el latir de un país. Es que es imposible quedarse impávidos. Es que es inevitable no conmoverse.

Familia

Como joven, he entendido bien eso de ser rebelde sin causa. Como periodista, sé de qué se habla cuando se dice luchar contra el mundo. Como apasionada, llego al final de cualquier asunto al precio de cualquier desvelo. Como enamorada de la vida, suelo entregarlo todo sin ponerme a medir consecuencias. Por eso no me escapo de sentir por los batalladores del ébola. Porque se predice cada historia detrás de cada colaborador.

Todas las hazañas no pueden ser contadas. Y eso que las hay de todos los colores. Pero allá donde no llegan los cronistas, va una, despistada por la vida, y se encuentra a una señora en una guagua que suelta con desparpajo la historia de su sobrino.

Todos le han dicho loco a este muchacho. Nadie quiere entender su obsesión. Tampoco es que se pueda comprender con tanta facilidad. Se requiere de un corazón de esos que no andan si no es con el combustible de quemarse en la entrega, dándolo todo, sin latir si no es allí donde se le llama a gritos.

Pues su joven sobrino se brindó… y fue hacia África. Y aunque la familia trató de “desenquistarle” esa “absurda” idea, allá se fue el dizque alocado muchacho con tal de dar rienda suelta a su instinto médico, que es como decir su sentido de vida. Y en la casa nadie entiende de razones. Todos siguen poniendo en duda si vale más la familia propia que la del mundo.

Así contaba, vociferaba o se quejaba esta señora del P-12. Ella, que quería con sus gritos y su pretendida molestia, engañarme como si fuera tan simple disimular su secreto orgullo, por muy desmesurada que se tornara su normal desesperación. Porque muchachos como este —y como todos los que andan desobedeciendo parámetros— siempre se llevan esos regaños tiernos que zanganean en el limbo de lo que se quiere y lo que se admira. Por lo primero se reclama; por lo segundo se pavonea uno con esa falsa contrariedad, feliz de tener a alguien así en la familia.

Si a algo estamos apegados y tememos como verdaderos seres humanos es a la vida cuando se pone en la cuerda floja. Pero lo de estos sujetos de bata blanca y corazón en mano sigue llevándose más de lo que podemos darle. Cuando alguien lleva en su talento, su actuación y cada uno de sus segundos la vida de cualquier ser humano, no hay modo posible de compensarlo con verdadera justicia.

Si además de jugar con los límites constantemente, subvertir la tranquilidad, saltar al ruedo contra cualquier pronóstico y domesticar sin miramientos las piruetas demasiado atrevidas que suele poner el azar caprichoso en el destino, son capaces de sonreír y llorar, sacrificarse y amar, entregarse y sentir en cualquier circunstancia… pues algunos siguen sin alcanzar los renglones, los reconocimientos, los abrazos.

“Los médicos deberían tener siempre llena de besos las manos”, nos dijo el Apóstol. Llénense de estos mimos entonces los de aquí, los de allá, los que no andan por este continente, los que son nuestros, los que no, los que sanan… todos. Para los que curan almas, para los que nacen de nuestra Escuela Latinoamericana de Medicina (esa joven madura de 15 años), para los que hacen camino, para nuestro Félix que ya hasta casi burló al ébola, para todos los que hacen vida…

2 comentarios en “Batas blancas, corazón en mano

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