La radio y la ciudad de hoy


108_6653Por: Dazra Novak/Cubacontemporanea

Escuché decir a alguien una vez que la radio es para custodios y camioneros. Gente que, despierta durante toda la madrugada y sin otra opción a elegir, solo tiene por compañía a la más pura soledad. También dijo que podía ser cosa de gente mayor demasiado acostumbrada a las novelas radiales, a los programas Nocturno y Alegrías de sobremesa. A lo que, para no contradecirle, respondí que yo también hago guardia y sí, hay noches en que me la paso manejando un enorme camión hacia cualquier parte. Le aseguré que mi alma, en ciertas madrugadas, tiene muchos más años que yo.

En este mundo donde todo a nuestro alrededor nos va “sugiriendo” –de una manera que pasa por natural– lo que debemos pensar/decir/ hacer, donde nuestra imaginación se hace cada vez más sedentaria ante lo fácil y cómodo que resulta ver una serie, jugar playstation o conectarse a Facebook en lugar de leer un libro o hacer algo que dependa únicamente de nuestra creatividad –este viernes mi letra de molde pregunta, como quien no tiene manera de obtener respuesta, pero la intuye–, ¿escucharán los jóvenes de hoy la radio?

Me pregunto si alguno de ellos usará esta herramienta que tienen tan a la mano, en sus propios móviles. Me pregunto si será tan divertido como lo fue para nosotros en la secundaria, esperar la hora de Melomanía, escuchar el programa y de paso dejar un saludo a fulanito o fulanita, colgar y rápidamente timbrarle a ese fulanito o fulanita para que (¡dale, corre!) sintonice la emisora y escuche el saludo del que hablarán al otro día en la escuela. ¿También reírse cuando el locutor equivoca los nombres, molestarse cuando olvida leerlos o encabronarse con los fulanitos porque al final no sintonizaron nada?

Casualmente sé de quien, a varios años de haber partido, muchos kilómetros de distancia y con cierta nostálgica frecuencia en las madrugadas, todavía escucha a través de internet el Jardín de la noche, de Radio Taíno. (Claro que no falta gente a su alrededor que mira como diciendo: ¿en serio usas internet para eso?). Por esas cosas de la vida –y de la radio-, algunos me confiesan lo que nunca hubieran imaginado, han llegado a extrañar ese monorrítmico, informativo e insistente Radio Reloj que los sacaba de quicio y de la cama demasiado temprano, ahora que los abuelos ya no están más.

Sí, esa magia melancólica que emite la voz de alguien que no alcanzamos a ver mientras habla es, por esas cosas de la radio –y de la vida–, me atrevo a decir, lo que también marca la memoria de las épocas y de las personas. ¿No nos recuerda hoy un tiempo otro la vieja imagen de la cola en aquella bodega protestando “¡qué gente, caballero, pero qué gente!” y “por eeeso estaaamos como estaaamos”, ante el falso plan jaba? En aquel entonces solo se trataba de no dejarse meter el pie, pero hoy sabemos que, más que quejarse, la mayoría hablábamos el mismo idioma de Radio Progreso.

Por eso sé que se irá conmigo a todas partes, acomodada para siempre en el recuerdo, esta costumbre de una tía mía que para mi sorpresa ha sustituido la programación televisiva por la radial, y hoy prefiere escuchar el Deportivamente de Radio Rebelde y la novela El tutor, en Radio Ciudad de la Habana. Como también sé que al taller de mi padre, entre tanto hierro, clavo, madera y herramienta disponible, no se le puede hacer sonar otra cosa que no sean las Gotas del saber, o cualquier emisión, de Radio Enciclopedia.

¿No se agradece la radio en esta tierra nuestra tan propensa a los ciclones? –se pregunta mi letra y más–, ¿no la agradecen los televidentes cuya rabieta ante el apagón no quiere perder el capítulo de la novela? ¿No nos regala el programa A buena hora de los sábados la entrada libre al costosísimo bar La zorra y el cuervo? ¿No nos humaniza salvándonos –sobre todo en altas horas de la noche– de esa petulancia moderna de resolver con un simple play lo que preferimos escuchar?

Puede que la radio, al final, no sea para estar tan solos nada. Pienso mientras sonrío al recordar aquel programa de mañana de domingo en Radio Rebelde, donde escuché a varios oyentes cantar por teléfono, desafinados pero divertidos, algún fragmento del tema elegido por los locutores. A lo mejor por eso el sábado en la noche, por la 93.3 de la FM, sonaba el jazz y la voz de la locutora repetía tras varios temas el nombre de una jazzista brasileña, porque con la radio nunca se sabe, cualquiera puede sintonizar y, a la hora que sea, dejar entrar la ciudad.

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