Una niñera para niños grandes


manos_adulto_nen_0Por: Dazra Novak/Una Palabra

Yanesit tiene 33 años, nació en Guanabacoa y hoy vive en Pogolotti con su familia. Para unas doce horas de trabajo, recorre a pie la corta distancia que la separa del Centro Pedagógico Benjamín Moreno, ubicado en la avenida 51, muy cerca del ITM. Tiene dos hijos, una de 14 y otro de 4, aunque así me dijo casi al final: “cuando la gente me pregunta, ¿Cuántos hijos tú tienes? yo les digo, dos y veinte postizos”.

Cuando llegué al centro uno de ellos me abrió la reja y tan bien me habló que no le noté ningún tipo de retraso mental. Los que estaban sentados en los bancos o recorriendo el lobby sí tenían rasgos del Síndrome de Down. Algunos me siguieron con la mirada y hasta sonrieron, otros, ni siquiera notaron mi presencia. La cocinera me ofreció una silla del comedor y le dijo a aquel muchacho que llenaba un cubo de agua: “Grego, limpia hasta aquí y déjamela a ella sentadita ahí, ¿oíste?”

Gregorio repitió, sin apartar ojo de mí, una jerigonza en la que adiviné que me decía: “quédate tranquilita ahí” y restregó la colcha empapada bajo las mesas del comedor. De tanto en tanto me volvía a mirar y sonreía con algo de timidez y curiosidad. Cuando Yanesit entró, lo primero que hizo fue mirarlo a él, tirarle un besito y le dijo dulcemente pero con autoridad “yo sé que te encanta baldear, pero no eches tanta agua hoy”. Fue entonces que me saludó y se sentó a mi lado.

¿Cómo empezaste a trabajar en este centro? “Aquí te piden noveno grado para entrar a trabajar y tener habilidad en el cuidado con los pacientes. Bueno, a veces les llamamos “los niños”, porque son grandes, pero sus cerebros funcionan como si fueran niños. Los más pequeños son los de psicopedagogía, de más o menos nueve años, la mayor que tenemos en el centro ya cumplió sesenta.”

“Yo trabajo doce horas al día, un día sí y un día no. Llevo doce años trabajando aquí y me gusta mucho. Ellos se portan muy bien, lo que hay es que entenderlos. No los puedes maltratar, si no los tratas bien se ponen agresivos, tienes que írteles por debajo, no se les grita, eso no resuelve nada, bastante tienen ya con la vida que les tocó.”

“Yo trabajo en una sala que es la más difícil de aquí. Conozco todo de ellos, sé cuando están enfermos, cuando están decaídos, penetran tanto dentro de ti que sientes como si fueras su mamá.” ¿Vienen todos los días? “Algunos son internos y otros son seminternos, esos que los padres dejan por la mañana y luego los recogen.” ¿Cómo es la reacción, el trato de las familias? “Hay familias que se preocupan bastante, pero hay otras que los dejan aquí y no vienen nunca más, esa es la verdad.”

¿Cómo te sientes tú con respecto a ellos? “Llega un momento en que los quieres tanto, por ejemplo, cuando salgo de vacaciones, yo los extraño, el corazón de uno los lleva dentro, por eso te digo, para hacer este trabajo, tiene que gustarte de verdad. Aquí ha habido niñeras que no logran compenetrarse con ellos, porque en el fondo no es este el trabajo que les gusta hacer.”

“Aquí les enseñan juegos didácticos, educación laboral, no es una enseñanza como la de la escuela, sino de cosas prácticas, para desarrollarles habilidades con las manos, cosas del hogar, bordar, tejer. La niñera siempre tiene que estar atenta y no dejarlos solos mucho tiempo. Hay algunos que ayudan, por ejemplo, Gregorio puede limpiar, el otro bota la basura o tiende las camas, tú los vas enseñando y así pueden valerse por sí mismos.”

“Ellos se levantan de seis a seis y media, en ese horario se hace también el relevo, porque tienen un cuidador toda la noche. Empieza el desayuno, después se bañan, algunos merodean por la sala, a veces les ponen música aquí afuera, algunos van con la maestra a hacer cosas, según las habilidades que tengan, puede ser plastilina o jueguitos para armar y desarmar. Lo que más les gusta es la música.”

¿Qué le recomendarías a alguien que haga este trabajo? Ya te digo, tiene que gustarte y sobre todo tener mucha paciencia, las dos cosas, una pegadita a la otra porque a veces hacen cosas que fácilmente pueden sacarte de quicio. No puedes cogerles miedo, ellos no hacen nada, ellos son niños, tienen una mentalidad de niño. Por ejemplo, a Gregorio todos los días hay que recibirlo con un besito, si le das un besito entonces él siente que tú lo quieres, y se porta bien.”

¿Si yo te pidiera una palabra para describir tus doce años de trabajo aquí?: “No sé bien qué podría decirte, es algo que debe gustarte, porque si no un buen día te cansas, te aburres, sería algo parecido a la paciencia, a sentir cariño hacia ellos, creo que la palabra sería amor. Yo me siento la mamá de todos ellos, a lo mejor por eso los padres más preocupados tienen plena confianza en mí.”

“Ay, muchacha, si una vez se me murió uno y yo fui a su casa, al entierro, a todo. No me lo podía creer, las lágrimas me corrían, me sentí tan triste. La gente me decía, ¡pero, y ese llanto!, y yo les respondí, ¿cómo no voy a llorar si yo viví años con él, ahí, un día sí y un día no? Eso fue hace tres años. Yosvany tenía casi cuarenta. Por eso cuando la gente me pregunta, ¿cuántos hijos tú tienes? yo les digo, veintidos, dos normales… y veinte postizos.”

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