El Che entre líneas, todos los días


che_guevara-conversa-con-fidel_castro.jpg_829533840Por: Dilbert Reyes Rodríguez/Cubahora

Otra vez, porque el día siguiente era ocho de octubre y debía dirigir una asamblea de la Unión Jóvenes Comunistas (UJC), pensé en recurrir al símbolo del Che. Una frase, una canción, una foto tal vez, colgada en la pared sobre la presidencia.

Volví entonces a hurgar en la cascada digital de imágenes y videos que guardo en la PC, cuando sin previo aviso, como una bofetada a la conciencia embobada por la inercia, me sorprendió del archivo la foto dolorosa de su cuerpo asesinado, tendido y ultrajado; pero de unos ojos grandes y abiertos, tan abiertos que parecían hablar.

No busqué más, ni volví a pretender el homenaje frío de la foto, la frase o la canción, y preferí detenerme a revolver algo de todo aquello que nos dijo vivo; porque si hay palabra útil en los tiempos urgentes, es aquella que habló él, siempre desde el altar tremendo del ejemplo personal.

Y escogí el trabajo. No sé por qué razón esta palabra con frecuencia se nos queda vacía en la respuesta de tanta gente de la que se espera algo y no acaba de rendir: Estamos trabajando en eso, dicen a menudo para sellar con aire convincente una frase que se parece demasiado a una excusa.

Da pena, sinceramente, escuchar eso y pensar en el Che, cuando lo revivimos descamisado al pie de una producción cualquiera, colocando bloques, tironeando un tractor, acarreando sacos o empujando una carretilla de concreto.

El trabajo fue para él, quizás, la segunda utopía de su vida, solo detrás del ansia gigantesca de conseguir la justicia social plena de los pueblos. O no estuvo, tal vez, desligada nunca de su gran sueño de la emancipación humana, y era el trabajo entonces una continuidad insoslayable a la liberación conseguida por las armas; porque el trabajo productivo da a una nación garantías de libertad y es complemento necesario para la verdadera justicia social.

Del propio texto magnífico, El Socialismo y el hombre en Cuba, sale redondeado un pensamiento profundo que nos permite calificar al Che como un preclaro economista que sitúa al trabajo productivo como sostén de la sociedad en construcción: “Todo se reduce a un denominador común en cualquiera de las formas en que se analice: al aumento de la productividad del trabajo, base fundamental de la construcción del socialismo y premisa indispensable para el comunismo”.

Como principio y necesidad social, muy poco —por evitar lo absoluto que implica la palabra nada— ha cambiado entre el presente y los años iniciales de la Revolución en que el Che se “gastaba” un día entero codo a codo con los obreros de una fábrica.

De allá a acá, sigue siendo el trabajo productivo el único modo en que nuestra economía pueda aspirar a multiplicarse en beneficios y solventar el bolsillo familiar. Sin embargo, se requiere retomar algunos de esos enfoques que el propio Guevara practicó para alentar al trabajo, sobre todo el creador, el contagioso, ese que impregna en los demás “el espíritu de ponerle pies, alas, cualquier cosa a todo; el espíritu de volar en la producción, el espíritu de ir hacia delante, rompiendo todos los obstáculos, barriendo con todo lo que se oponga al cumplimiento del deber social”, como dijo una vez a unos obreros destacados en 1962.

Y en eso cuenta mucho el ejemplo del dirigente, que tanto defendió porque aleccionó con su actitud personal. No se cansó nunca el Che de convocar a que en cualquier lugar no desaprovecharan la oportunidad de trabajar juntos en las labores rudas, con cierta frecuencia, los administrativos y los obreros, para que fueran testigos de un acto verdadero de cambio de mentalidad y formación de conciencia, capaz de borrar las diferencias elitistas que a veces subyacen entre el trabajador manual y el intelectual.

“El trabajo —sentenció— es el factor que desarrolla más que ningún otro la conciencia de los trabajadores” ¿Qué nuevas interpretaciones se requieren para intentar aplicar su pensamiento a la nueva dinámica económica que impulsa el país desde el Sexto Congreso del Partido? ¿Qué otra cosa, sino el trabajo productivo, podría concretar la aspiración de catapultarnos al progreso?

Es cierto. La realidad de una Isla que procura afianzar la economía como pilar de su sistema social, también ha generado ciertas impaciencias.

De un lado, las revolucionarias de millones que esperan resultados ágiles y necesarios, y por otro, las “desbocadas” de los menos —desproporcionadamente menos— que pretenden crear dudas y confusiones sobre los nuevos derroteros de Cuba. Sin embargo, para la abrumadora mayoría, la espera impaciente no puede ser nunca la de brazos cruzados y mirando al cielo. Nada puede esperarse sino de nosotros mismos, y el trabajo siempre será la mejor garantía del individuo y su Revolución socialista. Claro que no avanzará nunca el país lo suficiente si sus hijos no “halan parejo”, y solo algunos mueven el carro que reparte por igual sus bondades sociales.

Y es que el trabajo real, el que genera bienes y servicios de calidad, el que fortalece ideologías irrenunciables, zafa los nudos de la burocracia, construye, cura o educa, o sea, todo el económico y socialmente útil de verdad, no puede salir solo de las manos de hombres excepcionales, esforzados o incondicionales. Siempre habrá unos mejores que otros, pero la comparación entre los hombres del socialismo debiera ser entre el que trabaja bien y el que trabaja mejor, entre quien cumplió la norma y quien la sobrecumplió. ¡Nunca entre el que trabaja y el que no! La sociedad no debiera admitir jamás esa relación.

El hombre tiene que sentir que el trabajo es la fuente de todas sus ganancias y, como tal, la única solución a sus necesidades: las básicas y absolutamente todas las demás.

En eso, creo, también está el reto mayúsculo de cambiar mentalidades, como ese de aprender primero y enseñar luego a los jóvenes que el trabajo no es un deber social para demostrar esfuerzos, compromisos políticos o incondicionalidad. El trabajo no puede ser para crear fachadas.

A propósito de los jóvenes y el trabajo, nadie debería repetir nunca que la juventud está perdida, ni gastarse en reclamarle valores sin hacer nada para educarla. No basta con explicarle qué está bien y nada más. Es preciso convencerlos, llevarlos de la mano a demostrarles que es posible sentir placer por lo que hacen, porque el dinero ganado honradamente es la mejor forma para vestir a la moda, llevar a la novia de paseo u organizar fiestas magníficas.

Si así sucede, ya veremos que los valores humanos, cívicos y morales nunca se perdieron; porque el trabajo verdadero hace a los hombres, automáticamente, más esforzados, dignos, honrados y revolucionarios.

Esos hombres finales, resultados del trabajo creador, fueron los que soñó el Che una vez, y para los que habló cada ocasión que pudo, y con quienes compartió el sol a la espalda, y por quienes murió mientras buscaba fundar nuevas revoluciones de pueblos laboriosos que supieran defender su libertad a costa de su propio sudor e inteligencia.

El Che no dijo más porque se dedicó a hacer mucho más, y por eso es mejor encontrarlo en la actitud ejemplar que en la prédica verbal.

Tal vez sea ese el secreto de que se nos convirtiera rápido en un símbolo de muchas cosas utópicas, y que a la vuelta de 47 años queramos usarlo para forzar la solemnidad de una asamblea, sin reparar en que ganamos todos, y ganamos más, si intentamos mejor reproducir al menos una pizca de su ejemplo, en cualquier lugar y a cualquier hora de nuestra cotidianidad.

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