El dolor aún se multiplica


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Por: Leticia Martínez/Cubahora
Regresa octubre, y con él todos sus malos días. Para Cuba, no ha sido este un mes de alegrías. En octubre mataron al Che. En octubre desapareció Camilo. En octubre nos destruyeron un avión en pleno vuelo, y este lunes, de nuevo día seis, vuelven las imágenes de aquellos padres destrozados ante las fotos de sus hijos asesinados, o la fila interminable de personas que se reunieron en la Plaza de la Revolución para llorar juntos la muerte de 73 almas inocentes.Lo había dicho Fidel en el sepelio de las víctimas: “No podemos decir que el dolor se comparte. El dolor se multiplica. Millones de cubanos lloramos hoy junto a los seres queridos de las víctimas del abominable crimen. ¡Y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla!”. Treinta y ocho años después aquel dolor continúa multiplicándose. Nada ha cambiado desde entonces. Sigue la tristeza sin consuelo, los recuerdos congelados, la despedida eterna, y la injusticia paseándose frente a todos porque el autor del crimen continúa sin castigo.

Aquel aciago día, la aeronave CU-455 de Cubana de Aviación traía de regreso a Cuba un puñado de sus mejores jóvenes. Los muchachos de la Selección Nacional de Esgrima viajaban con todas las medallas de oro ganadas en el Centroamericano, esas que “no yacerán en el fondo del océano, se levantan ya como soles sin manchas y como símbolos en el firmamento de Cuba; no alcanzarán el honor de la olimpiada, pero han ascendido para siempre al hermoso Olimpo de los mártires de la Patria”

Venían además once jóvenes guyaneses, seis de ellos con la ilusión de comenzar a estudiar Medicina en Cuba, y cinco pasajeros de Corea del Norte, que por aquellas jornadas andaban visitando varios países de América Latina. La edad promedio de los que viajaban en el DC-8 siniestrado no sobrepasaba los 30 años.

Ninguno de ellos pudo cumplir los planes con los que subieron a aquel avión. Justo a las 12 y 23 del mediodía, se escuchó la primera alarma en la torre de control: “¡Cuidado”!, gritó el piloto Wilfredo Pérez, hombre íntegro, noble, merecedor de la Orden de Héroe del Trabajo. Solo tres minutos después, y luego de dos explosiones dentro de la nave, se vuelve a escuchar: “¡Cierren la puerta, cierren la puerta!”… “¡Eso es peor, pégate al agua, Felo, pégate al agua!” Hasta que irremediablemente caen al mar. “Es inimaginable el drama que tiene que haber significado para los pasajeros y los tripulantes la explosión y el incendio encerrados en una nave aérea a una altura aproximada de 6 000 metros”, diría luego el Comandante en Jefe ante el millón de personas reunidas por el luto

Así se consumaba el acto de terrorismo más grande ocurrido en el Caribe, cuyo gestor, Luis Posada Carriles, casi cuatro décadas después aún respira aires de libertad — bajo protección oficial del gobierno de Estados Unidos—, a pesar de su demostrada responsabilidad y de haber confesado ante las cámaras de televisión que “de cualquier hecho en contra del régimen de La Habana me responsabilizo totalmente”.

Fueron las manos asesinas de Freddy Lugo y Hernán Ricardo las que colocaron las bombas. Fue Hernán Ricardo quien dijo telefónicamente, sin gota de remordimiento en su alma: “Dile a Luis (Posada Carriles) que el autobús con los perros se cayó”. También fue Hernán Ricardo quien en el patio de la cárcel donde se encontraba recluido gritó: “Nosotros pusimos la bomba, ¿y qué?”.

Mientras tanto, Odalys, la hija del capitán Héroe, se queda con una promesa sin cumplir. A sus diez años no tuvo el viaje a la playa con su papá, ese que él le había estado prometiendo. Desde entonces, se imagina a su padre tratando de guiar aquel avión siniestrado, y se enorgullece de la valentía del hombre más importante en su vida.

Mientras la impunidad se pasea, Alberto Cremata (Tin), a pesar de habérsele roto el corazón aquella noche que lo despertaron en los Camilitos para decirle del accidente del avión en que viajaba su padre, se ha pasado la vida repartiendo amores. “Tenemos un sueño común de que papi no ha muerto, o sea, la certeza de la muerte no la admitimos ni la admitiremos nunca. Papi era un héroe real, o sea, papi fue mi Elpidio Valdés, mi Maceo…Era un héroe de esos, hasta de cómics, de dibujos animados. Era una persona que no puede ser asociada absolutamente con la muerte, no puede ser”.

Por eso, tantos años después, quienes no sufrimos en carne propia tales ausencias, seguimos multiplicando con ellos el dolor. No llegará nunca el día del olvido. Y nos seguirá emocionando aquella hilera de autos que entró a la Plaza de la Revolución con los pocos restos encontrados, seguiremos llorando con la imagen del padre que besa la foto de su hijo, pero por sobre todas las cosas continuaremos exigiendo justicia, condenando el terror, haciendo del día a día de este país un tributo para ellos.

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