Las elecciones en Brasil y la geopolítica panamericana


Dilma y Marina Silva

Por: Renato Recio/Progreso Semanal

El gobierno de Estados Unidos, tenedor y cuchillo en manos, debió estar relamiéndose en agosto y en la primera mitad de septiembre, ante la posibilidad de que Marina Silva le sirviera, en bandeja de plata, el filete miñón de la soberanía brasileña, suponiendo que esta candidata obtuviera la presidencia de Brasil, luego de concurrir a una segunda vuelta electoral a finales de octubre.Ahora casi todos los análisis apuntan a que en los comicios del próximo domingo Dilma Roussef habrá de alcanzar una amplia ventaja aunque insuficiente para asegurar la presidencia que se tendría que discutir el 26 de este mes.

Esta convocatoria final parece todavía guardar algún riesgo para la reelección de Dilma, ya que Marina Silva pudiera verse reforzada por votantes de Aecio Neves, o de la propia Silva, si se produjera la sorpresa de que Neves superara a la candidata que hasta hace muy poco se daba como segura ocupante del segundo lugar en la etapa primaria.

Según Datafolha, Rousseff, encabeza con claridad la elección con 15 puntos de ventaja: 40 por parte suya y 25 por parte de Silva.

Además, parece claro que una victoria sólida de la actual presidenta este fin de semana tendría potencial para nutrir la tendencia sostenida de los últimos días, cuando Marina Silva ha venido perdiendo simpatizantes al tiempo que Dilma Rouseef sumaba adeptos.

Este comportamiento de los electores parece explicarse en gran parte por el develamiento pertinaz de que, detrás de sus edulcoraciones verbales, Marina Silva esconde, más mal que bien, el propósito de retomar el agotado proyecto neoliberal “puro y duro” que ensayó Fernando Henrique Cardoso en la década de los 90, para concluir con un rotundo fracaso económico y la posterior pérdida del poder político de la derecha desde 2002 hasta la fecha.

La reedición de un neoliberalismo sin límites que sacrifica por definición el provecho público ante los altares del mercado y del capital internacional, significaría la pérdida de valiosas conquistas sociales, políticas y económicas, y tendría como corolario la vuelta al revés de la actual política exterior de Brasil.

En efecto, la candidatura de Marina Silva y varios líderes del Partido Socialista Brasileño (PSB), han estado proponiendo “relanzar” las relaciones con Estados Unidos, “flexibilizar” el MERCOSUR, revisar la actuación brasileña en el seno del foro BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), y repensar los puntos de vista en torno a la cooperación Sur-Sur.

Mauricio Rands, coordinador de la campaña del PSB lo dijo todo con pocas palabras: “Obama tendrá mucha afinidad con el Brasil de Marina Silva”.

Correspondientemente, ese Brasil al que alude Rands, tendría muy poco que ver con los esfuerzos integracionistas de América Latina y el Caribe y con las diversas instituciones que se han ido creando en el área para impulsar la unidad continental y la defensa de las soberanías nacionales.

Un eventual triunfo de la candidata opositora le daría la oportunidad de mostrar su afinidad con Washington en la Cumbre de las Américas, que se efectuará en Panamá, en abril de 2015.

Un Brasil gobernado por Marina Silva hubiera ayudado, sin dudas, a que Obama enfrente los difíciles dilemas que se le plantean por la asistencia de Cuba a esa reunión, invitada por el gobierno anfitrión.

Ahora se dice que si el Presidente estadounidense asiste, la ultraderecha de su país lo condenará por haberse doblegado ante la diplomacia cubana y las exigencias de un nutrido grupo de naciones del área.

Y si no concurre a Panamá, también lo acusarán por haber dejado morir al único foro verdaderamente continental donde Estados Unidos puede intercambiar y debatir ideas e influencias con la totalidad de los países del área.

Pero si Marina resultara electa –digo, es un decir– Obama se apoyaría sobre un discurso proveniente nada menos que del gigante brasileño, cuyo contenido será copia de la muy manipulada tesis de la violación de los derechos humanos en Cuba, una cantinela que Estados Unidos ha mantenido para justificar su añeja guerra no declarada contra la pequeña isla del Caribe.

Quizás un escenario como ese sería aceptable para que Obama asistiera a la Cumbre y tratara de legitimar un enfoque maquillado de la irrefrenable ovación hegemónica de su país. Una buena ocasión para poner sobre la mesa la manzana envenenada del bloque Alianza del Pacífico, creado por Estados Unidos y conformado hasta ahora solamente por Colombia, Chile, México y el Perú.

Un quizás muy poco probable, pues las huestes de Dilma Roussef, catalizadas por el factor Lula, parecen haber hallado ya el camino hacia la victoria.

Sin embargo si al fin se logra el triunfo de las fuerzas progresistas y nacionalistas de Brasil, habrá que juzgar esa victoria con sus elementos de derrota, que los tuvo, para sacar las conclusiones y enmiendas pertinentes.

Los latinoamericanos y caribeños tienen mucho que aprender de esa experiencia.

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