#26J: El Movimiento 26 de Julio y el DR en un enero de encrucijadas


26-julio-cuba1

Por Frank Josué Solar Cabrales/Tomado de La Cosa

INTRODUCCIÓN

En el año 2010 una especie de sismo de baja intensidad sacudió los cimientos de la historiografía sobre la Revolución Cubana y le planteó nuevos retos. La mayoría de los cubanos conoció entonces, a través de la publicación en Granma de fragmentos del libro La contraofensiva estratégica, de Fidel Castro Ruz, un documento histórico cincuentenario, que no se correspondía con el relato hasta el momento predominante sobre el proceso de unidad entre las fuerzas revolucionarias. Se trataba de la carta escrita por el Comandante en Jefe Fidel Castro al Comandante Ernesto Che Guevara de la Serna el 26 de diciembre de 1958, en la que le daba la orden de que avanzara hacia La Habana solo con las fuerzas del Movimiento 26 de Julio, y descalificaba en muy duros términos al Directorio Revolucionario. Si por la misiva conocemos que, en las postrimerías de la dictadura, Fidel consideraba un grave error político y sin sentido compartir fuerza, autoridad y prestigio con esa organización, “un grupito cuyas intenciones y cuyas ambiciones conocemos sobradamente, y que en el futuro serán fuente de problemas y dificultades”, será muy difícil entonces continuar haciendo una historia simplificada de la unidad revolucionaria, que no tome en cuenta o reste importancia a las complejidades que tuvo que enfrentar y superar.
Estoy convencido de que el debate acerca de nuestra historia, sobre todo la del período insurreccional y los primeros años posteriores al triunfo rebelde de 1959, constituirá cada vez con más fuerza en el futuro inmediato uno de los campos de batalla política fundamentales en la defensa de la Revolución Cubana. Enfrentar con éxito la guerra de pensamiento en el ámbito de las ciencias sociales se dificultará mientras abunde sobre el período revolucionario una historiografía edulcorada en la que no existen contradicciones intra e inter organizaciones, al tiempo que se deforman o silencian algunos hechos para ajustarlos a un discurso pre establecido. Una forma de hacer historia que se reacomode en distintas versiones de acuerdo a requerimientos políticos del presente llega a desfigurar las realidades hasta convertirlas en caricaturas, que son siempre fáciles de sustituir por otras. Para los revolucionarios la historia debe ser aliada, no subordinada a la que de antemano se le fijen los resultados y conclusiones que deberá arrojar; para que sus lecciones, extraídas mediante la investigación seria y el análisis riguroso, sin mediaciones ni esquemas preconcebidos, puedan servirnos mejor ante los desafíos del presente.
Tenemos el imperativo de reflejar en toda su complejidad el devenir de la Revolución Cubana, pues en la medida que entendamos y dilucidemos las dificultades y diferencias que debieron superarse en asuntos tan vitales como el de la unidad revolucionaria, podremos aquilatar en su verdadera dimensión el talento político de sus hacedores.13-de-marzo

Considerada estratégica por el discurso político, la unidad es la principal garantía de defensa de la Revolución. Por tanto todo lo que vaya contra ella o contribuya a debilitarla es contrarrevolucionario. Pero hay distintas maneras de entender la unidad, y en vez de asumirla como resultado del consenso al que se llega tras la discusión franca y abierta de distintos puntos de vista entre revolucionarios, muchas veces ella ha sido confundida con unanimidad, con la ausencia de debate y de criterios divergentes, con la obediencia y la anuencia a todo lo que provenga de estructuras superiores. Esta concepción equivocada ha construido una historia de la unidad totalmente falseada según la cual ella transcurrió desde el principio sobre un lecho de rosas, como algo dado, sin la presencia de contradicciones, o en todo caso, si las hubo, las reconoce mínimas e intrascendentes. Otra característica de este constructo es la pretensión de que todos aceptaron naturalmente desde el primer momento el liderazgo de Fidel Castro y del M-26-7 como fuerza hegemónica y dirigente.
Lo que está detrás de eso es que en realidad costó mucho trabajo lograr la unidad. Fue una labor de orfebrería, y en el ánimo de protegerla, sus protagonistas han considerado que lo más positivo es sepultar en el olvido muchas de las contradicciones de ayer, borrarlas para que no empañen la obra que con tanta dificultad se construyó. Tomando en cuenta que la nuestra es todavía una Revolución relativamente joven y que el espacio de tiempo que nos separa de aquellos acontecimientos es todavía corto, han pensado que es más saludable concentrarse en lo unitario y desechar todo lo que pueda alejarlos entre sí o reavivar heridas de antaño.
Este tipo de discurso tiene dos problemas fundamentales. El primero, desde el punto de vista histórico, es su falsedad, que nos aleja de lo que en realidad ocurrió. El otro, desde una perspectiva política, es que asienta la unidad sobre bases endebles, y demerita la grandeza de los protagonistas en lograrla a pesar de todos los obstáculos, aparte de que deja sin explicar numerosos espacios vacíos, fértiles para ser manipulados desde perspectivas contrarias a la Revolución.
La unidad debe ser analizada como realmente fue, un proceso complejo y contradictorio de flujos y reflujos, con momentos de tensión y distensión, acercamientos y lejanías, consensos y disensos, cuyo resultado se edificó sobre la base de objetivos comunes y luego de superar enormes dificultades.
Es lógico, normal y hasta deseable que entre los revolucionarios surjan innumerables puntos de conflicto, polémicas, visiones distintas sobre los caminos a seguir y las medidas a tomar. Es natural, porque en la esencia misma del ser revolucionario, en su naturaleza, está la comprensión crítica del mundo circundante, el arribo a conclusiones propias y la lucha con pasión por transformarlo. En un proceso como la revolución, donde confluyen tantos rebeldes e inconformes, son inevitables las contradicciones. Una unidad sólida no consideraría las discusiones y los conflictos entre revolucionarios como algo dañino y peligroso que debe ser atajado, conjurado y prevenido, cubierto con el manto del silencio y constituir materia del olvido para la historia, sino como expresión de vitalidad y como estado natural de existencia de las revoluciones.

EL MOVIMIENTO 26 DE JULIO, EL DIRECTORIO REVOLUCIONARIO Y EL GOBIERNO PROVISIONAL.

Cuando el 1 de enero de 1959 Enrique Oltuski Ozacki, Coordinador del Movimiento 26 de Julio en Las Villas, después de un azaroso recorrido llegó a Santa Clara y le entregó al Che la carta que Fidel le había enviado desde el 26 de diciembre de 1958, ya el jefe invasor había recibido por radio ese mismo día la orden del Comandante en Jefe del Ejército Rebelde de ocupar cuanto antes y solo, sin compañía, la fortaleza de La Cabaña en La Habana.
En las últimas horas los acontecimientos habían adquirido un ritmo vertiginoso. Fulgencio Batista Zaldívar y sus principales cómplices habían escapado del país, mientras en Columbia el recién nombrado por el dictador Jefe de Estado Mayor del Ejército, General Eulogio Cantillo Porras, había traicionado el acuerdo que tenía con el Ejército Rebelde y fraguaba, en connivencia con la Embajada norteamericana, un golpe de Estado que pretendía frustrar el triunfo de la Revolución y poner el poder en manos de una junta cívico-militar presidida por un magistrado del Tribunal Supremo, Carlos Manuel Piedra Piedra. Fidel, desde Palma Soriano, respondió de inmediato al intento de despojo lanzando por Radio Rebelde una proclama en la que convocaba al pueblo a la huelga general. Además ordenaba a sus Comandantes ocupar las principales ciudades del país y rendir incondicionalmente los objetivos militares a su paso. Las operaciones bélicas proseguirían mientras no estuviera asegurada la victoria y garantizado el pleno reconocimiento al único Gobierno legítimo: el del Dr. Manuel Urrutia Lleó, proclamado Presidente de la República por la mayoría de las organizaciones opositoras a Batista, nucleadas en el Frente Cívico Revolucionario desde julio de 1958.
En La Habana, como en el resto del país, el pueblo salió a las calles a celebrar con júbilo la caída de la dictadura. Las milicias urbanas del Movimiento 26 de Julio tomaron las instituciones policiales y represivas, además de varias dependencias oficiales y medios de comunicación, y mantuvieron bajo su control el orden en la capital. A las tareas de seguridad y apresamiento de criminales también contribuyeron, en menor medida, grupos armados del Directorio Revolucionario[1].
Durante la tarde y la noche del 2 de enero de 1959 fueron entrando en La Habana las distintas fuerzas del Ejército Rebelde. Aunque sus hombres habían combatido juntos en la Campaña de Las Villas, bajo el mandato unitario del Pacto del Pedrero, no se estableció coordinación entre el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario para el avance sobre la capital, y tras el descalabro del régimen cada organización desarrolló sus planes de forma independiente. De acuerdo a las órdenes recibidas de su jefatura, la Columna 2 “Antonio Maceo”, bajo el mando del Comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán, ocupó Columbia, el principal recinto militar del país; y la Columna 8 “Ciro Redondo”, dirigida por el Che, penetró en la fortaleza de La Cabaña. Mientras las tropas del Movimiento 26 de Julio controlaban los dispositivos castrenses de mayor importancia, los destacamentos guerrilleros del Directorio Revolucionario, que llegaron a La Habana el día 3, se concentraron en objetivos de enorme trascendencia política: el Palacio Presidencial, el Capitolio Nacional y la Universidad. Los dos primeros eran las sedes del Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo de la República, respectivamente, y el tercero ejercía una influencia considerable en todos los órdenes de la vida nacional. Además ocupó dos establecimientos de carácter militar, la Base Aérea de San Antonio de los Baños y la Academia Militar de Managua.
Dos de estos sitios eran de mucho simbolismo para el Directorio. La Universidad, donde estableció su Estado Mayor, lo había visto surgir y librar sus primeros combates durante 1955 y 1956, y los estudiantes habían sido su fuente fundamental de militancia, sobre todo en sus orígenes. A la mansión presidencial habían acudido los combatientes del DR el 13 de marzo de 1957 para intentar la eliminación física del dictador y producir la caída del régimen. Las acciones de ese día, en las que perdieron varios compañeros, incluido su líder natural, José Antonio Echeverría, marcaron para siempre la historia posterior de la organización[2].
En tanto se clarificaba la situación en La Habana, Santiago de Cuba fue declarada capital provisional de la República y allí se instauró y realizó sus actividades iniciales el Gobierno Revolucionario. Ya Urrutia había jurado como Presidente frente al pueblo congregado en el Parque Céspedes en la noche del 1ro de enero de 1959, y el día 3 tomaron posesión los primeros ministros en el acto de constitución del Gobierno, celebrado en la Biblioteca de la Universidad de Oriente.
Los miembros del nuevo Consejo de Ministros pertenecían en su mayoría al Movimiento 26 de Julio. El resto lo formaban figuras políticas independientes, sin ninguna trayectoria insurreccional. Como señala el investigador Reinaldo Suárez:
…la composición del gabinete, hasta ese momento, era el fruto de la iniciativa presidencial o de la dirección del Movimiento 26 de Julio, en especial de su líder, doctor Fidel Castro.(…) A todas luces, era el Movimiento 26 de Julio el gran orfebre de la toma del poder y de la articulación del Gobierno Revolucionario. El liderazgo del doctor Fidel Castro era indiscutido y los presupuestos de su conducción lograron imponerse.[3]
El control del 26 de Julio sobre el Gobierno reflejaba la situación real del país, donde pesaba decisivamente la hegemonía que esa organización había conquistado a lo largo de la insurrección. El Movimiento 26 de Julio era el núcleo revolucionario de mayor militancia y extensión, y su ejército la fuerza armada de mayor poder y experiencia militar. Más importante aún, contaba con un abrumador respaldo popular.
Durante el período anterior al triunfo el Directorio Revolucionario y el Movimiento 26 de Julio no concertaron el procedimiento a seguir en la conformación del Gobierno tras el derrocamiento de la dictadura. El Pacto del Pedrero se limitó a las operaciones militares de ambas organizaciones en la provincia de Las Villas, y el Pacto de Caracas, firmado por todos los sectores insurreccionales, quedó pendiente de ratificarse en una reunión en la Sierra Maestra que nunca llegó a efectuarse, en la que debían elaborarse las bases definitivas de la unidad y precisarse las características del futuro poder revolucionario. El Directorio ni siquiera participó del consenso mínimo alcanzado en el Frente Cívico Revolucionario, de aceptar como Presidente de la República al candidato presentado por el Movimiento 26 de Julio, Manuel Urrutia.
Como resultado, en los primeros días de enero de 1959 la sede del Ejecutivo se encontraba en manos de la única organización del Frente Cívico que no había reconocido a Urrutia como Presidente, y que reclamaba participación en la articulación del Gobierno Revolucionario. Por otra parte, una vez puesta La Habana bajo control de las tropas rebeldes se hacía necesario el desplazamiento del Gobierno hacia el Palacio Presidencial para normalizar su funcionamiento y afianzar su legitimidad. Estas circunstancias generaron tensiones entre el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario durante los días 4 y 5 de enero de 1959.
Luego de un intento infructuoso de hablar por teléfono con Faure Chomón, Camilo y el Che se dirigieron en las primeras horas del 4 de enero a la mansión gubernativa para demandar su entrega y la instalación allí de Urrutia y su gabinete. Fueron recibidos por una comisión del Directorio, integrada por Guillermo Jiménez Soler, Enrique Rodríguez-Loeches, Alberto Mora Becerra, Gustavo Machín Hoed de Beche, y Juan Abrantes. En la conversación no se llegó a ningún acuerdo. Así lo recuerda Guillermo Jiménez:
El Che llegó con Camilo y fue él quien planteó el asunto, en definitiva, de que nosotros saliéramos de Palacio, pero nos lo planteó como un ultimátum. En un tono muy suave, incluso sin drama. Yo le dije que nosotros estábamos en una posición de tratar de encontrar una solución correcta, que no pusiera en peligro la Revolución, pero que no podía aceptarle lo que me estaba planteando de que abandonáramos aquello en 24 horas o algo así, porque me parecía que eso era un ultimátum militar y que nosotros no éramos un ejército derrotado, sino un ejército revolucionario.[4]
El mismo día Faure Chomón brindó declaraciones a la prensa desde el Palacio Presidencial. Tras un recuento de las acciones y mártires de su organización durante la lucha antibatistiana, precisaba que seguirían en Palacio hasta conversar con Fidel y Urrutia: “Esperamos que otras cuestiones fundamentales de naturaleza política y militar podamos discutirlas personalmente con Fidel Castro y Manuel Urrutia cuando lleguen a esta Ciudad. En espera de ellos nos encontraremos aquí en el Palacio Presidencial”[5]. Apelaba además al reconocimiento de cuantos habían combatido:
…el Directorio Revolucionario aspira a que ejecutemos la revolución limpia, pura y justa, la revolución que pondrá a cada cual donde se merezca. Sin exclusiones, ni egoísmos, ambiciones ni desconocimientos. Porque la revolución debe ser amplia y creadora para todos aquellos que la han hecho real y desinteresadamente; permítase a los muertos descansar en paz orgullosos de la Obra Final de la revolución unida.(…) El Directorio mantiene enfáticamente la necesidad de la unidad.[6]
Cuando Faure se refería a “la unidad generacional de las organizaciones que hicieron posible el triunfo”[7] estaba dejando fuera conscientemente a los partidos tradicionales de escasa contribución a la causa libertaria. Si otros sectores con una participación mínima en la lucha pedían la inclusión de todos en la dirección de la Revolución, el Directorio consideraba que habían sido ellos y el Movimiento 26 de Julio los núcleos de mayor aporte al derrocamiento del régimen. Por eso, a una pregunta sobre la ejecutoria insurreccional de otros grupos, el Comandante Humberto Castelló Aldanas respondía: “Nula o casi nula. Los hechos y la historia reflejan el hecho indubitable de que el peso decisivo de la acción fue llevado entre el Directorio y el 26 de Julio”[8]. En la misma entrevista, exponía las proyecciones políticas del DR: “propugnamos la organización de un gran Partido Revolucionario Único con unidad de mando, así como un gobierno de unidad nacional que acometa las necesarias reformas políticas, sociales y económicas”[9]. También resumía la postura de la organización ante la unidad y el poder revolucionario: “El Directorio, que participó relevantemente en la obtención de la victoria de que ahora disfrutamos, sólo aspira a que se le reconozca su personalidad militar y política por la vía de la colaboración en un gobierno de unidad nacional”[10]. Y a los rumores que ya circulaban, de desacuerdos con el 26 de Julio alrededor de la entrega del Palacio al Presidente, les restaba importancia: “si algo existe de veraz en ello, todo se reduce a una serie de malos entendidos, no por lamentables menos previsibles si se tiene en cuenta lo convulso del momento que se vive”[11]. Otro comandante entrevistado, Antonio Tony Santiago García, los desmentía categóricamente y los atribuía “a mala intención o peor información”[12].
El 5 de enero se produjo el desenlace. Mientras el periódico Revolución daba como información de última hora que “algunos dirigentes del Directorio Revolucionario solicitaron más tiempo para contestar si se retiraban del Palacio Presidencial”[13], en las primeras horas de la mañana partían desde Santiago de Cuba hacia La Habana, por vía aérea, el Presidente y los miembros del Gobierno que le acompañaban. Ya en el aire, el avión presidencial recibió indicaciones de hacer escala en Camagüey, donde se encontraba el Comandante en Jefe del Ejército Rebelde. Por espacio de dos horas Urrutia, Fidel y el Che, quien también había acudido allí en busca de instrucciones, intercambiaron impresiones sobre la situación en la capital y en Palacio, y valoraron nuevas designaciones de ministros.
Al tiempo que Urrutia declaraba a la prensa en la ciudad agramontina que completaría su gabinete cuando llegara a La Habana y ratificaba la decisión formalizada en la primera sesión del Consejo de Ministros el pasado día 3, de nombrar a Fidel Comandante en Jefe de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire de la República[14]; Camilo, que había ocupado la misma responsabilidad en la capital, decretó la Ley Marcial para este territorio hasta el arribo del Primer Mandatario. En la orden donde se disponía la Ley se hacía saber “al pueblo de Cuba y a las representaciones diplomáticas aquí acreditadas que la demora en la llegada del Presidente de la República Urrutia Lleó se debe a las dilaciones del Directorio Revolucionario para entregar el Palacio Presidencial”[15]. De igual manera se hacía un llamado “a las masas obreras y al pueblo en general para que se mantenga la cordura y expresen su protesta por esta dilación que significa un desconocimiento a la autoridad presidencial”[16]. En Columbia el Comandante Cienfuegos informaba a los periodistas que la comitiva presidencial permanecería en Camagüey mientras la Sede Ejecutiva no fuera puesta a su disposición por el Directorio.
En medio del tenso ambiente el Comandante Rolando Cubela Secades, desde Palacio, manifestaba la intención del DR de entregar el edificio al Presidente “si en el ánimo de éste está, tal como lo ha manifestado en múltiples ocasiones, el mantener la unidad que siempre ha prevalecido a través de todo el proceso revolucionario como hermanos de lucha y sacrificio que somos, entre el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo”[17]. Y anunciaba que la organización estaba esperándolo para conversar con él y conocer sus proyecciones futuras.
A las 4:00 p.m. Urrutia y sus acompañantes aterrizaron en Rancho Boyeros y a continuación se dirigieron al Campamento de Columbia. La situación era complicada desde el punto de vista político, pues resultaba inaceptable que el Presidente se encontrara en la capital de la República y no pudiera instalarse en su sede natural. Se decidió entonces enviar a Palacio una comisión integrada por Manuel Ray, Roberto Agramonte y José Manuel Gutiérrez para buscar solución al asunto.
Luego de deliberar con los comisionados, a las 6:30 p.m., los comandantes Chomón y Cubela declararon que las puertas de Refugio # 1 continuaban abiertas para el Presidente, “tal como habían estado desde el primer momento”[18]. El Directorio veía en la entrega personal del Palacio a Urrutia la manera más directa de hacerle llegar sus inquietudes y reclamaciones. Avalado por su historial de luchas y mártires, que lo convertían en la segunda organización insurreccional más importante del país, había advertido con preocupación en los días posteriores al triunfo su exclusión en la integración del Gobierno Provisional, en la asignación de mandos militares, y en las primeras tareas del poder revolucionario.
En la noche del 5 de enero se produjo la cesión de la mansión ejecutiva al Presidente y su encuentro con los dirigentes del Directorio. Los requerimientos presentados por la organización parecían ser aceptados por Urrutia, a juzgar por sus declaraciones al salir de la reunión: “Tendremos gabinete de concentración revolucionaria. Cuantos intervinieron en esta brega tendrán allí su representación. Es la responsabilidad compartida, y al mismo tiempo el matiz de las iniciativas según las necesidades populares”[19]. Sin embargo, momentos más tarde, en la segunda sesión del Gobierno, se les tomaba juramento a nuevos ministros que reafirmaban la anterior composición del gabinete: personalidades políticas independientes o pertenecientes al Movimiento 26 de Julio, y cuyos nombramientos tampoco habían sido consultados al Directorio Revolucionario.
Los planteamientos expuestos por el DR al mandatario provisional en la noche del 5 de enero fueron presentados al pueblo al día siguiente. Después de haber contemplado en silencio “designar, en contra de reiterados pronunciamientos hechos durante el proceso revolucionario, un gobierno sin previas consultas con otras organizaciones que, como la nuestra, también han participado en el derrocamiento de la tiranía”[20], demandaba su participación en la designación del Gobierno Provisional, que debía ser de unidad revolucionaria, en la confección de su programa, y en la fijación del plazo y el procedimiento de las elecciones generales. Aclaraba además sus motivaciones, para evitar ser incomprendido: “no se intente tergiversar nuestros pensamientos, no nos interesan las posiciones, que por otra parte tendríamos derecho a ocupar, lo que en definitiva nos importa es impedir que bajo ningún concepto un proceso revolucionario que tanta sangre útil ha costado vaya a caer en algunos de los vicios por los que hemos combatido”[21].

CONCLUSIONES

Los primeros días de enero fueron vividos con intensidad, con pasiones desatadas y emociones a flor de piel. En esas jornadas hizo eclosión el magma de contradicciones, desencuentros y malentendidos acumulados entre el Directorio Revolucionario y el Movimiento 26 de Julio durante el proceso insurreccional. El momento era de mucha complejidad y se requirieron elevadas dosis de habilidad política para superar las crisis que se fueron generando, evitar enfrentamientos y propiciar fórmulas de entendimiento unitario.
Una de las principales preocupaciones del Movimiento 26 de Julio y Fidel era llegar al poder libres de compromisos para poder hacer la Revolución. Al momento del triunfo fueron muchos los advenedizos que acudieron tratando de usufructuar para sí la caída de Batista o al menos para garantizarse una parcela en la nueva situación nacional, que les permitiera ponerle suficientes frenos al proceso de cambios y salvaguardar sus intereses. Para consolidar su victoria, la Revolución tuvo que derrotar los intentos de golpes de Estado fraguados por la Embajada norteamericana con sectores militares, primero con Cantillo y luego con Ramón Barquín, que buscaban mantener vivo el Ejército tradicional y poner los mandos militares bajo oficiales de carrera. Además debió lidiar con batistianos que el 1 de enero se pusieron el brazalete del 26 de Julio y con figuras de partidos políticos tradicionales que poco habían aportado a la lucha, y que reclamaban espacios de poder.
Las diferencias con el Directorio Revolucionario tenían otro carácter. Sus objetivos eran tan revolucionarios como los del 26 de Julio, era parte de una generación nueva, sin máculas ni vínculos con el pasado. Sus miembros no podían ser acusados de corruptos, ni de escasa participación en la insurrección. Lo que estaba en el centro del diferendo entre el Directorio y el 26 era la cuestión de cómo se produciría la unidad de los revolucionarios en torno al poder: si a través de un gobierno donde estuvieran representados los sectores de mayor relevancia en el combate contra la dictadura, o de uno bajo control de la fuerza rebelde hegemónica al que apoyaran las demás.
Si el DR se sentía con derecho legítimo a participar en la integración del gabinete provisional, para desde allí aportar sus puntos de vista y perspectivas, el M-26-7 consideraba que un gobierno compartido entre varios grupos revolucionarios podía ser pasto de divisiones y luchas internas. Estimaba que un poder revolucionario repartido por cuotas tendría además menos posibilidades de acometer las transformaciones que el país necesitaba y de enfrentar la reacción y los obstáculos que ante él se levantarían. Sería la decantación producida por la propia radicalización del proceso y el combate contra enemigos comunes lo que debía unir a los revolucionarios.
Así sucedió finalmente, cuando a mediados de enero de 1959, tras agudas confrontaciones públicas, los dirigentes de ambas organizaciones sostuvieron varios encuentros de los que se derivaron la desmovilización militar del Directorio Revolucionario y la integración de sus cuadros y combatientes a las labores revolucionarias.

Fuentes consultadas

Bibliografía:

Buch, Luis M. y Reinaldo Suárez. Gobierno Revolucionario Cubano: Primeros pasos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004.
Castro Ruz, Fidel. De la Sierra Maestra a Santiago de Cuba: La contraofensiva estratégica. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2010.
Colectivo de Autores. 1959: Una rebelión contra las oligarquías y los dogmas revolucionarios. Ruth Casa Editorial, La Habana, 2009.
Espinosa Martín, Ramón. Después de Palacio: Guerra en el Escambray. Casa Editorial Verde Olivo, La Habana, 2010.
Franqui, Carlos. Diario de la Revolución Cubana. Ediciones R. Torres, Barcelona, 1976.
Gálvez, William. Camilo: Señor de la Vanguardia. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1979.
García Oliveras, Julio A. Contra Batista. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2008.
Hurtado Tandrón, Aremis A. Directorio Revolucionario 13 de Marzo. Las Villas. Editora Política, La Habana, 2005.
Nuiry, Juan. Tradición y Combate. Una década en la memoria. Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 2007.
Oltuski, Enrique. Gente del llano. Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 2001.
Rosado Eiró, Luis y Felipa Suárez Ramos. Una mancha azul hacia el occidente. Historia de la Columna Invasora No. 8 “Ciro Redondo”. Ediciones Verde Olivo, La Habana, 1999.
Suárez Suárez, Reinaldo y Oscar Puig Corral. La complejidad de la rebeldía. Ediciones La Memoria, La Habana, 2010.

Fuentes periódicas:

13 de Marzo. Órgano oficial del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, La Habana, enero de 1959.
Bohemia. La Habana, enero de 1959.
Prensa Libre. La Habana, 6, 7 y 8 de enero de 1959.
Revolución. La Habana, 5 y 6 de enero de 1959.

Fuentes orales:

Entrevista del autor con Guillermo Jiménez Soler. 19 de septiembre de 2012.
Entrevista del autor con Julio García Oliveras. 9 de mayo de 2013.

[1] “Por miembros del Directorio Revolucionario se efectuaron registros en la residencia del exsenador Orencio Rodríguez Jiménez (…)También realizaron un registro en el apartamento del señor Arsenio González, exsecretario de Educación del régimen de Batista (…) se conoció que los propios miembros del Directorio Revolucionario realizaron un registro en el domicilio de Otto Meruelo (…) Milicias del Directorio Revolucionario Estudiantil, con oficinas en 6 y 27, en el Vedado, al mando de Ramón Pichardo, procedieron a ocupar la casa situada en la calle 6 número 603, en la propia barriada, que era de la propiedad de una amiga íntima del exministro del Trabajo y Comunicaciones Alberto García Valdés”. “Relaciones de cómplices”. En: Revolución. La Habana, No. 26, 5 de enero 1959, p. 2.

[2] En opinión del Comandante Antonio Tony Santiago García: “La ocupación del Palacio y de la Universidad por nuestras tropas es meramente provisional y simbólica si se quiere. Estimamos que nos asiste el derecho de permanecer en los puntos en que con mayor profusión se derramó sangre de nuestros compañeros. En la gloriosa colina universitaria surgimos, en la explanada del Palacio y en el interior de éste cayeron muchos de nuestros más distinguidos dirigentes en la acción del 13 de marzo de 1957, de modo que no tiene por qué suscitar suspicacias el hecho de que sea en esos puntos donde hemos ubicado preferentemente nuestros centros de organización en La Habana”. Brentano, Francisco: “Tres comandantes de un tiro”. En: 13 de Marzo. Órgano oficial del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, La Habana, enero de 1959, p. 9.
[3] Suárez Suárez, Reinaldo: “Articulación del primer gabinete revolucionario”. En: 1959. Una rebelión contra las oligarquías y los dogmas revolucionarios. Ruth Casa Editorial, La Habana, 2009, p. 284.
[4] Entrevista del autor con Guillermo Jiménez Soler. 19 de septiembre de 2012.
[5] “Habla el Directorio Revolucionario. Declaraciones formuladas por el Comandante Faure Chaumont, Secretario General del Directorio Revolucionario, el día 4 de enero de 1959 desde el Palacio Presidencial”. En: 13 de Marzo. Órgano oficial del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, La Habana, enero de 1959, p. 4.
[6] Idem.
[7] Idem.
[8] Brentano, Francisco: “Tres comandantes de un tiro”. En: 13 de Marzo. Órgano oficial del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, La Habana, enero de 1959, p. 8.
[9] Ibid., p.9.
[10] Idem.
[11] Ibid., p.8.
[12] Ibid., p.9.
[13] “Última Hora”. En: Revolución. La Habana, No. 26, 5 de enero 1959, p.1

[14] “Habló Urrutia el lunes en Camagüey”. En: Prensa Libre. La Habana, 7 de enero de 1959, p. 15.
[15] “Ley Marcial en La Habana”. En: Prensa Libre. La Habana, 6 de enero de 1959, p. 11.
[16] Idem.
[17] “Entregaremos el Palacio al presidente Urrutia, declara el Directorio Revolucionario”. En: Prensa Libre. La Habana, 6 de enero de 1959, pp. 1-2.
[18] “Primera meta de la Revolución: La entrada del Presidente Urrutia en Palacio”. En: Bohemia. Edición de la Libertad, enero de 1959, p. 89.
[19] Revolución. La Habana, 6 de enero de 1959.
[20] “Declaraciones del Directorio”. En: Prensa Libre. La Habana, 8 de enero de 1959, p. 6.
[21] Idem.

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