Gerardo Alfonso: el reguetón es una especie de droga sonora


Gerardo Alfonso. Foto: Iván Soca / Cuba Contemporánea

Gerardo Alfonso. Foto: Iván Soca / Cuba Contemporánea

Por Eliurka Milán y Carlos E. Morales

A Gerardo Alfonso no es difícil encontrárselo, caminando con aire casual, por la que fuera la calle Baños del Vedado habanero.

Pareciera como si le sobrara el tiempo, pero por su cabeza, otrora despeñadero de una espesa cascada de “drelos”, siempre ronda alguna de esas musas que le inspiraron varias canciones imprescindibles para toda una generación de medio tiempos, e incluso muchos más jóvenes…

Gerardo era de aquellos topos novísimos que no solo bebió de la trova tradicional y la nueva, sino del blues y el rock setentero. Ahora tiene 55 años de edad y otros sueños, pero su diálogo con Cuba Contemporánea evidencia que, después de tanto tiempo y tanta tempestad, es Gerardo todavía…

¿En qué trabajas ahora?

-Terminé de hacer la banda sonora de una coproducción cubano-alemana titulada La Saga de Daniel, un musical dirigido por Rolando Almirante, con 14 canciones. A la vez estoy pendiente de terminar un disco que se llama La luna, con Colibrí, y de grabar otro, La ruta del esclavo, un proyecto que vengo gestando hace cinco años. Este, en particular, me parece un disco necesario, porque es un tema vigente y que va generando un debate en la sociedad. Aborda la diversidad, el tema racial, y está en sintonía con el proyecto de la UNESCO titulado así, La ruta del esclavo.

Tenemos entendido que no solo escribes canciones…

-Así es, tengo una autobiografía que se llama Son los sueños todavía, con el gran problema de que la editaron en Alemania y aún no he encontrado cómo distribuirla en Cuba, porque tengo unos permisos pero faltan otros. Tengo muchos ejemplares en un almacén en Santa Clara, a veces saco algunos libros y los reparto por ahí. Creo que al final tendré que regalarlos en los conciertos, porque no encuentro la manera de comercializarlos.

Tengo también dos libros de poesía, El sudor y La noche cae, con versos libres todavía, quisiera ponerle cierta métrica, y la novela La banda roja, igual sin terminar, porque me he concentrado fundamentalmente en mis canciones. Soy un lector empedernido de poesía: la devoro. A veces leo narrativa, me gustan los libros científicos, sobre todo de física, astronomía y de vez en cuando me enredo con alguna novela, pero mi fuerte, mi lectura pasional, es la poesía.

Qué prefieres, ¿escribir o componer?

-Me gusta más hacer música, pero la letra me sale.

Tu autobiografía se titula Son los sueños todavía… ¿es esa tu canción más representativa?

-Digamos que a nivel internacional es la canción más importante para las causas progresistas porque tiene su repercusión social y política. Aparte de “Sábanas blancas”, la canción con que más me identifica el pueblo de Cuba, también hay para mí canciones muy importantes porque son más íntimas, como “Eres nada”, que la hice a los tres años de comenzar en la nueva trova, apenas tenía una pluma profesional. Esa canción tiene 32 años y tiene muchas versiones y es una canción muy vigente, atraviesa todos los períodos, no es de moda ni hit parade, pero sobrevive a todas las épocas.

¿Qué extrañas de aquellos primeros años en la trova?

-No sé si extraño, pero me gustó haber compartido con mi cuarteto, Santiago, Frank y Carlos. Hoy somos otros y no tengo nostalgia por eso. Pero fue bonita aquella época.

¿Qué es lo que más extrañas de Santiago Feliú?

-Yo no siento que Santiago haya muerto. Sabes, hacía un tiempo ya que no nos veíamos con frecuencia, a veces pasaban meses. Estoy acostumbrado a pensar que él está ahí, en su casa, o viajando o haciendo cosas. Nunca lo pienso como alguien que desapareció. No lo acepto. Quizá extrañaré las nuevas canciones que él debería haber hecho, pero para mí Santiago está vivo… Si pienso en él muerto me da mucha tristeza, porque no correspondía con su edad, no correspondía con nada, es una cosa rara, absurda, su desaparición física. Prefiero conservarlo vivo.

¿Te sientes un referente para las nuevas generaciones de trovadores?

-No sé si lo sea, en todo caso no me doy cuenta. Pero suponiendo que así sea, eso solo me corrobora que el trabajo me trasciende. Aun así, creo que los jóvenes se afincan a otras referencias, están en otra onda.

¿Todavía lamentas que otros se hagan famosos con tus canciones?

-No, ya no. Porque después que hice “Sábanas blancas” cambió la relación. Hay muchas canciones que me identifican en las voces de otros intérpretes, pero cuando hice esa canción agarré, de alguna manera, el sartén por el mango. Por otra parte, aún lamentándolo lo agradecía, porque si no fuera por esos intérpretes yo no hubiera existido en los años 80, porque no tenía ningún respaldo.

¿A veces no odias que siempre sea “Sábanas blancas” y “Son los sueños todavía”?

-No, estoy orgulloso porque esas son canciones emblemáticas. Aparte de que las hice con mucho cariño, me sirven de balsa en un naufragio. Yo puedo sobrevivir a cualquier inclemencia de la moda, del desamparo cultural con esas dos canciones, porque ya ni siquiera me pertenecen: son canciones del patrimonio cubano y nunca me han frenado o inhibido de componer otras canciones.

¿Qué te inspira?

-El amor me motiva a fijarme en las cosas. Y la sociedad me conmueve porque vivo en ella y no puedo ser pasivo, sea cual sea su imagen, que a veces es patética y me duele y reacciono frente a eso. A veces la imagen es gloriosa y también me estimula a escribir.

¿Crees que el creador pueda hacer un cambio en la sociedad?

-Sí, sobre todo en estos tiempos en que los recursos mediáticos son tan poderosos. Porque una opinión bien pensada y bien dicha, en la que coincida la mayoría, puede mover la conciencia social hacia un rumbo. Eso que se decía de que un cantor puede ayudar pero no puede cambiar es falso. De hecho, un tipo como Lennon cambió cosas, y un tipo como Dylan ha dicho cosas que han movido la tuerca de la historia. Incluso la música instrumental cambia, los Beatles y los Rolling Stones cambiaron el rumbo de la música. Estaban las grandes jazz band de Glenn Miller, Dizzy Gillespie o Duke Ellington, y vinieron esos muchachitos con cuatro instrumentos y cambiaron el rumbo de la música, de las conductas y de los roles en la sociedad. Lo que ellos dijeron fue un motor de transformación en la vida moral de la sociedad.

¿Qué tipo de música te gusta?

-Toda, pero tengo preferencia por los Beatles. Me gusta la música anglosajona, principalmente la inglesa, y no todos, solo aquellos que han marcado alguna pauta desde el punto de vista musical, sonoro, melódico, armónico. En Estados Unidos lo que más me gusta es el funk, el rythm and blues, la música negra. La síntesis y la simbiosis que logró un tipo como Steve Wonder, que también cambió el curso de la música norteamericana. De la música latina, los que más me conmueven son los brasileños, Djavan, Tom Jobin, Caetano Veloso, creadores de canciones geniales. Esos y Joao Gilberto son tipos que movieron la música a otra dimensión, le dieron una identidad, otro color. Disfruto la música latinoamericana completa, con el fenómeno rock argentino, que también hizo sus aportes, y las músicas autóctonas del continente, que son muy valiosas, aportan mucho y aún no dicen todo lo que tienen por decir en América Latina, por tanta división producida por el neocolonialismo. Algún día saldrán de esa música originaria unos productos superauténticos, al estilo del “Gracias a la vida” que cantaba Mercedes Sosa, que tiene un aliento, una luz única.

¿Eres de quienes piensan que el reguetón mató la poesía?

-No, el reguetón es una especie de droga sonora, dispara ciertas endorfinas y, como es un género triunfador, que funciona inmediatamente, se montan sobre él casi todos los mediocres. Y los mediocres hacen discursos mediocres. Pero quienes tenemos una historia, un compromiso, un estudio, un rigor con la canción y el cómo decir, reconocemos cómo Calle 13 ha modificado el reguetón.

Aquí los reguetoneros se han robado el show porque hay mucho desorden en la manera en que distribuimos la música en Cuba, a veces la queremos dirigir de tal manera que la estropeamos y la reacción es este boom de la mediocridad, aunque existen canciones y proyectos valiosos, se sigue creando música inteligente, solo que le falta una política cultural inteligente y que la respalde. Hay que democratizar los medios de comunicación y darle cabida a la zarzuela, el bolero, el rock, la música popular… Tiene que existir un espacio para cada género, y ya cada quien decidirá cuál consume. Pero el reguetón no sirve para escribir un poema, o meditar, o hacer el amor… Hay infinidad de zonas donde el reguetón no tiene cabida, y viceversa.

Tomado de: Cuba Contemporánea

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s