Mario Coyula: Hay que esforzarse por descubrir la belleza de las formas


Mario Coyula Cowley. Foto: Fernando Medina Fernández / Cubahora

Mario Coyula Cowley. Foto: Fernando Medina Fernández / Cubahora

Nota editorial: Desde CubaxDentro lamentamos la pérdida física de Mario Coyula Cowley, figura descollante del movimiento arquitectónico post-revolucionario.

Crítico agudo, defensor acérrimo del orden cívico, y también prolífico escritor de libros, Coyula deja un legado por el que habrá que pasar definitivamente para construir un ambiente social del cual podamos, algún día, enorgullecernos todos. A continuación reproducimos una entrevista que aparece a raíz de su fallecimiento La Jiribilla:

De todas las figuras a quienes la Asociación Hermanos Saíz otorgó este año el Premio Maestro de Juventudes, quizás el más sorprendido haya sido el prestigioso arquitecto Mario Coyula. En su opinión, los reconocimientos casi siempre se entregan por razones positivas, pero por evitar lo mal hecho u orientar lo que se debiera hacer, “es más difícil”, comentó a La Jiribilla.

Por más que le cueste creerlo, la distinción que concede la joven vanguardia artística a la labor cultural y pedagógica de renombradas personalidades de las artes y el pensamiento cubanos, respondió efectivamente en el caso de Coyula, a la coherencia en su quehacer como profesional y crítico, y a su incansable compromiso con la defensa de una imagen apropiada de nuestros entornos citadinos.

“Me da mucha satisfacción, porque se trata de un reconocimiento a una lucha de años, iniciada por razones de trabajo cuando dirigía Arquitectura y Urbanismo en la ciudad de La Habana. Además, resulta estimulante que los arquitectos vuelvan a ser considerados como parte del mundo de la cultura, y no solamente del de la construcción”, expresó.

A pesar de considerar –con admirable modestia- que está muy lejos del arquitecto que una vez pensaba llegar a ser, Coyula continúa siendo uno de los mayores referentes en el país cuando de la materia se habla, y sus valoraciones no dejan de ser solicitadas en los debates sobre cómo insertar el urbanismo en las dinámicas de un país que se ordena y reconstruye.

“Lamentablemente, todos los problemas que hoy confrontamos y han sido señalados por las autoridades del país al máximo nivel, se iniciaron hace 20 o 25 años, cuando dejaron de aplicarse los mecanismos que trataban de controlar las deformaciones en la ciudad.”

Al preguntarle sobre cómo las jóvenes generaciones que hoy ven en él un paradigma podrían ayudar a revertir parte de esos problemas, apuntó:

“El deterioro de la imagen citadina ha alcanzado un nivel tan generalizado que en mi opinión no es posible darle marcha atrás en un corto plazo. Ello no solo es resultado de las limitaciones económicas, sino de una cultura de la precariedad emergida en estos años de crisis. Es innegable que antes de pensar en conceptos abstractos, como la belleza, las personas tienen que tener resueltas necesidades más vitales, y como sabemos hay familias viviendo en condiciones muy difíciles.

“El problema de la vivienda se ha reconocido como el más grave que tiene el país, y nos tardamos mucho en aceptar que el Estado solo no puede asumirlo. La solución pasa por empoderar a la población, por lograr que la mayor cantidad de gente posible resuelva sus problemas habitacionales por esfuerzo propio, pero con asesoría y control. Eso significa hacer proyectos, sacar licencias, darle seguimiento a las obras…

“No estamos planteando cosas imposibles o de economías primermundistas, sino pensando en recuperar procedimientos que seguíamos antes de los 80. Hay que buscarse problemas cuando se trata de impedir lo mal hecho.

“La falta de orientación ha influido mucho: personas con recursos y desconocimiento han legitimado un mal gusto que se expresa, por ejemplo, en balaustres denigrantes, con forma de mujeres con curvas exuberantes o hasta de animales. Pero, aun cuando fueran visualmente agradables, estos elementos no tienen ningún sentido en las viviendas de hoy, pues son característicos de la arquitectura ecléctica de inicios del siglo XX. Integrarlos a una construcción de ahora equivale a reproducir pirámides o cúpulas. En un momento se transmitió un curso de Universidad para Todos dirigido a orientar sobre estos aspectos, pero quizás sería necesario un programa continuo.

“Es preciso romper esquemas, la gente cree que para hacer las cosas bien debe gastar mucho dinero; así, se reemplazan pisos antiguos de excelente calidad por los que se comercializan ahora, a pesar de ser incomparables con aquellos; detrás de esta acción está el querer expresar un poder económico. De igual modo, lo que se vende contribuye a deformar el gusto, la gente compra lo que ve. Por ejemplo, en el caso de los muebles, a pesar de haber tenido una muy buena tradición en esta línea, con modelos de alto valor estético y acordes con nuestro clima, los ofertados hoy son, preponderantemente, feos, calurosos, caros.

¿Concordaría con la percepción extendida de que estos problemas se han acrecentado con el desarrollo del cuentapropismo?

Ahora son muy frecuentes las quejas dirigidas a las modificaciones impulsadas por el sector no estatal, pero ello es resultado de la falta de asesoría a la población en general –la cual, dicho sea de paso, un arquitecto no puede brindar como servicio por cuenta propia; no le está permitido. Si en el mejor de los casos quien fuese a montar una cafetería, por ejemplo, se dirigiera a una empresa estatal de proyectos a solicitar orientación, le dirían que se trata de una obra demasiada sencilla como para asumirla. Ocurre entonces que el dueño de la cafetería termina dándole forma al establecimiento con ayuda del albañil, que casi nunca es el ideal, porque la tradición de los oficios también cayó en crisis.

De otro lado, en la ciudad perdimos los patrones de comparación; no los hay en cuanto a diseño arquitectónico, pero tampoco en cuanto a calidad constructiva. La experiencia ha demostrado que cuando se sacrifica la belleza para construir más y rápido, al final no se logra ni la cantidad ni la velocidad pretendida. Igual de nocivo fue aprender a conformarnos con lo que había y no con lo que debía ser, dejar a un lado la exigencia. Eso sucede en muchos otros sectores, hay gente a la que la tienen dos meses o dos años esperando por un simple trámite; pero en la arquitectura los resultados de la desidia quedan; equivalen a permanentes ‘chichones’  en la ciudad.

¿Dentro de su trabajo profesional, qué recuerda con mayor satisfacción?

La actividad que más me ha gustado, además de escribir, es el diseño urbano, el cual parte del principio de armar la ciudad por proyectos concretos; por ejemplo, el Parque Metropolitano, La Rampa, el borde del río Almendares… Tuvimos una etapa de auge, como cuando transformamos esquinas importantes de la ciudad en muy poco tiempo, entre ellas Cuatro Caminos, 12 y 23; estos fueron trabajos muy poco costosos y de muy buenos resultados, para los cuales conté con el apoyo de dos alcaldes con luz larga y voluntad de pelear; de haberlos continuado, hubieran producido cambios favorables en la ciudad sin competir con otras necesidades.

Como acción personal, disfruté mucho los dos monumentos conmemorativos en los que trabajé en equipo, con la idea irresistiblemente atractiva de homenajear la lucha estudiantil. Uno de ellos fue el Panteón del 13 de marzo en el Cementerio de Colón en 1982, pero antes de este estuvo el de los Mártires Universitarios en Infanta y San Lázaro.

Este lo llevamos a cabo entre 1965-1967 cuatro amigos que habíamos estudiado y participado juntos en la lucha contra Batista desde el Directorio Revolucionario. Fue el primer monumento conmemorativo grande después del triunfo de la Revolución, y también el primero de tipo abstracto en Cuba.

En los casi 50 años que han transcurrido desde entonces, debían haber nacido 50 proyectos mejores, pero ha habido una tendencia decreciente en la arquitectura monumentaria. A pesar de existir buenos artistas, los proyectos ejecutados a veces han resultado ser los de menor calidad. Por ejemplo, con el Che ha pasado algo tremendo: era un hombre fuera de lo corriente, libre de ataduras, anticonvencional, y todos los monumentos que se le han hecho son convencionales.

¿Cómo “Maestro de Juventudes” y maestro de arquitectos, qué piensa haberle aportado a sus alumnos?

Ya me retiré de la docencia de pregrado, pero recuerdo esos años en la CUJAE (Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría) con mucha satisfacción. Empecé impartiendo clases en primer año, y siempre me impresionó mucho lo que podía hacer un alumno de ese nivel, el cual –supuestamente- no sabía nada; a veces me parecían más creativos que los de quinto… Quizás, como el chiste aquel “¡esos sabían demasiado!”.

Siempre he sostenido que en la docencia a uno le pagan por aprender. Traté de enseñar a mis estudiantes a ser críticos con su propio trabajo e incluso a discrepar del profesor si lo creían justo, pero apuntalando sus ideas con argumentos.

También intenté trasladarles la importancia del trabajo en equipo. Cuando un grupo de personas unidas por afinidad trabaja bien, entre ellas se puede llegar a olvidar de quién fue la idea original de hacer esto o lo otro, pues se integran tanto los pensamientos que termina desdibujándose el autor inicial; eso es muy enriquecedor.

Sobre la enseñanza de la carrera actual opino que hay muchachos muy inteligentes dando clases, pero sin experiencia alguna, y eso los alumnos lo perciben. Yo tuve la oportunidad, cuando dirigí la escuela, de mandar a los jóvenes profesores en determinados horarios a participar de la producción, para confrontar sus conocimientos con la práctica, pero ahora eso se hace muy complicado por diversas razones, entre ellas las limitaciones de movilidad.

Otra arista inquietante es que los planes de estudio se han recortado mucho con la idea de quitarle carga de docencia directa al estudiante y aumentar su independencia; el propósito no está mal, pero incide en el aprendizaje. La clase no se trata solo de exponer cómo se hace algo, el tiempo de taller, de confrontación práctica, es altamente necesario, pues propicia que unos alumnos aprendan de otros.

¿Qué podrían aportarle los jóvenes y futuros arquitectos a la arquitectura cubana contemporánea?

Nuestro país tiene más de 400 años de buena arquitectura, todos los periodos están recogidos arquitectónicamente con calidad, pero falta el de ahora. No hablo de antes o después de la Revolución, pues el tipo de obras que se hacía a inicios de los 50 tuvo una continuidad en la década siguiente, a pesar de que muchos arquitectos experimentados se fueron.

Después de los 60, solo ocasionalmente continuaron ejecutándose obras especiales, como el Palacio de Convenciones o el Parque Lenin, y yo siempre me he preguntado, ¿si sabíamos lo que era necesario hacer para que las cosas salieran bien, por qué no aplicamos esa fórmula en todos los casos?

Asimismo, no he dejado de cuestionarme la razón por la cual no se hacen concursos en función de determinados proyectos, para encontrar las mejores soluciones, y evitarnos incluso la contratación directa de extranjeros que no superan a nuestros profesionales. No es chauvinismo ni xenofobia, pero no hay motivos para pagar por importar proyectos que no aportan a nuestra arquitectura, si de todas formas arquitectos que no pasan de ‘correctos’ tenemos acá…

Una vez se definió como alguien que llevaba mucho tiempo viviendo de joven, o que había envejecido muy tempranamente. ¿Qué significa para usted ser joven?

La juventud la asocio con la sensibilidad de una persona para descubrir cosas y asombrarse ante ellas como si las viera por primera vez; eso es muy importante para quien trabaje con lo visual. Hay que esforzarse por descubrir la belleza de las formas, y aun si lo logramos, sentirnos insatisfechos, pretender constantemente hacer todo de un modo distinto, y sobre todo mejor.

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