Cuba y sus vecinos: democracia en movimiento.

Arnold-August

Reseña del libro de Arnold August Cuba y sus vecinos: democracia en movimiento

David Grantham *

Es mi intención en este libro –escribe el autor Arnold August– proporcionar a los lectores algunas herramientas para seguir el desenvolvimiento de la situación, de manera autónoma, con una mirada no empañada por nociones preconcebidas’ (p.232) [1]. Para August, el desenvolvimiento de la situación representa una Revolución cubana rejuvenecida y las nociones preconcebidas conllevan la supuesta superioridad de la democracia de los EEUU, la cual ha llegado a desgastar a sus ciudadanos hasta el punto de incapacitarles para encontrar versiones alternativas de democracia. August pretende retirar esas anteojeras a través de un análisis comparativo y sistémico de la acción política realizada en Cuba y en otros países vecinos. Aún cuando la comparación de estrategias de gobierno no es una idea innovadora, donde August se distingue es en su reinvención de la práctica de la democracia. Para ello, redefine la acción política cubana como una forma de democracia. Parte ciencia política, parte historia, Democracia en movimiento es un acto inaugural que revela en forma íntima el proceso político de Cuba destinado a explorar la ‘aproximación a la democracia’ (p.xiii) de la nación isleña.

August deja bien claro la necesidad de ‘definición y debate’ respecto del sistema político de Cuba y la idea de la participación (p.xv). Primero, si la participación pública es una condición fundamental para la democracia, los hechos observados plantean que Cuba representa otra forma de democracia. Los datos históricos, complementados con la información sobre las características de los procedimientos gubernamentales y las entrevistas personales proporcionados por August, todos apuntan al sorprendente legado cubano en materia de participación pública, y, por consiguiente, de democracia. Efectivamente, muchos lectores se quedarán perplejos, si no bien estupefactos por el alcance de la democracia en Cuba y en algunos de los países que le rodean. August ‘acompaña al lector a través de las experiencias de distintos países con el propósito de extrapolar y definir determinados rasgos de la democracia participativa’ (p.4).
La idea central de la publicación gira en torno a la comparación entre el ‘proceso participativo’ cubano y el estadounidense –la democracia asociada a la propiedad privada por sobre la colectiva (p.12). August deduce que el contraste entre los principios económicos y sociales explica la distinción entre el modelo cubano sustentado por ‘valores de conciencia social y de colectividad’ y el modelo estadounidense, sinónimo de ‘acumulación ilimitada de propiedad privada como condición fundamental del capitalismo’ (p.4). Sostiene que las elecciones frecuentes de los EEUU crean la ilusión de participación irrestringida, pero que en realidad las élites ricas, cuyo caudal se basa en la propiedad privada, son las que determinan los resultados. Por otra parte, el enfoque inclusivo y participativo cubano en continua evolución fomenta la contribución colectiva real sin necesidad de recurrir a la representación electoral. El autor admite la existencia de corrupción e ineficacias, pero afirma que a pesar de ‘todos los defectos del sistema hay un empeño continuo por mejorar la eficacia y eficiencia de manera a que la soberanía resida verdaderamente en las manos del pueblo’ (p.190).

Tres partes principales dividen el tratado de August. La primera, intitulada ‘Aclaraciones sobre la democracia’ despeja la mente de nociones preconcebidas en torno a la democracia a través de un replanteamiento de los parámetros que definen la democracia, y, a lo largo del proceso, cuestiona la superioridad del modelo de los EEUU (p.1). En esta sección August concentra sus reproches más severos sobre el sistema estadounidense. Desde el principio de la historia de los EEUU, la ‘acumulación ilimitada de propiedad privada’ sienta las bases del sistema político, arguye August, y se distingue del ‘proyecto social de la Revolución cubana, el cual se arraiga sobre un socialismo adoptado para el bienestar económico y social de la vasta mayoría del pueblo’ (p.16). Para demostrar lo que sostiene, August reconstituye el comienzo de la democracia en los EEUU y afirma que el énfasis sobre los derechos a la propiedad privada de hecho limitó la participación política en vez de expandirla. El derecho a la propiedad individual y el capitalismo en expansión teñidos de racismo ‘formaron un compuesto letal con una concentración en participación política extremadamente limitada’ (p.20). Por lo cual, la superioridad percibida ha empañado el verdadero y nada halagador legado de la democracia en América. August traza las continuidades del modelo democrático hasta llegar a la actualidad, el cual remata con un estudio de caso interesante sobre el gobierno de Obama y la participación política. Habrá historiadores que objeten sobre nimiedades respecto de algunas interpretaciones históricas, sin embargo su argumento central es eficaz.

Tras desmentir repetidas pretensiones de superioridad democrática de los EEUU, August vuelca su atención sobre la participación política en Cuba (principalmente), en Venezuela, en Bolivia y en Ecuador en un análisis brillante que identifica otros cauces posibles por donde corre la democracia. Según August, la diferencia primordial es que la propiedad privada siempre genera una democracia impuesta en forma vertical, mientras que en Cuba y en Venezuela, el énfasis particularmente social da a la población en general un acceso directo a la formulación de políticas. Esta evidencia revela un nivel elevado de participación entre el pueblo, aun cuando August concede que sigue siendo difícil cuantificar la socialdemocracia siglo XXI en cada país.

La elocuencia de August es más persuasiva en las partes segunda y tercera. En ellas demuestra que la ‘participación del pueblo y el empoderamiento’ son rasgos distintivos de las Guerras de Independencia en Cuba y que, en mucho, inspiraron el sistema revolucionario (p.87). Los líderes revolucionarios adoptaron métodos horizontales de participación cuando los ciudadanos por voluntad propia rechazaron las elecciones tras muchos años de asistir a abusos, escribe. A partir de esto, August expone al desnudo el proceso político moderno de Cuba, revelando así una cantidad impresionante de participación de la base y una buena disposición por parte del gobierno para adaptar sus políticas conforme sea necesario. Si bien el tema tratado se antoja árido en algunas partes, el trazo de las continuidades de la legacía democrática no sólo evidencia el elevado nivel de participación popular de la Cuba actual, sino también la existencia de un legado de democracia de más de un siglo.

Es consabido sin embargo que la objetividad sigue siendo el defecto mortal de los debates sobre ideales cubanos y estadounidenses, y August no constituye una excepción. Por un lado admite con toda franqueza que carece de una ‘actitud favorable’ respecto del sistema de los EEUU, y por otro, rechaza tener una ‘opinión idealizada’ de Cuba o de otros sistemas comparables vecinos (p. xiv). Asevera brindar una investigación equilibrada y dejar que los lectores decidan por cuenta propia, pero tal afirmación es un poco exagerada. El texto repetidamente resalta los atributos desfavorables del sistema estadounidense, al tiempo que afirma las cualidades redentoras del sistema cubano y sistemas comparables. Los lectores que buscan una comparación clínica entre dos versiones contradictorias de democracia quizás se decepcionen. Sin embargo, que estos factores no sorprendan dado el tema y lo que August admite con franqueza. Pero lo más importante es que estos factores no restan mérito a la profunda tesis expuesta: la demostración de la existencia de modelos de democracia específicos basados en la participación activa de la sociedad civil en sitios poco probables.

En síntesis, August logra obligar a los lectores a ampliar sus horizontes y a modificar sus expectativas sobre la democracia. Constituye un argumento muy poderoso sobre la existencia de una democracia cubana en movimiento y la falibilidad de un etnocentrismo estadounidense, y descubre un prisma a los académicos para desarrollar futuros trabajos en materia de modelos políticos.

* David Grantham es aspirante al Doctorado en Historia Contemporánea de América Latina, respaldado con áreas de competencia en Historia Contemporánea de Oriente Medio e Historia Diplomática Contemporánea Estadounidense, en la Texas Christian University de Fort Worth, Texas (EE. UU.). Se especializa en diplomacia, política e intercambios culturales de América Latina y Oriente Medio y ha publicado trabajos sobre la diplomacia del petróleo y la Guerra Fría y su efecto en las relaciones internacionales. Previo a sus actividades académicas, David Grantham ocupó puestos como especialista regional y consejero en materia de seguridad internacional para la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

[1]Nota del traductor: las referencias de las páginas corresponden al libro en su versión original y las citas son traducción libre.

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