Las trampas de la democracia

CubaRevolucion

Por Juan Manuel Alvarez Tur (@Alvarez_Tur)

Democracia, un concepto a todas luces muy claro, ha sido y es objeto de las más burdas manipulaciones. Su uso, en lugar de beneficiar a las mayorías expoliadas, generalmente ha servido para exprimirlas y expulsar de ellas el espíritu de rebeldía. Un aserto para comenzar: ningún país ha construido un modelo democrático perfecto.

Las nociones iniciales se han ido (favorablemente) radicalizando a lo largo de la Historia, y hoy podemos plantearnos entonces una idea más totalitaria, sin discriminaciones, de lo que significa la democracia: el pueblo es el soberano, y ejerce el poder sobre sí mismo. Sin embargo, aún no se diseña un sistema que aterrice el concepto en una realidad en la cual las personas desempeñan diversos oficios, “por lo que no pueden dedicarse a gobernar”.

De ahí toda la sucesión de acompañantes del concepto: “directa, “participativa, “deliberativa, “representativa… Cualquier concepción al respecto tiene brechas. Incluso puede estar muy bien descrita, pero muchas veces la implementación se divorcia de los principios enunciados. Por eso digo que la democracia es como una pelota de fútbol que está ahí, picando en el aire, esperando que la coloquemos (de volea) en el ángulo.

Cuba ha sido blanco, durante toda la etapa de la Revolución en el poder, de constantes señalamientos sobre su democracia procedentes en su mayoría de las administraciones estadounidenses que han coincidido en el tiempo con un proyecto socialista y antimperialista que se ha sostenido a contracorriente. Digámoslo mejor: contra la hegemónica y colonialista corriente que esas administraciones han generado. ¿Qué nos recetan los “maestros”?

Entre los medicamentos más comunes está la introducción de partidos políticos, o como ellos dicen, legalizar los “existentes”. Sabemos que son entelequias. Me opongo a la tesis que asume la lucha entre partidos políticos como el súmmum de la democracia, junto a las elecciones en las que se vota por el proyecto de uno de ellos. La democracia no puede reducirse a un juego con las aspiraciones de las personas donde hay ganadores y perdedores, a un debate televisivo, o a una carrera por puntos donde la moneda y la imagen reemplazan el discurso en sí. Eso no hace más que polarizar la sociedad, y suele suceder que la parte victoriosa somete a la vencida, que solo puede aspirar a cambiar el status quo cuando se convoque nuevamente al juego. Es una división de la que solo una parte de la sociedad logra sacar permanentes réditos.

Ahora bien, después de las elecciones, ¿qué participación tienen las personas en las decisiones que se van tomando? Casi todo queda en manos de “sus” representantes. No me adentraré en el espeso bosque de la “representatividad”. Solo pregunto, ¿representatividad significa que el representante gobierna con sus motivaciones o que lo hace con las proposiciones y percepciones de aquellos a quienes está llamado a representar? Por ejemplo, Mario Díaz-Balart, representante por el Distrito 25 de la Florida, ignora olímpicamente lo que piensan hoy los habitantes de ese Estado sobre el necesario cambio de la política norteña en torno a Cuba, incurriendo en la “indignidad de hablar por otros” (Foucault). ¿Están representadas las interpretaciones de los norteamericanos en el momento de aprobar una intervención militar de su país o solamente los intereses de los círculos de poder? El tema es un enredo mundial. No es un problema exclusivo de la “democracia” estadounidense. En Cuba también lo tenemos, pero eludimos ese asunto de las expansiones propias de las doctrinas imperialistas, que solo cambian el modo tras el paso de los años. Además, recientemente el presidente Raúl Castro manifestó la pertinencia de no olvidar el discurso de Fidel en la clausura del XIII Congreso de la CTC cuando decía: “No se impone un punto de vista, se discute con los trabajadores. No se adoptan medidas por decreto, no importa cuan justas o cuan acertadas puedan ser… las decisiones fundamentales que afectan a la vida de nuestro pueblo, tienen que ser discutidas con el pueblo y esencialmente con los trabajadores”. Hay análisis que realizar sobre la materialización de esos procesos de discusión, pero los dejo para otra ocasión.

Pienso que la Humanidad debe dirigirse hacia un tipo de sociedad igualitaria, eliminando la dependencia y la explotación que sufren los que originariamente han acumulado la miseria y la escasez. Ello será posible (según Fernando Martínez Heredia) luego de sucesivas revoluciones culturales muy profundas, en las que se vaya ganando para la idea (y su despliegue) una masa cada vez más importante de personas. En la actualidad, la izquierda ha sido obligada a someterse al rejuego de la democracia burguesa. Y allí donde se planta “democráticamente” con cierta fuerza, los evaluadores finales, defensores del despojo de las mayorías, la descalifican y reprimen apelando a todo tipo de métodos. Al final, lo que subsiste, aferrados a la “civilidad” y los “valores democráticos”, es el adormecimiento de los explotados y el conservatismo social.

 

socialismo

¿Socialismo o barbarie? ¡Socialismo!

Quizás la radicalidad de los revolucionarios ya no se revele como lo hizo en el Siglo XX. Puede ser de otro modo, pero es necesario no alejarnos de ella. Los parlamentos, congresos y las cámaras (residan en la planta alta o la baja) son ilusiones. Todo forma parte de un circo que hospeda el mercado de los sueños. Tras bastidores, la corporatocracia maneja los hilos del poder real. Lenin entendió el escollo eterno que la democracia burguesa le plantea a las revoluciones. Años atrás, el Generalísimo Máximo Gómez, en pleno Caribe, había comprendido algo fundamental. Cuando vio que a pesar de la “abolición” de la esclavitud en 1886 el azúcar en Cuba seguía haciéndose con sangre, se sacudió de la antinomia civilización/barbarie y encaramado en una pira gigantesca expresó: “Bendita sea la tea”.

Un comentario en “Las trampas de la democracia

  1. […] Concluyendo, lo relevante de toda esta historia de los “consensos”, es acordar un proyecto de nación que tenga, como nos sugiere Julio César Guanche, “la libertad como destino”. El nombre para el régimen social que se acuñe no es lo importante, me basta como final un republicanismo que entienda esa libertad como ausencia de dominación. Y al mismo tiempo, que no tema destruir. […]

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