¿Algún día cerrarán con Celia Cruz?

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Por: Juan Manuel Alvarez Tur

El pasado jueves 27 de marzo el programa “De la Gran Escena” de la Televisión Cubana cerró con una pieza muy interesante: un medley de temas antológicos del repertorio de Celia Cruz, como “Carnaval”, “Quimbara” y “Bemba colorá”. A Celia le llamaban “La Reina de la Salsa”, o “La Guarachera de Cuba”, que era el calificativo preferido por ella. Por cierto, es una gran paradoja que sea en gran parte ignorada en su país natal la historia de esta diva musical mundialmente reconocida, venerada por músicos relevantes como Marc Anthony, La India u Olga Tañón, quienes lloraron en un emotivo pero incompleto homenaje que se le tributó en vida. Es una paradoja pero todos sabemos de qué se trata: a darle forma concurren afluentes culturales que provienen de dos orillas en conflicto.
Volviendo al medley, este fue interpretado por la exitosa crossover latina Jennifer López. Disfruté con el performance, más por las inefables sensaciones que siempre supone ver a JLo (sobre todo en ese final) que por la interpretación pura de las pistas escogidas. De ahí la pregunta del título: ¿algún día cerrarán con Celia Cruz? Según Paquita de Armas recientemente “ejecutivos de la radio y la televisión aseguraron que no existe ninguna lista de prohibiciones en cuanto a la difusión de los artistas”. Luego, ¿hay que alargar tanto un hito de ese tipo en “nuestra” televisión? Por el otro extremo: ¿tiene necesariamente que suceder?
Señalé el “nuestra” porque pienso que no es así en toda la línea. Se nos priva de contenidos artísticos cuyos generadores decidieron radicarse en otro país y son en algunos casos acérrimos enemigos de la institucionalidad vigente en Cuba. ¿Hay consenso en que eso funcione así? ¿Quién lo patenta y desde qué posición? ¿Podemos intervenir en el diseño de la parrilla de programación de la televisión cubana? Eso forma parte también de la democracia: establecer con el concurso de todos (o muchas personas) cuáles son las preferencias en cuanto al consumo cultural y que los gestores del proceso operen en dependencia. Nos podemos equivocar en masa, es cierto. Pero la autoridad también. Su criterio, disecando bien la cuestión para el análisis, no es el criterio, con visos de non plus ultra, es un criterio entre tantos otros.
Nuestros medios de comunicación deben alejarse de cierta tendencia que yo llamo “antinacional” en su funcionamiento, y que convierte a un grupo de cubanos y cubanas en seres onanistas. Así me parece que fue la selección y el rejuego de quienes dirigen la televisión cubana durante la retransmisión de la postemporada de Grandes Ligas el pasado año. Así eligen también en 23 y M qué parte de un concierto de Barbra Streisand reproducen. Creo que esa es al mismo tiempo la que esgrimen tanto la prensa digital como la escrita cuando divulgan los nominados y ganadores de los premios Grammy latinos y anglosajones. La censura no se acaba con publicar, sino en hacerlo de frente y sin sordina. Digo que es antinacional la tendencia expuesta porque el sentido de pertenencia de un individuo a una comunidad (y de aceptación recíproca de esa comunidad a integrarlo), desde lo subjetivo, tiene mayor fortaleza que la calificación legal del Estado-nación, aunque esta última imponga las condiciones finales para que los vínculos entre las personas se establezcan con mayor o menor impacto, de acuerdo con sus intereses, los populares en general y los influjos del exterior. La rueda de publicidad (donde las omisiones son su cara interna) debe legitimarse entre varios actores.
Se acostumbra a decir: “¿Cómo vamos a promocionar un artista que vilipendia (o lo hizo durante gran parte de su vida) constantemente el sistema político cubano?” Ahora bien, ¿se pueden discutir las ideas del artista y ver luego si el canto, el saxo y la recta de 100 MPH se bancan solos? La pregunta no es solo para “este lado”. Es obvio que en el caso cubano intervienen variables muy complejas, pero hay que volcarse ya hacia necesarios debates y búsquedas de nuevos consensos. Nos hace falta porque nos ayudaría a saber de verdad cómo pensamos y no llamarnos a engaños. El pasado 14 de marzo planteaba Raúl Garcés: “…el público (cubano) no es menor de edad. Este país ha protagonizado la revolución cultural más importante de América Latina (…) La Revolución que llevó, (…) gracias a la Imprenta (Nacional) de Cuba, gracias al ICAIC, gracias a Casa de las Américas, gracias a toda la inversión cultural (…), a que la gente sepa leer, y leer entre líneas, y que la gente sepa interpretar, y (…) no es bueno que alguien se arrogue el derecho de decir: ´esto no se va a publicar porque la gente no está preparada para entenderlo´. Nosotros hemos invertido 50 años en preparar a la gente para que entienda las cosas”.
Por tanto, en todo este tema están influyendo varios factores. Se funden, entre otros, la polémica sobre el ejercicio de la democracia, la Historia y la historiografía por un lado, mientras que desde el otro ponen el condimento la extemporánea hostilidad contra un proceso y la obcecada no aceptación de la soberanía de los cubanos sobre su destino, en el sempiterno intento de reformular una hegemonía. Celia Cruz, como otros cubanos que no están física ni ideológicamente con nosotros, fue y es una artista “de la gran escena”. Quizás valga la pena especificar: de la gran escena musical, o del espectáculo, sobre todo para separarme de sus ideas sobre la Revolución Cubana, y de los que hacen politiquería con ellas.
Para mí el punto neurálgico está ahí, en no ser meros espectadores acríticos de los “reencuentros” culturales. Alfredo Guevara decía que “las revoluciones no son paseos de riviera”. O sea, asumamos que en esta maravillosa tempestad que ha sido (¿y es?) la Revolución Cubana las fricciones eran (y son) ineludibles. Hasta hoy, no encarar los retos que suponen los acercamientos y asunciones culturales ha sido tal vez una dura necesidad. Ella se imbricaba en un marco de relaciones entre las personas que hoy muestra un rostro distinto, porque han aparecido nuevos ingredientes (tecnológicos, distributivos) en la sociedad que, como alertaba Frei Betto, son cuchillos de doble filo: sirven para matar y para picar el pan. De ahora en adelante, no aceptar esos retos será un suicidio, porque contribuiría a reproducir la hipocresía, y un consumo paralelo (ese sí, acrítico) que está muy lejos de prohijar la nueva sociedad. Entonces, dejemos a JLo con Pitbull y su música house, y ganemos a Celia con su (nuestra) azúcar: la negra y la blanca.

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